La trágica historia del juez, la mujer y los policías

La trágica historia del juez, la mujer y los policías

Héctor Agustín Aráoz fue asesinado de 10 disparos el 26 de noviembre de 2004. Ayer, un tribunal condenó a Darío Pérez a 18 años de prisión, al entender que fue él quien lo acribilló. También determinó que la ex novia del juez, Ema Gómez, fue partícipe primaria del hecho, y la sentenció a 13 años de cárcel. Detalles de un caso complicado y lleno de misterios.

CONDENADOS. Alejandro Darío Pérez, Andrés Fabersani y Ema Hortensia Gómez escuchan sus condenas. Cuando la sentencia quede firme, irán a prisión. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO CONDENADOS. Alejandro Darío Pérez, Andrés Fabersani y Ema Hortensia Gómez escuchan sus condenas. Cuando la sentencia quede firme, irán a prisión. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
Al juez Héctor Agustín Aráoz primero lo balearon en las piernas. Cayó con sus casi dos metros y cien kilos al piso de la galería sur de su casa de Yerba Buena. Se arrastró por un pasillo. Quizás buscaba su arma; quizás su teléfono. Nunca se sabrá. Volvieron a tirarle. Un proyectil le perforó la cadera, pero él siguió. Entró al baño, y recostado contra los azulejos, vio dos caras que conocía muy bien antes de recibir el décimo y último impacto: la de Alejandro Darío Pérez y la de Ema Hortensia Gómez.
El primero fue el autor de los disparos. La participación de la ex agente fue vital para que Aráoz fuera el primer juez asesinado en la historia de la provincia. A estas conclusiones llegó ayer el tribunal que los juzgaba.

Un oficio trucho 
La mañana del viernes 26 de noviembre de 2004, Aráoz trabajó en su oficina del Juzgado de Menores N° 2. Estaba molesto. Desde una comisaría habían falsificado un oficio con su firma para permitir la salida de un menor del Instituto Roca. Y el juez le dedicó esa jornada a ordenar una serie de pericias para dar con los falsificadores.
Pero este episodio no tuvo nada que ver con el asesinato.
Aráoz subió a su camioneta Ford F-100 y manejó hasta la casa donde vivían Lucrecia Terán Luna y sus nueve hijos. Almorzó con ellos (ya nadie recuerda qué).
A las 14, salió junto a su hijo mayor, Agustín Aráoz Terán. Pasaron por un supermercado y compraron carne, pan y carbón. Ese domingo debían comer un asado que nunca se hizo. 
Llegaron a la casa donde el juez vivía solo, en avenida Aconquija 2.950. Descargaron las bolsas, y Agustín (h) regresó en la camioneta a lo de su madre.
Hacía mucho calor. Aráoz se puso un short y una remera blanca.
Nadie sabe qué estuvo haciendo hasta que llegaron los asesinos.

Ni amor ni trabajo
Ema Gómez ya no era novia del juez. Y hacía poco que la habían echado de la Policía. Ella, que hasta meses antes se codeaba con el poder, ya no tenía amor ni trabajo.
Por uno de estos dos motivos fue que acudió al juez. Esto es lo que, al parecer, supusieron ayer los jueces durante la deliberación.
¿Llegó sola? ¿O la llevó Darío Pérez? Según todas las fuentes que consultó LA GACETA, estos son algunos de los interrogantes que los camaristas no pudieron dilucidar. Pero sí consideran que, por uno de esas razones, Aráoz y Ema Gómez comenzaron a pelear. Eso explicaría el profundo arañazo que tenía el magistrado en la yugular.
Fue entonces cuando -según esta versión- apareció en escena el ex oficial Pérez. Y comenzó la balacera.
Los vocales de la sala I de la Cámara Penal, Pedro Roldán Vázquez, Carlos Norry y Emilio Páez de la Torre, consideraron que el  ayer condenado no buscaba hacero sufrir. Pero, una vez que el juez había recibido el primer disparo, ya no podía seguir vivo. Había que ultimarlo.
Según la autopsia, a Aráoz le quedó sólo un litro de sangre en el cuerpo. Por eso murió.
Entonces, según esta versión, Ema Gómez y Pérez comenzaron con su plan para tratar de no quedar involucrados con el crimen.
El ex oficial regresó a su casa de Lules. Esa noche, incluso, salió a bailar con su hermana y un grupo de amigos.
Ema Gómez tuvo una actividad más agitada. Llamó a algunos de los contactos que le habían quedado de su paso por Casa de Gobierno. No consiguió ayuda. Hasta que llamó a la comisaría de Banda del Río Salí. Habló con el entonces oficial Andrés Fabersani, que estaba a cargo de la guardia. Y, cerca de las 20.30, llegó a la dependencia.
Entró llorando y pidió verlo. Fabersani la recibió. Después, el oficial se acercó al comisario Rodolfo Domínguez y le comentó: "dice esta mujer que la hablaron por teléfono diciéndole que su novio, el juez Aráoz, está muerto".
El jefe de la comisaría no estaba al tanto del asesinato, entendieron los jueces. Tampoco el oficial Rubén Albornoz, que era sumariante.
Los cuatro (Domínguez, Fabersani, Albornoz y Gómez) se subieron a una camioneta. Llegaron a la casa de Aráoz. Era de noche.
La ex agente bajó primero. Abrió la reja y entró a la propiedad de su ex novio. El dogo "Tito" ya estaba suelto. Los tres policías no pudieron seguirla por el feroz guardián. Ella, adentro, comenzó a gritar. Y a arrojar muebles y adornos. La escena del crimen no volvió a ser la misma. La vida de los cinco protagonistas tampoco.
A Ema Gómez la arrestaron esa misma noche. A Pérez, un par de días después. Luego de tres meses de juicio, los jueces consideraron que ellos son los responsables por el homicidio de Aráoz. El ex oficial, señalado como autor material del hecho, recibió una pena de 18 años de prisión. La ex agente, sentenciada como partícipe primaria, una condena de 13 años. No quedaron detenidos. Tampoco su único encubridor, Fabersani. Aún quedan varios capítulos por escribirse en esta historia que protagonizan tres policías y un juez.

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