La mayor lucidez para pensar el país

El pensador tucumano integró con Echeverría, Gutiérrez y Carlos Tejedor la Generación del 37. Su libro las "Bases" fue fundamental para la redacción de la Constitución de 1853. Sarmiento y Mitre.

29 Ago 2010
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EL PROCER. El óleo de De Nagy lo representa a Alberdi en los finales de su etapa chilena, en la época en que escribió las "Bases". ARCHIVO LA GACETA

Juan Bautista Alberdi fue un pensador, en primera y en última instancia. Su vida fue la de un hombre que lee, que observa, que reflexiona y que finalmente escribe, animado por una candente preocupación sobre el hoy y el mañana de su patria. Por tal razón, su peripecia biográfica carece de los detalles coloridos que dan atractivo a otras.

Nació hace dos siglos, en San Miguel de Tucumán, el 29 de agosto de 1810. Hacía tres meses que se había producido la Revolución de Mayo. Era hijo del comerciante vasco Salvador de Alberdi y de la tucumana Josefa Rosa Aráoz. Su madre murió a consecuencia del parto, dejando además de este hijo a otros tres, sobrevivientes de los seis que tuvo en total. Don Salvador, destinatario de la carta de ciudadanía otorgada por el Congreso de Tucumán, falleció en 1822. Así, Juan Bautista no tenía 12 años cuando quedó sin padre ni madre.

Un breve regreso
Aprendió las primeras letras en la escuelita de breve vida fundada por Manuel Belgrano, gran amigo de su casa. En 1824, una beca del gobierno de Rivadavia lo llevó a Buenos Aires, al Colegio de Ciencias Morales. A poco andar lo dejó y se empleó en una tienda. Pero luego regresó para terminar el ciclo e ingresar a la Universidad, instado y apoyado por el general Alejandro Heredia. Su mala salud determinó a un médico a recomendarle distracciones, terapia que hizo aflorar sus condiciones de joven sociable y mundano. Era muy buscado en los salones porteños: ejecutaba el piano y la flauta, componía y hasta escribió un par de pequeños "tratados" sobre este arte.

Corría 1834 cuando regresó brevemente a Tucumán, tras detenerse un tiempo en Córdoba para rendir el examen que le faltaba para graduarse en Derecho. Inútiles fueron las gestiones que Heredia, ya gobernador, hizo para retenerlo en su ciudad. Al volver a Buenos Aires, publicó una "Memoria descriptiva sobre Tucumán". Era el tributo romántico a la provincia que dejaba para siempre y lo dedicó a Heredia en agradecimiento.

La Joven Argentina

En la ciudad del Plata, empiezan a revelarse sus dotes de pensador y publicista. Se destacará en el grupo que integran, entre otros, Esteban Echeverría, Juan María Gutiérrez, Félix Frías, Vicente F. López, Carlos Tejedor. Publica "Fragmento preliminar al estudio del Derecho" (1837), páginas importantes para pulsar la filosofía historicista de su tiempo y la agudeza del ensayista. Colabora en el periódico "La Moda", con sátiras y piezas de música.

El grupo de jóvenes románticos no encuentra sentido a las divisiones de unitarios y federales. Se reúnen para hablar del país y del mundo: sueñan con reformas y con progreso. Así nace el "Salón Literario" y luego la "Joven Argentina" o "Asociación de Mayo".

Alberdi redacta una de las "palabras simbólicas" de "El dogma socialista" de Echeverría, así como una réplica al "Voto de América" de José Rivera Indarte. El clima represivo de Buenos Aires bajo el gobierno de Juan Manuel de Rosas, le resulta insoportable. Por eso en 1838 cruza el río para radicarse en Montevideo.

La capital uruguaya hierve de emigrados. Apasionado por lograr un cambio, empieza a escribir furibundos artículos contra Rosas, en "El Nacional" y luego en la "Revista del Plata". Insta a Juan Lavalle a que marche sobre Buenos Aires: redacta sus proclamas y también la declaración de guerra del Estado Oriental contra el dictador. Pero no se entiende con los viejos unitarios ni con el gobierno uruguayo. De esa época son ilustrativos, por ejemplo, su folleto "Sobre la nueva situación de los asuntos del Plata", y la obra de teatro "La Revolución de Mayo".

