El primer libro de ficción de Borges y su pulsión por los prólogos

En 1935 terminó de escribir su extraordinario compendio de argumentos repensados y rescritos a partir de fuentes ajenas. Pero tal vez más importante, y menos señalado, es el hecho de que con su Historia… Borges ya estaba en plena etapa de construcción de la larga serie de certeros prólogos a sus propios libros, tarea que lo ocuparía hasta el final

05 Jul 2015

Marcelo Damiani - Para LA GACETA - Lyon (Francia)

Hace 80 años, el 27 de mayo de 1935, un joven Jorge Luis Borges ponía el punto final al prólogo de su primer libro de ficción: Historia universal de la infamia. El volumen parece anunciar las genialidades de Ficciones y El Aleph, en especial con dos textos: El impostor inverosímil Tom Castro y Hombre de la esquina rosada. El primero es un excelente juego con las paradojas del destino que Borges siempre manejaría con maestría, mientras que el segundo ya tenía un misterioso destino de clásico, a pesar de las objeciones de su hacedor.

En el prólogo Borges habla de “ejercicios de prosa narrativa” y de procedimientos que luego formarán parte de sus mejores cuentos, como “las enumeraciones dispares, la brusca solución de continuidad, la reducción de la vida entera de un hombre a dos o tres escenas”, y el intento de no ser psicológico. También, por último, pondera la singularidad de los buenos lectores por sobre los buenos autores. Aparente autocrítica que no era tal, ya que Borges sin duda sabía que el “autor”, etimológicamente, no es el “escritor”, sino el “promotor”.

En el segundo prólogo, con motivo de la primera reedición, casi 20 años después, un Borges mucho más maduro, dueño ya de una obra consumada, sin fisuras, cambia el eje de su enunciación y antes de admitir que “la palabra infamia aturde en el título”, trata de justificar su prosa cargada: “Yo diría que barroco es aquel estilo que deliberadamente agota (o quiere agotar) sus posibilidades y que linda con su propia caricatura. En vano quiso remedar Andrew Lang, hacia mil ochocientos ochenta y tantos, la Odisea de Pope; la obra ya era su parodia y el parodista no pudo exagerar su tensión. Barroco (Baroco) es el nombre de uno de los modos del silogismo; el siglo XVIII lo aplicó a determinados abusos de la arquitectura y de la pintura del XVII.

Yo diría que es barroca la etapa final de todo arte, cuando éste exhibe y dilapida sus medios. El barroquismo es intelectual y Bernard Shaw ha declarado que toda labor intelectual es humorística. Este humorismo es involuntario en la obra de Baltasar Gracián; voluntario o consentido, en la de John Donne”. Su erudición, como siempre, era superior a cualquier contingencia.

Historia… es un compendio de argumentos repensados y rescritos a partir de fuentes ajenas, cuyo estilo intenso quería disimular una atenta lectura enciclopedista. Una suerte de género menor (o sea mayor, si lo consideramos desde Deleuze) que ya había inaugurado Marcel Schwob con sus Vidas imaginarias (1896) y que quizá continuó Alfonso Reyes con sus Retratos reales e imaginarios (1920), y que luego prolongarían Jorge Rodolfo Wilcock al escribir en italiano La sinagoga de los iconoclastas (1972) y Roberto Bolaño con La literatura nazi en América (1996).

Pero tal vez más importante, y menos señalado, es el hecho de que con su Historia… Borges ya estaba en plena etapa de construcción de la larga serie de certeros prólogos (e inscripciones y epílogos) a sus propios libros que lo ocuparía hasta el final. Sin olvidar, claro, todos las obras ajenas que amó (más de 100). Faena que encontraría su punto de eclosión en el Prólogo de prólogos (1988).

Allí sostendría que “nadie ha formulado hasta ahora una teoría del prólogo. La omisión no debe afligirnos, ya que todos sabemos de qué se trata. El prólogo, en la mayoría de los casos, linda con la oratoria de sobremesa o con los panegíricos fúnebres y abunda en hipérboles irresponsables… El prólogo, cuando son propicios los astros, no es una forma subalterna del brindis; es una especie lateral de la crítica”.

Por último, tal vez no estaría de más señalar que esta fuerte pulsión borgeana por los prólogos (acaso fundador de una nueva pasión argentina) no sólo le viene de su afán reflexivo y su amor por las formas breves, sino también de un anhelo secreto. Su maestro, Macedonio Fernández, había escrito la experimental Museo de la Novela de la Eterna, cuya primera parte consta de nada menos que 57 prólogos. Tal vez Borges, de alguna manera, siempre se sintió obligado a tratar de superar a su maestro, incluso hasta en la pequeña batalla numérica de los prólogos.

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Marcelo Damiani - Novelista, ensayista y crítico.

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