Después de la Batalla de Salta

Instancias que siguieron a la victoria patriota del 20 de febrero de 1813, donde se rindieron 2.776 soldados realistas, incluyendo su jefe Pío Tristán y sus oficiales.

22 Feb 2015

Caía la tarde del dramático sábado 20 de febrero de 1813, en la ciudad de Salta. Estaba envuelta en el estrépito aterrador de cañones y fusiles, de alaridos y galopes, entre el acre humo de la pólvora. El jefe realista, general Pío Tristán, se convenció de que no tenía otra salida que rendirse a los patriotas que mandaba el general Manuel Belgrano. Su tropa había sido batida en todos los frentes por el Ejército del Norte. Una feroz batalla que desde hacía tres horas se desarrollaba en las afueras, en las faldas del San Bernardo y finalmente en las calles del centro.

Envió entonces al coronel Felipe de la Hera, para que se entrevistara con Belgrano. “La sola presencia del parlamentario, su traza, su emoción y sus ademanes hubieran sido suficientes para revelarnos el estado deplorable del enemigo”, narra José María Paz, testigo y actor de la jornada. “Traía por todo uniforme un frac azul, de paisano, con sólo un distintivo, en la bocamanga, de los galoncitos que designaban su grado”. Venía “embarrado hasta el pescuezo y en todas sus acciones se notaba la confusión de su espíritu y el terror”.

Tristán se rinde
Lo llevaron ante el general con los ojos tapados. Se lo ayudó a desmontar y le quitaron la venda, de espaldas a la tropa. Cuando le indicaron cuál de los oficiales era Belgrano, empezó a decirle en voz baja algo que nadie pudo escuchar.

Lo que sí se escuchó fue la noble respuesta del general. “Diga usted a su general que se despedaza mi corazón al ver derramar tanta sangre americana; que estoy pronto a otorgar una honrosa capitulación; que haga cesar inmediatamente el fuego en todos los puntos que ocupan sus tropas, como yo voy a mandar en todos los que ocupan las mías”.

Al poco rato, se acalló el estruendo de cañones y de fusiles. La gloriosa batalla de Salta había concluido.

Esa tarde quedó firmada la capitulación. Se acordaba que el ejército vencido saldría el día 21 a las 10 de la plaza, “con todos los honores de la guerra”, quedando las tropas patriotas en su posición actual. A las “tres cuadras” de la plaza, “rendirán las armas, que entregarán con cuenta y razón, como igualmente artillería y municiones”.

La capitulación
El general, oficiales y soldados podrían retirarse a sus casas, jurando no volver a tomar las armas contra las Provincias Unidas del Río de La Plata, “en las que se comprenden las de Potosí, Charcas, Cochabamba y La Paz”. Serían devueltos los prisioneros y Tristán gestionaría el canje de los tomados desde la acción de Huaqui en adelante.

Se respetarían las propiedades y nadie sería molestado, fuera oficial o vecino, “por sus opiniones políticas”. Los caudales públicos quedaban en Tesorería y los ministros de Hacienda deberían presentar sus cuentas. En cuanto a la tropa de Jujuy, podía retirarse llevando sus armas.

La del 20 al 21 de febrero fue la “noche triste” del humillado general Tristán. Escribió una amarga carta a su primo y comandante, José Manuel de Goyeneche. Su original se conserva en el archivo del virrey Abascal y la supongo inédita.

Amarga carta
“Cinco noches sin dormir, tres vivaqueando con agua y una acción perdida después de mil riesgos, considérame cuál estaré. Mil veces he sentido no haber perecido cuando tuve que defenderme sable en mano entre los enemigos que me rodearon”, empezaba.

“Los enemigos se situaron entre el camino de Jujuy, y de ésta al 16, por una marcha forzada desde Lagunillas al punto de Castañares, una y media legua de aquí: desde entonces hemos estado en correrías hasta el día de hoy, en que te aviso de oficio lo sucedido: si sobrevivo te daré parte más circunstanciado desde Jujuy, para donde procuraré salir de aquí pasado mañana”.

“Atribuye nuestra pérdida a los ignorantes jefes y malos oficiales y toma sobre esto tus medidas. Jamás tendré el dolor de no haber servido con el mayor empeño, y si soy tan desgraciado que no he podido llenar mis deseos, después de un Consejo de Guerra que espero pasaré al rincón de una soledad que semejantes vicisitudes me había hecho apetecer. Mi alma y mi cuerpo están malos: apenas sé que existo”. Se despedía: “Adiós mi José Manuel, que ya será siempre desgraciado tu: Pío Tristán”.

Entregan las armas
Al promediar la mañana del domingo, lo que quedaba del antes arrogante ejército del Rey, formado con sus jefes al frente, banderas desplegadas y batiendo los tambores, se presentó en la plaza. De allí salieron tumbo al lugar fijado para entregar las armas, mientras al mismo tiempo las fuerzas patriotas formadas pasaban a ocupar aquel espacio.

