Juan Rulfo, o la pena sin nombre

Este es un fragmento de Los nuestros, libro publicado en 1966 y hoy inhallable, que configuró la lista de los escritores del Boom latinoamericano (García Márquez, Vargas Llosa, Cortázar y Fuentes figuraban entre los diez autores seleccionados). Uno de ellos era Juan Rulfo. En el capítulo dedicado a su obra, el autor del libro se preguntaba qué ocurría con este escritor que, después de la notoriedad que le había dado Pedro Páramo, no publicaría ningún otro libro en los 31 años que transcurrieron entre la aparición de la novela y su muerte.

03 Abril 2011
Por Luis Harss

Once años han pasado desde Pedro Páramo y Rulfo, siempre atareado y afanoso, ha guardado silencio. Se muestra poco dispuesto a hablar de lo que ha publicado entretanto y cuándo. Se angustia de pronto cuando le hacemos la pregunta. Menciona "algún cuento, uno que formaba parte, que tenía la misma línea de El llano en llamas. No sé cómo llegó allí? Fue más bien que se traspapeló, y a la hora de publicar el libro no entró?" Según los rumores, su indulgencia y su modestia son tales que vigila poco lo que hacen las editoriales con sus libros?
Por ahora tiene otros proyectos. Mientras la gente se pregunta si volverá a dar señales de vida, trata de resolverse a publicar una novela eternamente inconclusa que ha prometido y retirado mil veces, llamada La cordillera. "Estoy medio trabajando en ella", dice. Recientemente creyó haberla resuelto, pero a último momento decidió rehacerla otra vez más. Había que volver a meditarla por completo. "Me parecía un poco densa." Quisiera ahora hablar de ella, pero "es un poco difícil de explicar". El escenario son otra vez los pueblos de Jalisco, "pero ya tomados desde su base. En el siglo XVI". Rulfo sigue las vidas y destinos de una familia de encomenderos desde sus orígenes, a través de generaciones de guerras y migraciones, hasta el presente. Como siempre en sus obras, el viaje es mental, un recuerdo evocado a trozos y cabos sueltos por los descendientes de los muertos. "En realidad, es la historia de una mujer que es la última descendiente de las familias estas". Es probablemente otra alma perdida que el estigma de los siglos ha marcado con su pena sin nombre. Porque la lección de la historia, en Rulfo, es que el pasado podrá olvidarse, pero nunca ser enterrado.

Fragmento de Pedro Páramo

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. "No dejes de ir a visitarlo -me recomendó-. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte." Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aun después de que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.
Todavía antes me había dicho:
- No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio... El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.
- Así lo haré, madre.
Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

Fragmento de El llano en llamas

Yo salí de la cárcel hace tres años. Me castigaron allí por muchos delitos; pero no porque hubiera andado con Pedro Zamora. Eso no lo supieron ellos. Me agarraron por otras cosas, entre otras por la mala costumbre que yo tenía de robar muchachas. Ahora vive conmigo una de ellas, quizás la mejor y más buena de todas las mujeres que hay en el mundo. La que estaba allí, afuerita de la cárcel, esperando quién sabe desde cuándo a que me soltaran.
- Pichón, te estoy esperando a ti -me dijo-. Te he estado esperando desde hace mucho tiempo.
Yo entonces pensé que me esperaba para matarme. Allá como entre sueños me acordé de quién era ella. Volví a sentir el agua fría de la tormenta que estaba cayendo sobre Telcampana, esa noche que entramos allí y arrasamos el pueblo. Casi estaba seguro de que su padre era aquel viejo al que le dimos su aplaque cuando ya íbamos de salida, al que alguno de nosotros le descerrajó un tiro en la cabeza mientras yo me echaba a su hija sobre la silla del caballo y le daba unos cuantos coscorrones para que se calmara y no me siguiera mordiendo. Era una muchachita de unos catorce años, de ojos bonitos, que me dio mucha guerra y me costó buen trabajo amansarla.
- Tengo un hijo tuyo -me dijo después-. Allí está. Y apuntó con el dedo a un muchacho largo con los ojos azorados:
- ¡Quítate el sombrero, para que te vea tu padre! Y el muchacho se quitó el sombrero. Era igualito a mí y con algo de maldad en la mirada. Algo de eso tenía que haber sacado de su padre.
- También a él le dicen el Pichón -volvió a decir la mujer, aquella que ahora es mi mujer-.
Pero él no es ningún bandido ni ningún asesino. Él es gente buena. Yo agaché la cabeza.

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