El idioma de los argentinos

¿Cuál es, en verdad, nuestro idioma actualmente? ¿El del habla cotidiana? ¿El de la oralidad periodística? ¿El del léxico utilizado en los programas de televisión? ¿O, asimismo, el que se refleja a través de la palabra escrita, a través de un libro, de un artículo, de un mensaje de texto -vía celular- o en los diálogos de las redes sociales? Por Alina Diaconú, para LA GACETA, Buenos Aires.
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EL JOVEN JORGE LUIS. Borges (1899-1986) publicó LACONQUI.COM

El que enseña a hablar enseña también a pensar.

Anónimo

El idioma es, según el diccionario, el modo particular de hablar de un grupo de personas. Y, como ya lo sabemos, es algo dinámico, rico, que se renueva permanentemente, siguiendo modas y modos de vivir y de ser, reinventándose a sí mismo (a veces con vocablos pintorescos, otras, no tanto), representando así una suerte de crónica de tiempos y de costumbres.

Cuando, en 1928, Borges publicara El idioma de los argentinos no existía la televisión, ni Internet, ni el correo electrónico, ni la telefonía móvil, ni el lenguaje digital, ni los e-books, ni las tabletas, ni la globalización, ni tantas otras cosas que significarían páginas y páginas de enumeraciones.

Eran épocas en las cuales la gente todavía leía libros de literatura, hablaba con un lenguaje más o menos cuidado, existían las tertulias y las charlas de café tenían otro carácter, donde la mujer hacía su aparición -pero no demasiado- sobre todo en ciertos ámbitos artísticos o intelectuales.

En su libro, Borges se refería más que nada al idioma de los escritores argentinos y lo dividía en dos modalidades o en dos conductas literarias, típicas de aquellos años y que, ostensiblemente, le disgustaban: "una, la de los saineteros que escriben un lenguaje que ninguno habla y que si a veces gusta, es precisamente por su aire exagerativo y caricatural; otra, la de los cultos, que mueren de la muerte prestada del español. Ambos divergen -sostenía Borges- del idioma corriente: los unos, remedan la dicción de la fechoría; los otros, la del memorioso y problemático español de los diccionarios". Y subrayaba que "Equidistante de sus copias, el no escrito idioma argentino, sigue diciéndonos, el de nuestra pasión, el de nuestra casa, el de la confianza, el de la conversada amistad".

Acaso en estos cuatro aspectos perennes podríamos reparar al trasladar al hoy la idea borgeana, y dejando de lado los aspectos ya superados por la historia, del sainete "popular" y del español supuestamente "culto" de los años 20.

Borges amaba el idioma argentino de sus mayores. Y lo manifestó así: "El tono de su escritura fue el de su voz; su boca no fue la contradicción de su mano. Fueron argentinos con dignidad: su decirse criollos no fue una arrogancia orillera ni un malhumor. Escribieron el dialecto usual de sus días: ni recaer en españoles ni degenerar en malevos fue su apetencia (…) Hoy, esa naturalidad, se gastó". Aludía a escritores como Sarmiento, Echeverría, Mansilla, Wilde y consideraba honrosas excepciones a Güiraldes y Schiaffino.

Remarcaba dos palabras que le gustaban del idioma de los argentinos y que siguen actuales e irreemplazables: "macanudo" y "lindo".

Alberto Girri cuando nombraba el idioma que identifica a esta zona del sur de América del Sur, lo separaba del español y de otras versiones latinoamericanas, llamándolo "nuestro castellano del Río de la Plata" (Argentina, Uruguay).

Idioma sin papel

¿Qué pasa hoy con el idioma de nuestros escritores? ¿Cuánto ha influido el hecho de que la pantalla de la computadora ha reemplazado prácticamente al papel, de que, a pesar de seguir enseñándose en la escuela y usándose en ciertos documentos, la escritura a mano se ha vuelta casi impracticable; cuando la correspondencia y los diarios manuscritos que constituían un género literario aparte ya no existen para ser atesorados por coleccionistas, grafólogos, bibliotecas y museos? ¿Cómo se traduce el léxico de los estereotipos, de las siglas y de los apócopes en la escritura? ¿Cómo ha cambiado- si es que cambió esencialmente- el estilo mismo por estas razones ligadas a las nuevas formas de comunicación de la tecnología, donde surge también un inglés españolizado, con palabras como resetear, tuitear, escanear (que serán aprobadas a partir de 2014 por la Real Academia Española).

En lo literario vemos cómo se han ido muriendo las frases largas y elaboradas a favor de un minimalismo formal, de oraciones cortas, directas y, en el caso de la ficción, en textos donde los propios editores piden abundantes diálogos que faciliten la lectura?

¿Escribimos como hablamos y hablamos como escribimos? "La lengua es su uso", aseveró Silvio Martin, Director de Lingüística de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.

¿Cómo se ha modificado el idioma de los argentinos de hoy, teniendo en cuenta que el público lee mucho menos, porque tiene menos tiempo, porque la vida tiene otro ritmo y porque su concentración ya no puede enfocarse durante lapsos muy largos en las páginas de un libro?