Desplegado el batallón que encabezaba la tropa realista, empezó a desfilar frente a Belgrano y sus hombres. Fueron entregando las armas. Relata Paz que “los tambores hicieron lo mismo con sus cajas, los pífanos con sus instrumentos, y el abanderado entregó finalmente la real insignia, que simbolizaba la conquista y un vasallaje de 300 años”.

A las armas se las ponía en el suelo, y se depositaban encima los correajes y cartucheras. La caballería desmontó y entregó espadas y carabinas, y los artilleros dejaron sus cañones, cajas y juegos de armas. Lo único que se entregó “a mano” fueron las banderas y los estandartes.

Paz veía en el rostro de los vencidos las diferentes pasiones: “el despecho y la rabia en algunos, en otros un furor concentrado, y la vergüenza en todos”. Muchos “derramaban lágrimas”.

Abrazo de Belgrano
Todo transcurrió en respetuoso silencio. Un caso aislado fue la broma que el alférez patriota Domingo Díaz hizo a uno de los comandantes realistas que se despojaba del correaje. El comandante, conteniendo su furia, le dijo: “Señor oficial, estos son percances de la guerra, de que usted ni nadie está libre”.

Cuando llegó el momento de rendirse, Tristán avanzó para entregar su espada a Belgrano. Pero el general patriota rechazó el gesto y lo estrechó en un abrazo, “para impedírselo y para evitarle este dolor y grande vergüenza”, escribe Paz. Luego, Tristán y sus oficiales prestaron juramento, en su nombre y en el de los soldados, de no volver a combatir.

El saldo de la batalla fue de 481 muertos y 114 heridos del ejército realista. Del patriota, murieron 103, hubo 433 heridos y 42 contusos. Se rindieron un total de 2.776, incluyendo jefes y oficiales. Expresa Mitre que “los anales argentinos no registran un triunfo más completo”.

Entrada triunfal
Después de rendidas las armas, al frente de una de sus columnas, Belgrano entró “a paso de vencedor a la ciudad de Salta”, por la entonces calle de La Merced, entre toques de tambor y clarinadas. Según fray Cayetano Rodríguez, el semblante del general mostraba “la misma impavidez que si hiciera su entrada a la sala de un convite”. Portaba la bandera el coronel Martín Rodríguez. La hizo flamear desde el balcón del Cabildo, a tiempo que daba tres vivas a la Patria, mientras repicaban las campanas.

Los vencedores desplegaron gran cordialidad con los vencidos. Según Paz, a las pocas horas, en las tabernas, confraternizaban realistas y patriotas. Tal vez por eso Tristán se apresuró a encaminarlos al Perú. Belgrano inhumó los muertos de ambos bandos en una fosa común. Meses más tarde, se colocó sobre ella una gran cruz de madera, con la inscripción “Aquí yacen los vencedores y vencidos el 20 de Febrero de 1813”.

Un noble trato
Tristán fue objeto de atención especial por parte de Belgrano. Se conocían desde la época de estudiantes, en España, y meses antes de la batalla de Tucumán habían intercambiado cartas, donde el porteño lo instaba –estérilmente- a arreglar sus diferencias de modo pacífico. Recordaba que, después de todo, ambos eran americanos, ya que Tristán había nacido en la ciudad peruana de Arequipa.

Dos o tres días después de la victoria, Belgrano hizo una larga visita a Tristán, en su casa. Según el historiador Bernardo Frías, al baile que se dio en casa de Aráoz en honor de los vencedores, fueron invitados Tristán y sus oficiales. Allí, el jefe realista pidió que le presentaran al coronel Apolinario Figueroa, con quien había intercambiado un tiro y un sablazo el 20 de febrero. Asimismo, según La Madrid, Tristán hizo una visista de cortesía al coronel patriota Eustoquio Díaz Vélez, quien yacía en cama, herido al comienzo del combate.

Destino de Tristán
Después de la derrota de Salta, Tristán (cuyo nombre completo era Juan Pío de Tristán y Moscoso) debió dejar el ejército y recluirse en su casa en Arequipa. Tenía entonces 40 años. En 1815, luchó en la defensa de Cuzco y luego fue hecho prisionero de los criollos, en la batalla de Apicheta. Lo designaron más tarde intendente de Arequipa, y luego presidente de la Real Audiencia de Cuzco. En 1823, fue ascendido a mariscal de campo y, al caer prisionero en 1824 el virrey De la Serna, fue nombrado virrey del Perú en su reemplazo. Sería el último que desempeñó el máximo cargo, y sólo por unos cuantos días. La batalla de Ayacucho terminó para siempre con el dominio español, y Tristán se retiró a Arequipa.

Se amoldó a los nuevos tiempos y, sin ningún sonrojo, colaboró con los patriotas a quienes tanto había combatido. Ellos lo nombraron perfecto de Arequipa y, en 1836, fue nada menos que ministro de Estado de la República del Perú. Murió millonario en Lima, a los 87 años, en 1860.

La soberbia casa de Tristán, exponente arquetípico de la arquitectura barroca-mestiza del siglo XVIII, es actualmente uno de los más notables edificios históricos de Arequipa. Se la denomina “Casa Tristán del Pozo” y es propiedad del Banco Continental, que la utiliza como centro de exposiciones.

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