¿Te animás a probar helados de berenjena, mate cocido o de quesillo y miel de caña?

Con 40° a la sombra qué bien que viene un poco de helado. Sin duda es la estrategia de muchos tucumanos para tratar de mitigar -como se pueda- el tórrido verano. Las heladerías tucumanas han ido modificando su oferta; no sólo se consiguen sabores extraños, sino que hay versiones frías de los tradicionales postres norteños. El café y el té con helado son otras opciones.

28 Ene 2014
Es fresco, dulce -casi siempre- y se desarma en la boca... pero lo mejor de todo es que pone el corazón contento. El helado es el postre favorito del verano, la mejor excusa y pocos se resisten a la tentadora propuesta: “che, tomemos un helado”.

Las heladerías que ofrecen cremas artesanales han comprobado que el tucumano es heladero y que cuando se trata de gustos nada está dicho. Por eso, cada vez es más frecuente encontrar sabores extraños, raros... que te dejan pensando: “¿será posible?”.

Por lo menos eso es lo que le sucede a diario a los hermanos Enrique y Roberto Espeche, en Plaza Crema, la heladería familiar que tienen en El Manantial. “En octubre nos propusimos llegar a los 100 sabores. Comenzamos a tirar ideas y salió de todo”, confiesa Enrique. En el mural se encuentran gustos como “mate cocido”, “cerveza”, “berenjena”, “roquefort y nueces” o “chocolate picante”. Pero también una línea de los postres de la abuela convertidos en cremas frías: “pastafrola”, “batata y queso”, “alfajor de maicena” o mazamorra”.

Dice que cuando abrieron las heladería en 2009 se propusieron hacer algo original. Lo lograron. “Era un sueño familiar tener una heladería. Está vinculada con los buenos momentos, con la niñez, con las conversaciones”, dice Enrique. Su hermano fabrica las cremas y entre su mamá y su hermana hacen los dulces. Todo bien casero.

Los ojos de los clientes se pierden entre tanta oferta. “Algunos se ríen y te preguntan: ‘¿en serio que hay helado de budín de pan?’ otros te cargan: ‘che, ¿y para cuándo el helado de milanesa?’”, relata Enrique.

Actualmente, hay 107 sabores y todos están disponibles porque, como explica Enrique, “no nos gustan las heladerías que tienen cucharitas pegadas en el cartel”. En cuatro meses la heladería de los Espeche se convirtió en una atracción, no sólo por las originales cremas, sino también por las otras propuestas. “Somos melómanos, toda la música que se escucha en el negocio la elegimos nosotros, también los videos”, comenta. Los miércoles se hacen noches musicales. Sacan parlantes a la vereda y un par de instrumentos para que el que quiera toque y cante. “A veces voy yo y canto algo y sigo después sigo sirviendo los helados”. Es que la mayor parte de la clientela son vecinos y conocidos, así que la heladería es punto de encuentro.

Jugar con lo tradicional
¿Qué hacemos con el invierno? Fue la pregunta que se hicieron los dueños de Blue Bell antes de lanzar una línea de postres con un toque de calor como el crepe, el volcán de chocolate o los wafles con helado. “Esto permitió que la diferencia entre una temporada y otra no fuera tan marcada”, explica Susana Sadir, una de las dueñas de esta heladería que ya cumplió 50 años.

A eso se le sumó la posibilidad de probar una versión helada de los postres regionales: cayote con nuez o crema Tafí (crema de quesillo con trozos de quesillo y miel de caña) que sedujeron a los tucumanos y a los turistas. “Muchos visitantes vienen a pedir esos gustos porque ya probaron el postre y les gustó”, añade Susana. ¿O por qué no degustar una versión fría del lemon pie, de la chocotorta o del cheese cake?

Sin embargo reconoce que el chocolate (“sobre todo los que tienen algo crocante”, dice), el dulce de leche y la frutilla siguen siendo los sabores que más se consumen.

Apostar al diseño
Descontracturada y con aires étnicos. Así es Berlín, la heladería de Emilse Rivadeneira, una tucumana que vive hace 15 años en Alemania. “En ese país es muy alto el consumo de helado, sobre todo mezclado con café, té o chocolate”, comenta. Estos tragos helados se encuentran allí, pero lo que más llama la atención es el ambiente. Las paredes rojas, las fotos del muro de Berlín y las cortinas indias rompen con la tradicional heladería de colores fríos y con mobiliarios blancos. Si el cliente se entusiasma hasta puede aprender alemán mientras se toma un trago helado porque Emilse ofrece clases particulares ahí mismo.

La heladería siempre será un ambiente que invita a disfrutar. Con cambios y una oferta más variada, la esencia se mantiene.

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