Viaje a la intimidad de Los Wachiturros

¿Cómo son por dentro? Compartimos una noche con el grupo que conmueve a la movida tropical. A bordo de la combi, durante la cena y al costado del escenario, fuimos descubriendo la simpleza de seis chicos que, de golpe, descubrieron que son famosos. Video.

25 Sep 2011
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LÍDER Y VOCERO. DJ Memo, con 21 años, es el más grande del grupo, y también el que controla al resto de los chicos. “Somos un suceso”, admite. LA GACETA / FOTOS DE ALVARO MEDINA

DJ Memo me habla mientras se saca la camisa. "Aquí vivimos, aquí hacemos todo: tenemos la máquina de cortar pelo y hasta cera de depilar", enuncia, y señala con el mentón los laterales de la combi que nos transporta. Acaban de dejar un Central Córdoba ardido en gritos e histeria, y ahora Los Wachiturros se cambian rápido porque, con tantos pasos tirados en el calor del escenario, la ropa se les ha enjugado en transpiración. Se visten con las remeras que les compró Juan, el mánager, en una feria de Río Hondo, la parada anterior a la capital tucumana. "Si salimos nosotros a los locales es un bardo; no nos dejan andar", explica Memo, que en verdad se llama Emanuel y es el líder del grupo.

Leíto, Kaká, Brian, Gonzalo y Matías lo miran hablar desde el fondo de la traffic. Están tapados por perchas, rodeados de bolsos, ahogados en el vapor de los distintos desodorantes que se acaban de echar. Hay que cuidar la apariencia porque esa ha sido -dicen ellos- una de las claves del éxito que ahora los hace recorrer el país, además del emblemático pasito turro, claro. ¿No se cansan de tanto hacerlo? "Olvidate, obvio", acepta Gonza, el cantante, para dar lugar a la historia de la génesis del baile. "Una noche fuimos a un boliche con Leíto y Brian, y ellos lo hicieron. Vi que llamaban mucho la atención y les pedí a unos amigos cumbieros que los incluyeran en su grupo. Como los seguían más que a los cantantes formamos nuestra propia banda", recuerda Memo.

Ninguno niega que la fama es hechicera ("ahora nos invitan gratis a los boliches, pero no podemos ir", lamentan), aunque remarcan que les trajo cosas negativas. "En seis meses logramos cosas que no pueden conseguir otros que llevan mucho tiempo en la movida. Nos envidian y hablan giladas. Con decirte que en un jardín de infantes a la vuelta de mi casa les prohibieron decir ?wachiturros? a los chiquitos porque dicen que es mala palabra...", enarca las cejas el DJ.

El mánager señala la hora de cenar. Entran a un bar ubicado en 9 de Julio primera cuadra y todos los ojos, todos, voltean a mirarlos. Las adolescentes los atajan antes de que se sienten, les interponen servilletas para que garabateen sus firmas, quieren atraparlos en sus celulares. Ellos no esquivan ninguna muestra de cariño, quizás porque aceptan que el globo de la exposición puede pincharse de un momento a otro. "Obvio que sabemos que esto no es para siempre. Eso es duro porque ya estamos habituados a este estilo de vida", declara Memo, mientras se esmera en llenar de corazones los autógrafos.

Antes de que la mesa se llene de platos de ravioles y napolitanas con puré, los turros improvisan un juego con un celular parecido a la botellita: aquel al que el teléfono señale después de girar como trompo debe recibir una lluvia de golpes en la cabeza. Y se cachetean los chicos, y se ríen como los adolescentes que son, hasta que Emanuel se enoja y los reta "porque la gente está viendo golpearse a cinco pelotudos". Siempre atento al ojo ajeno, vuelve a asumir el rol de padre cuando Gonza se enoja por un presunto malhumor del mozo. "¿Qué les pasa? ¿Creen que porque somos los Wachiturros tienen que estar pendientes de lo que queremos? Ellos están trabajando como trabajamos nosotros". Silencio en la zona. Los ojos se vuelcan a los celulares de cada uno, hasta que Brian -el experto en imitaciones- recrea la voz del Pato Donald, y todos ríen otra vez.

Todas con todos

Se termina la comida y hay que volver al transporte. "¿Adónde actúan ahora?", les pregunta una mujer, pero los chicos no saben, nunca saben. Sea cual sea el destino, siempre deben hacer lo mismo: tirar un paso, agitar a las turras, revalidar su condición de boom tropical. Por eso, ni se molestan en preguntar. Es tal el desconcierto que Gonza, tras las pocas cuadras que hay desde el centro hasta un boliche del Abasto, me pregunta: "¿seguimos en Tucumán o ya estamos en Santiago del Estero?" Es que en la combi no hay distinción de lugares ni de horarios: allí duermen y comen, allí juegan a la PlayStation, allí se les pasan los días lejos de sus familias ("no los vemos nunca", afirman) y allí, por supuesto, invitan a algunas fanáticas. "Los que más traemos chicas somos yo y Mati, pero la verdad es que ellas quieren estar con los seis. Si hay seis mujeres, están todas con todos; si hay una, también", admite Memo.

La presentación en el boliche se acorta porque el sonido es horrible y porque, promediando la madrugada, todavía faltan tres paradas más. "No me daban ganas ni de hablar", se desploma Gonza sobre el asiento, y se vuelca a la más divertida tarea de repartir besos desde la ventanilla y desenvolver los helados que acaban de comprar. A sacarse de nuevo las camisas mojadas, que cuando la traffic apague sus motores seguramente habrá un nuevo escenario en el que descollar. "Y sí, somos el suceso del momento -repite el DJ-. Vamos a aprovecharlo".

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