El Museo de Macedonio

Durante este mes se cumplen 50 años de la publicación de la novela argentina más original que se haya escrito, Museo de la Novela de la Eterna. Por momentos hermética, sin duda genial, tal vez no esté de más recordar que también es una obra póstuma.

17 Sep 2017
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Marcelo Damiani 

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

Museo de la Novela de la Eterna fue editada 12 años después de la desaparición de su autor, un poco gracias a la fama internacional de Borges, pero en gran medida por el cuidadoso trabajo secreto del hijo de Macedonio: Adolfo de Obieta (1912-2002). Verdadero albacea-factótum del ordenamiento definitivo de los papeles dispersos de su padre. Si no hubiera sido por él, seguramente la literatura argentina hoy sería mucho más pobre.

Sin duda, el rasgo de originalidad primordial que la caracteriza son los 57 prólogos (sí, ¡57!) que demoran su comienzo. El mismo autor se encarga de ironizar implícitamente sobre este obstáculo: “Esta será la novela que más veces habrá sido arrojada con violencia al suelo, y otras tantas recogida con avidez”. El efecto más mediato de este diferimiento son los más de 100 prólogos que Borges se dedicará a escribir durante toda su vida, como una forma sutil o inconsciente de superar al maestro. Insuperable, en cambio, será la suerte de prohibición a escribir novelas que le dejará como impronta Macedonio, al dinamitar el género desde el más allá. Colateralmente, también, es posible que ahí haya nacido la pasión argentina por los prólogos y las novelas imposibles.

La proliferación de preámbulos funciona como el germen motriz de una ficción que es pura energía en fuga; en palabras de Mallarmé, “la huida victoriosa de un bello suicidio”, el suicidio artístico que para Macedonio representa la novela realista. Así, sus prólogos son el equivalente al monolito de 2001… (1968) de Stanley Kubrick. Un muro que hay que saltar o rodear, y que en sus mejores o peores momentos nos devuelve nuestro propio reflejo distorsionado. Los prólogos son la preparación para la novela que incluye a la novela, el anuncio siempre diferido de la prefiguración impasible de una obra que quiere superar el horizonte de expectativas y que se mantiene incólume frente al paso del tiempo, a los lectores y a la esquizofrenia del mundo.

Tal vez por eso los prefacios tienen la función de cuidar un poco esa energía que a veces quiere desbordar todo comienzo; cuidar que no se desbande, fuera de sí, por el sendero del equívoco o el error. Hay un deseo evidente de sujetarnos en una especie de umbral: “Aún no podemos entrar”, se nos dice, remedando al centinela kafkiano de “Ante la ley”. Todavía no nos está permitido ingresar a la novela, tal vez más tarde; antes debemos ser advertidos de las adversidades que nos esperan. Así, Macedonio nos demora con presentaciones de personajes, dedicatorias, palabras de autor, cartas, opiniones, teorías, avisos a críticos y curiosos lectores, y como contrapartida, de forma soterrada, nos promete una aproximación al porvenir. De esta forma, cuando el autor nos interrumpe, nos intercepta, nos corta el paso, nos obstaculiza el acceso al espacio de la novela (aunque los prólogos sean parte de ella), es como si fundara un lugar prohibido al que sólo nos estaría permitido ingresar luego de pasar las pruebas del héroe. Pero en realidad todas sus maniobras apuntan a situarnos a nosotros, impacientes lectores, en el lugar privilegiado del protagonista principal.

Hasta hace poco la obra magna de Macedonio compartía con el Finnegans Wake su carácter de intraducible. Ahora ambas han pasado a la lengua de la otra. En 2010, Margaret Schwartz logró la hazaña de verter las sinuosidades museísticas al inglés. Nadie sabe lo que puede pasar cuando el virus macedoniano empiece a corroer los cimientos de la lengua del imperio. Tal vez ya esté sucediendo y aún no podamos verlo.

Por último, quizá no sería descabellado afirmar que la novelística argentina realmente comienza con Museo de la Novela de la Eterna. Antes sólo están los tibios preparativos para la aparición de este monolito. Luego, un gran ejército de denegadores y negacionistas, y sólo dos o tres casos de practicantes visionarios que se hacen cargo de cuidar el Museo, recorriendo sus frescas galerías y pasajes secretos llenos de maravillosas reliquias, mientras planean otra ala que le dé aires nuevos a la hora de levantar vuelo, como el ave Fénix, cuando los bárbaros insistan, una vez más, en querer cerrarlo y darlo por muerto.

© LA GACETA

Marcelo Damiani - Novelista y crítico.

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