Aquella vieja y recurrente historia del amor no correspondido

Por Gustavo Pablos. NOVELA.

18 Dic 2005

Si bien el nombre de Roberto Echavarren no es suficientemente conocido entre los lectores argentinos, su obra poética y narrativa representa, junto a la de otros escritores, una secreta pero estimulante tendencia de la literatura neobarroca hispanoamericana (los nombres de Néstor Perlongher o el más lejano y definitivamente mayor de Lezama Lima son dos de las estrellas que brillan en ese firmamento). Con Echavarren es posible decir "nuestro" porque, a pesar de haber nacido en Montevideo (después vivió en Nueva York, en Argentina y ahora nuevamente en Uruguay), tanto a uno como a otro lado del Río de la Plata sabemos que los nombres de escritores pueden circular y tomarse prestados sin riesgo de caer en acusaciones como la de "contrabando" o "apropiación indebida". Su filiación barroca se percibe, principalmente, en cierto trabajo intenso con la lengua. Una lengua literaria morosa, merodeadora, que se complace en el rodeo y se distancia (aunque en ocasiones dirigiéndose al otro extremo) de la pincelada rápida y urgente que pone la escritura al servicio, principalmente, de los episodios que conforman la trama de la historia.
El diablo en el pelo vuelve sobre un tema tradicional y presente en algunas de las mejores obras literarias, desde Proust hasta Nabokov, el de la historia de amor no correspondido (donde la intermitencia del vínculo hace que los personajes sólo puedan captar y disfrutar la dicha de los encuentros y de la posesión, pero acompañada de la sensación de fugacidad por la inminencia del abandono repentino). En este caso, la novela se cuenta desde cierto saber social y estético sobre las transformaciones en las figuras y representaciones de los géneros masculino y femenino en las últimas décadas, principalmente en los 90. Si bien ese saber teórico no convierte a la narración en ejemplo de una novela de tesis, donde se intenta presentar y demostrar una verdad externa a la misma ficción, sí es posible detectar cierta forma de observación y especulación casi antropológica (de una antropología que podemos calificar de "urbana") que acompaña y refuerza sus postulados. En este sentido, es necesario tener en cuenta que Echavarren publicó, hace pocos años, el libro Arte andrógino, un agudo trabajo acerca de las transformaciones socio-estéticas y de las nuevas subjetividades impulsadas por las "tribus" urbanas y los movimientos musicales con ellas asociadas.
La novela cuenta la relación entre Tomás, un hombre gay ya maduro, que se dedica a hacer la música de espectáculos escénicos y que, en uno de sus paseos nocturnos en su camioneta, se encuentra con un taxi boy. El adolescente exhibe rasgos físicos y modales que remiten tanto al hombre como a la mujer y, por lo tanto, cuestiona las etiquetas como la organización social del deseo (esa ambigüedad está figurativizada, principalmente, por la extensión del cabello y los rasgos afeminados, como también, por una deriva sexual que encuentra, alternativamente, en el cuerpo de una mujer o de un hombre la satisfacción a su deseo). Esa ambigüedad es la que también despierta e intensifica el deseo de Tomás, quien, a pesar de su condición homosexual, se siente atraído por los detalles que en Julián remiten a una mujer. La relación de Tomás con el adolescente no se ajusta al vínculo clásico del cliente con un taxi boy, ya que no hay dinero que medie en esos encuentros. Sólo tiempo después de conocerse y de que pasen por diversas aventuras, el dinero aparece para formalizar un contrato que tiene que ver más bien con la verdad de una voz que con el placer de un cuerpo: el amante ofrece pagarle al joven vagabundo para que este le cuente sus historias.
En ese momento, cuando se produce el paso de un relato en tercera persona, desde la perspectiva del amante (Tomás), al relato en primera del amado (Julián), en ese testimonio escabroso, denso, encontramos la apuesta mayor de la novela. De la voz de ese cuerpo extraño, errático, deseoso y en una deriva permanente, surge la verdad de quien vive bajo el imperativo de que, ante la fugacidad de los vínculos, sólo queda la posibilidad de reinventarse y de huir permanentemente de la amenaza siempre acechante del abandono y el dolor. (c) LA GACETA