La represión contra piqueteros el 26 de junio de 2002 fue calificada al principio como un acto vandálico producido por una interna entre los manifestantes. Pero a los dos días del hecho, al darse a publicidad fotos y videos de varios medios mostraban cómo efectivos de la Policía Bonaerense disparaban con perdigones de acero contra los piqueteros, quedó claro que Maximiliamo Kosteki y Darío Santillán no habían muerto a raíz de una balacera entre los desocupados, sino a manos de uniformados y con disparos a quemarropa.
El hecho conmocionó al país. Aún estaba fresca en la memoria colectiva la represión de diciembre de 2001, ordenada por el gobierno de Fernando de la Rúa, que dejó una decena de muertos. A esos caídos en Plaza de Mayo se sumaron más de 20 muertos en el resto del país, según la cronología de los saqueos y de los “cacerolazos” que precedieron la renuncia del radical.
Con la que se denominó luego la “Masacre de Avellaneda”, fracasó la intención del gobierno, en manos entonces del presidente Eduardo Duhalde, de mostrarse fuerte por exigencia del FMI, con Anoop Singh monitoreando semanalmente las finanzas. La crisis económica y social ya estaba a punto de ebullición, y la resistencia y la lucha popular se imponían sobre ese acto-reflejo de terrorismo de Estado, y en ella confluían distintos sectores sociales insatisfechos en sus reclamos y necesidades. Ellos habían cambiado el canto del “que se vayan todos”, por el lema “piquete y cacerola, la lucha es una sola”.
Y mientras en el país la reactivación era lenta y la recesión golpeaba a todos los argentinos, en todas las capitales se repudiaba el asesinato de Kosteki y de Santillán. Ese mensaje no pasó inadvertido por Duhalde que, una semana después (el 2 de julio de 2002), anunció el adelanto de las elecciones presidenciales del 14 de setiembre para el 30 de marzo de 2003. Así renunciaba a la reelección y establecía que el 25 de mayo terminaría su mandato.
La gestión duhaldista siguió con los avatares propios de un peso devaluado (se salió de la convertibilidad), un tipo de cambio de cambio fijo (un dólar igual a $ 1,40), y miles de demandas por el corralito y el corralón financiero.
El 17 de mayo de 2005 comenzó el juicio contra los involucrados en el asesinato de Kosteki y de Santillán. Sólo siete policías fueron condenados, entre ellos el comisario inspector Alfredo Franciotti y el cabo Alejandro Acosta (ambos a perpetua). Ni Duhalde, ni Juan Alvarez (ex secretario de Seguridad de la Nación), ni Felipe Solá (gobernador de Buenos Aires), ni Alfredo Atanasof (ex jefe de Gabinete, hoy funcionario en el Mercosur), ni Carlos Soria (hoy intendente de General Roca) ni Oscar Rodríguez (ex jefe y ex vice de la SIDE), ni Luis Genaud (juez de la Corte bonaerense), fueron juzgados. Estos son los responsables políticos de las muertes, según las corrientes piqueteras.
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