Claro que el fenómeno es mundial en cuanto a lo que implica la influencia del lenguaje digital en el vocabulario de la gente y de los que escriben.

Volviendo a la Argentina, una encuesta realizada este año por Targe Group Index (y publicada por el diario La Nación) entre más de 10.000 argentinos, entre 12 y 75 años, demostró que sólo una de cada diez personas leía y que las mujeres son más aficionadas a la lectura que los hombres. Pareciera ser -según la encuesta de TDI- que el 12% de las mujeres lee en forma habitual, contra el 9% de los hombres.

Ya conocemos el divulgado dato de que los chicos leen entre 0,89 y 1,3 libro por año, mientras que en Brasil la cifra asciende a 3,3 libros y en México a 10. Los jóvenes leen cada vez menos y los que compran libros es porque en los colegios se lo piden. Además, hay otro dato alarmante dado a conocer por un estudio de la asociación Proyecto Educar 2050 y que dice que un 52% de nuestros alumnos adolescentes no comprende lo que lee. La gravedad de esta situación nos remite a aquella frase de Boileau: "Lee y conducirás, no leas y serás conducido". En cuanto a los adultos, el Ministerio de Educación de la Nación afirmó que el 71% de los argentinos adultos lee al menos dos libros por año, pero que aumentó la cantidad de gente que lee de la pantalla de su computadora.

El idioma de los argentinos ha incorporado palabras como agendar, vacacionar, contener (por asistir emocionalmente), abreviaturas como finde (por fin de semana), peli (por película), compu (por computadora), celu (por celular), pelu (por peluquería) y de prácticamente todos los nombres propios. También aparecieron frases de uso corriente , como "está bueno", "es lo que hay" o la muletilla "a ver" (utilizada después de un interrogante, cuando se está por dar una opinión), etcétera.

Cambios en la vida

Le preguntamos a la escritora Noemí Ulla, Doctora en Letras, su opinión sobre el idioma de los argentinos en la actualidad y ella nos responde: Continúa en la página 3...... Viene de la página I."Se habla en forma cada vez más despreocupada, con un empobrecimiento creciente del lenguaje y una reiteración de errores que día tras día se diseminan". Al pedirle algunos ejemplos, nos aclara: "Se observan expresiones que fueron y son ajenas a nuestro idioma, como salió a decir, en lugar del sencillo dijo. Hay desconocimiento del uso del subjuntivo y uso generalizado del error: ¿me escuchan desde allí? por ¿me oyen desde allí?, tan incorrecto como el vamos a estar hablando en los medios de comunicación, por hablaremos".

Cuando le consultamos sobre la influencia de la tecnología, tanto sobre nuestro habla, como sobre la forma de escribir, Ulla es rotunda: "La tecnología y su progreso en nuestra cultura son notorios. Leer y escribir en la pantalla es un progreso enorme, y me gustaría destacar la investigación realizada por Norma Carricaburo:

Del fonógrafo a la red, Literatura y tecnología en la Argentina

. Pero cada vez observo más y me sorprende en forma negativa leer en los mensajes electrónicos, aún de personas que ejercen la docencia, utilizar q por que y otras gracias que contribuyen a la confusión".

El tema tiene sus complejidades, los cambios en el idioma hablan de los cambios en nuestra vida y viceversa, donde la tecnología trae sus grandes aportes y por los cuales también hay precios que pagar.

En el texto de Borges de 1928 (escrito, en realidad, un año antes), hay ideas que no perderán vigencia nunca. El decía que en el problema verbal, que es el literario también, el deber de cada uno es dar con su propia voz.

"Sabemos que el lenguaje es como la luna y tiene su hemisferio de sombra. Demasiado bien lo sabemos, pero quisiéramos volverlo tan límpido como ese porvenir que es la posesión mejor de la patria".

Con respecto a este último punto, y ya en los albores de la globalización y de Internet, Alberto Girri confesó en Cuestiones y Razones que "el lugar de nacimiento no le concede ni le impide universalidad a lo que uno escribe (…) Un hombre es todos los hombres. Eso es inevitable, decía. Pero también citaba -coincidiendo así con Borges- aquella famosa frase de Musil: "El primer deber de un escritor es servir a la literatura de su país".

Lo cual nos dice que el idioma de los argentinos de hoy representa ni más ni menos que a los argentinos de hoy, con sus defectos y sus virtudes, su espíritu nacional propio pero, asimismo, con su mente de fronteras abiertas. Y que la literatura que se hace con estas viejas-nuevas, ricas o empobrecidas, graciosas o molestas palabras cotidianas, son el vocabulario con que hoy se escribe el espejo de la patria. Una patria, que uno siempre quiere mirar con esperanza.

© LA GACETA Alina Diaconú - Novelista, ensayista y poeta. Tiene 15 libros, de los cuales los más recientes son Avatar y Ensayo General.

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