Parte a Europa cuando empieza 1843, en compañía de Gutiérrez. Durante las largas jornadas en barco, escriben a dos manos "El Edén", prosa y poesía. Visita Italia, Suiza y Francia. Testimonios de ese tiempo serán "Veinte días en Génova" y "Tobías o la cárcel a la vela", además de unas "Impresiones de viajes". En junio de 1844, comienzan sus casi once años de residencia en tierra chilena. Revalidará su título de abogado, con la "Memoria sobre la conveniencia y objeto de un Congreso General Americano", y empezará a ejercer la profesión con éxito, en Santiago y sobre todo en Valparaíso. Pero sigue pendiente de lo que ocurre en su país, en Chile y en América. Escribe intensamente artículos de diario -en "El Mercurio" y "El Comercio de Valparaíso"- y folletos. Es especialmente significativo "La República Argentina 37 años después de su Revolución de Mayo", de 1847.

Las "Bases"

Ni bien se anoticia de la caída de Rosas en Caseros, lanza el celebérrimo "Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina". Allí ofrece pautas para diseñar el país que se organiza; distingue qué debe usarse del pasado y qué hay que descartar, y por qué. El trabajo aparece en junio de 1852 y causa un impacto eléctrico en todo el país. En setiembre, lanza una segunda edición, aumentada con varios capítulos y con un proyecto de Constitución.

Su libro será fundamental para guiar la tarea de la Convención que sanciona en Santa Fe, en 1853, la Constitución Argentina. Las "Bases" se complementarán con "Elementos de Derecho Público Provincial Argentino" y "Estudios sobre la Constitución Argentina de 1853", ambos de 1853, y "Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina" (1854).

Contra los porteñistas
Su apoyo resuelto a la primera presidencia constitucional del general Justo José de Urquiza, lo malquista con influyentes amigos, especialmente Domingo Faustino Sarmiento y Bartolomé Mitre, alineados en el bando separatista porteño. Con Sarmiento se enzarzará en una dura polémica. Alberdi se expresa en las "Cartas sobre la prensa y la política militante en la República Argentina", más conocidas por "Cartas quillotanas", por haber sido escritas en su quinta de Quillota. Sarmiento le replicará, con munición gruesa, en las misivas de la serie "Las ciento y una".

Acepta luego el único cargo público de su vida. Urquiza le confía la representación diplomática de la Confederación ante las cortes de Gran Bretaña, España y Francia. A principios de 1855 parte con ese destino. Llegará a Europa luego de una breve temporada en Estados Unidos. Su tarea en el exterior se prolongará hasta 1862, ya que cesa con la batalla de Pavón y la elevación de Mitre a la presidencia.

El gran saldo de su gestión es lograr el tratado por el cual España reconocía nuestra independencia; y, sobre todo, la cerrada defensa de la integridad nacional. Ha evitado que el separatista Estado de Buenos Aires acredite diplomáticos en Europa a título de soberano. Simultáneamente, ha criticado con aspereza las reformas constitucionales de 1860, que juzga concesiones a la hegemonía porteña.

Ahondará sus disidencias con el presidente Mitre, su fuerte oposición a la guerra contra el Paraguay. La califica de contienda "de deshonor", lanzada para único provecho de las ambiciones del Brasil. "El crimen de la guerra", publicado después de su muerte, desenvuelve esa postura con pasión.

Ultimos años
En 1879, tras cuatro décadas de ausencia, regresa a la Argentina, designado diputado nacional por Tucumán. Le tocará asistir a la revolución de 1880 y a la solución definitiva del problema de la Capital. Se ocupará del asunto en su libro "La República Argentina consolidada en 1880", el último que escribe.

Pero las estrechas pasiones porteñistas, nunca apagadas, vuelven a ensañarse con él. Ya se siente demasiado viejo como para volver a librar peleas y su salud flaquea. Se embarca hacia Europa en agosto de 1881. El nuevo exilio terminará con su muerte en un sanatorio de Neuilly-sur-Seine, París, el 18 de junio de 1884, a las nueve y media de la mañana.

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