Murió el actor Mauricio Semelman

El mimo más conocido de Tucumán era chileno y falleció esta tarde a los 78 años.

07 Oct 2016
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ARCHIVO LA GACETA

El actor Mauricio Semelman murió esta tarde en nuestra provincia. 
El mimo más conocido de Tucumán nació lejos de este suelo. Era chileno, de Concepción, y falleció a los 78 años a causa de una larga enfermedad.
Llegó a Tucumán a principios de los años 50, en el siglo pasado. Húerfano de padre y madre desde temprana edad, Semelman era el penúltimo de siete hermanos.
En mayo de este año, recibió el premio a la Trayectoria Regional por el NOA, en un acto que se llevó a cabo en el Centro Cultural Virla de la Universidad Nacional de Tucumán. En esa ocasión, también se le entregó la estatuilla “Caballero de la fiesta”, del artista tucumano Guillermo Rodríguez, junto con referentes teatrales de todo el país. 
Identificado con el actor Charles Chaplin, Semelman dijo en una oportunidad a LA GACETA que jamás intentó copiar al mimo francés Marcel Marceau. En los últimos tiempos, se dedicó a la enseñanza del arte del mimo.
Participó en alrededor de 50 obras teatrales, entre las que se destacan “La bruma”, de Martha Acosta, “Inodoro Pereyra”. “El Bosque” y “Por las aguas del Nut”.

Mauricio Semelman, el mimo más conocido y querido de Tucumán, murió ayer a los 78 años luego de una larga batalla contra una enfermedad.

El pasado 30 de mayo, el actor había sido distinguido en el Centro Cultural Virla de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), con el premio a la Trayectoria Regional por el NOA. Emocionado, Semelman recibió la estatuilla “Caballero de la fiesta” de parte del artista Guillermo Rodríguez.

“Para mí es más importante que un premio, porque lo vengo buscando desde hace muchísimo tiempo. Es más de medio siglo de carrera; ya tengo 77 años”, había recordado en aquella oportunidad.

Por su carisma, Semelman generaba admiración arriba y abajo del escenario, donde supo destacarse. Inició su carrera en 1965 y desde ahí no paró nunca. “Empecé por casualidad. Unos amigos míos me invitaron a ir a Los Dos Gordos, que estaba frente a la plaza Independencia, para presentarme a un compatriota, el director de teatro Eugenio Dittborn Pinto. Luego de charlar, me pide un favor: que vaya hasta la puerta y vuelva caminando. Yo pensé que estaba borracho, pero lo hice. ‘Nunca te han dicho que sos un mimo’, me dice y yo no tenía idea de qué era eso. Esa misma noche estaba en el teatro para ser parte del elenco y a los cinco días tenía un contrato con Ethel Zarlenga para hacer una obra infantil donde hacía de perro; luego llegó Bernardo Roitman, y así seguí. Tengo como 50 obras y no paré nunca, salvo en la época de la dictadura militar, con Antonio Bussi, que estuvimos relegados por decisión nuestra”, recordaba en una nota publicada por LA GACETA hace cuatro meses.

Aunque en principio quiso dedicarse a la arquitectura, encontró en la actuación un mundo fantástico, que le dio la oportunidad de crecer profesionalmente. “Aprobé quinto de Arquitectura y no me recibí porque vino ese chileno (por Dittborn Pinto) y encontré cuál era mi idioma para expresarme. No me gusta la arquitectura, no era para mí; prefiero ser un buen mimo que un mal arquitecto”, aseguraba.

Semelman no encontraba una definición cuando le preguntaban sobre su talento: “hay algo que no puedo explicar porque ni yo lo sé: cuando me dan un personaje, pido una música y mientras la escucho ya tengo la imagen del personaje, lo siento y no lo veo. Mi cuerpo se encarga del resto”, decía el maestro.

Su referente

Identificado con el actor británico Charles Chaplin, sobre todo en su etapa de cine mudo, Semelman dijo en una oportunidad que nunca intentó imitarlo: “mi mimo es el subjetivo, que saca de adentro hacia afuera sus emociones y crea situaciones en las que transmite lo que quiere decir y recibe lo que le transmiten. No muestra nada: jamás quise copiar a Marcel Marceau, que era un genio técnico, pero él era un mimo objetivo que muere en sí mismo, y no puede integrar un elenco. Él y su técnica son el espectáculo. Yo me identifico con Chaplin por excelencia, sobre todo en su época muda”.

Tucumano por adopción

Era chileno, de Concepción, aunque llegó a nuestra provincia cuando era pequeño. “Fue a principios de los 50. Quedamos huérfanos de padre y madre, éramos siete hermanos y yo era el penúltimo. Una hermana de mi viejo fue y decidió traerse uno y me eligió a mí. Acá me adoptó y desde entonces vivo en Tucumán. Recién cuando murió hace 15 años le comencé a decir mi vieja, porque antes ella me aclaraba que era mi tía y que no reemplazaba a nadie. Fue muy inteligente y valiente de su parte; era viuda, sin hijos y trajo al diablo”, comentaba con humor.

En Tucumán forjó amistades que lo recordarán por esa sonrisa que lo caracterizaba. “Más allá de todo lo que tenga que decir sobre Mauricio como actor, lo que más me dejó fue por su cariño a la gente que lo rodeaba y al público que lo siguió durante décadas. “Este último año vivió en casa, era parte de nuestra familia”, comentó el director Nicolás Aráoz, una de las tantas amistades que supo hacer el actor durante su carrera.

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