Una olvidada y encantadora costumbre

Una olvidada y encantadora costumbre

A pesar de la inmediatez del mail o de los mensajes de texto, las misivas manuscritas siguen conservando una magia que se valora casi como una joya.

ARTE EN DESUSO. Las cartas manuscritas siguen teniendo una magia que nunca tendrá el mail y, por esa razón, suelen ser guardadas como legados. UNAPOESIADIFUSA.ES ARTE EN DESUSO. Las cartas manuscritas siguen teniendo una magia que nunca tendrá el mail y, por esa razón, suelen ser guardadas como legados. UNAPOESIADIFUSA.ES

Nadie ignora (mejor dicho: todos han olvidado) que las cartas fueron alguna vez las reinas y señoras de las conversaciones entre ausentes. Con una historia casi tan antigua como la escritura misma, el género epistolar se remonta al momento en el que por primera vez dos personas se confabularon para vencer la lejanía intercambiando por escrito sueños y tribulaciones.

"Enviar una carta es una excelente manera de trasladarse a otra parte sin mover nada, salvo el corazón", confesó en el año 65 de nuestra era el poeta latino Petronio, supuesto autor del "Satiricón". Y es que el escribir epístolas fue siempre una necesidad insoslayable. Hoy, ya no lo es. El correo electrónico y los mensajes de texto han otorgado tanta fluidez a las comunicaciones que ahora es posible intercambiar conceptos básicos en menos de dos minutos, sin tener que esperar una semana para que llegue el cartero. Un gran logro, por cierto. Pero... ¿y la poesía, las confesiones, el retrato de vida, los modos del lenguaje, el perfume de lo escrito con sangre, sudor y lágrimas? ¿Y la perennidad de aquello que se dice con tinta y papel? ¿Dónde están? Existe una magia especial en eso de esperar la correspondencia, porque a todo el mundo le gusta recibir una carta. Es casi como sentirse apreciado, tenido en cuenta, adulado.

Cortázar, lúdico y triste
Así lo entendió, por ejemplo, Julio Cortázar, quien a lo largo de su vida escribió una gran cantidad de misivas, la mayoría recopiladas en varios tomos que publicó Alfaguara. Todas narradas con ese particular estilo poblado de ludismos lingüísticos que hacía estremecer a aquellos que las leían. Podría decirse que Cortázar fue uno de los cultores más entusiastas del género.

"Esto no es una carta, es una tortuga. Me escribiste el 20 de agosto, y ya ves cuándo te contesto. Pero las tortugas -que son enormísimos cronopios- siempre tienen explicaciones que ellas consideran satisfactorias, y ahí va la mía, que como si fuera poco es verdadera. Enjugo una lágrima y te digo que estoy bastante enfermo, cosa siempre escandalosa entre los cronopios", le escribió Cortázar a su amigo Roberto López.

En otra misiva, una de las últimas, el autor habla de la insoportable soledad en la que lo sumió la muerte de su amada mujer Carol Dunlop. El 2 de noviembre de 1982 le escribió a la traductora de "Rayuela" al serbocroata Silvia Monrós-Stojakovic: "estoy en un pozo negro y sin fondo. Pero no pienses en mí, piensa en ella, luminosa y tan querida, y guárdala en tu corazón". Unos meses después, el propio Cortázar moría de leucemia en París.

La opresión de Vincent
Pero esta costumbre de escribir cartas reales -las virtuales tienen su propio lenguaje y casi siempre carecen de sentires- no sólo fue cultivada por escritores. La correspondencia entre el pintor Vincent Van Gogh y su hermano Theo se encuentra entre los testimonios más conmovedores de la historia. "Creo -dice Vincent-que nada nos arroja tan a la realidad como un amor verdadero. La mejor manera de conocer a Dios es amar mucho". En su última carta, del 23 de julio de 1890, le dice a Theo: "Querría escribirte sobre muchas cosas, pero en primer lugar se me fueron las ganas, y luego siento que es inútil". Y tenía razón. ¿Para qué iba a escribir? Estaba enfermo del alma y se suicidó tiempo después. Este tipo de arrebato también se puede leer en las epístolas del apóstol Pablo, en la correspondencia de Oscar Wilde o en las misivas entre el pintor Salvador Dalí y su amada Gala.

Claro que el género epistolar ha sufrido una curiosa transformación. Las cartas han quedado reducidas hoy en día a simples mensajes y, a menudo, suelen llegar a los celulares escritos en un lenguaje de símbolos y letras que sólo pueden descifrar los que no superan los 30 años. Ahora bien... ¿alguien puede guardar los mensajes de texto por más de una semana? ¿Se leerán dentro de algunas décadas algunos mails conservados en la memoria de la PC, si es que alguien realmente los guarda? Quiérase o no, aunque ya nadie las frecuente, las cartas manuscritas siguen conteniendo esa magia que el mail jamás tendrá, por rápido y eficiente que resulte. Nadie, por ejemplo, hace reflexiones profundas en un mail o un mesaje de texto que se escribe en dos minutos. La carta también es un acto de reflexión. El perfume del papel y la tinta, la cosquilla en el estómago cuando se reconoce en el remitente la letra de alguien que está lejos, el ruidito de la hoja cuando se desdobla al sacarla del sobre... todo eso implica una carta. Y justamente por esa razón suelen ser guardadas como legados para las nuevas generaciones. Que lo diga sino la princesa Margarita de Inglaterra y sus afanes purificadores, que la llevaron a quemar todas las cartas que la Reina Madre había escrito en los últimos diez años de su vida para que no trascendieran algunos escándalos palaciegos. O el mismo Frank Sinatra, que hizo de sus esquelas una suerte de manual de la elegancia: "mi regla básica es el puño de la camisa extendido dos centímetros por arriba de la chaqueta", le escribió a una amante.

Tucumanos con aplomo
Pero en Tucumán también hay ejemplos de cartas de personajes ilustres que superaron el paso del tiempo y se conservan como testimonio de una época y un estilo de vida. Las misivas del filósofo Alberto Rougés, recogidas en una edición que realizó la Fundación Miguel Lillo, son un claro ejemplo. "

He pensado desde hace muchos años, que daría por bien empleada mi vida si lograra captar la esencia huidiza y conturbadora de lo espiritual; lo que implica naturalmente, captar también la esencia de lo físico", le escribió a Carlos Cossio en 1943.

Lo mismo sucede con las cartas de la siempre controvertida Lola Mora. "Cada uno ve en una obra de arte lo que de antemano está en su espíritu; el ángel o el demonio están siempre combatiendo en la mirada del hombre", escribió en una carta fechada en Noviembre de 1900 para contrarrestar las virulentas críticas que había recibido la emblemática "Fuente de las Nereidas".

Semejante historia detrás del género epistolar debería entonces entusiasmar a las nuevas generaciones. No sólo porque las cartas dejan un testimonio de nuestro paso por la vida, sino porque pueden ayudar a hijos y a nietos a conocer más de sus antecesores. El género epistolar ya no es el propio de un caballero del siglo XVIII que escribe con puños de encaje a la luz de candelabros. No es ya la obra de una dama que lee la carta y sonríe, tumbada a lo Pompadour junto a un clavicordio abierto. La carta se ve hoy en crisis por el desarrollo de la tecnología. Y nuestra tarea es tratar de mantenerla viva.

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