El escritor norteamericano Nathaniel Hawthorne tomó prestada una frase de El rey Juan, de Shakespeare, para el título de uno de sus libros más célebres: “La vida es tan tediosa como una historia contada dos veces”. Tanto Hawthorne como la vida misma prueban que, por el contrario, una segunda versión de un relato puede mejorar la primera y resultar apasionante.

Algo de ese orden pasa en estas horas, mientras conocemos detalles de lo que ocurrió en el vuelo de Flydubai. A las 7 de la mañana de este miércoles despegó un Boeing 737 del Aeropuerto Internacional de Dubai rumbo a Tel Aviv. Volaba a más de 10.000 metros de altura cuando, de repente, empezó a caer. En medio minuto perdió 5.000 metros. Algunos pasajeros golpearon sus cabezas contra el techo y todos pasaron de la calma a una alteración extrema. No sabían qué ocurría detrás de la puerta de la cabina, pero pronto comprendieron que quizás nadie iba a resolver el problema por ellos.

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Algunos corrieron hacia adelante. Detrás de la puerta de la cabina el copiloto apuñalaba al piloto para tomar el control y estrellar el avión. Pasajeros y miembros de una tripulación de relevo que viajaba con ellos consiguieron entrar, reducir al agresor y recuperar el control de una historia con aristas que restan esclarecerse, una trama que aceleraba vertiginosamente hacia un final oscuro.

El vuelo 93

La noticia de Flydubai nos remite al 11 de septiembre de 2001 y al vuelo 93 de United Airlines. También a Deuda de honor, novela de Tom Clancy en la que un piloto suicida estrella un Boeing 747 contra el Capitolio durante un discurso presidencial. El Capitolio era, precisamente, uno de los probables objetivos del vuelo 93.

Uno de los pasajeros era Todd Beamer, un ejecutivo de Oracle de 32 años. Cuando los primeros terroristas se levantaron de sus asientos exhibiendo trinchetas y aparentes explosivos pegados a sus cuerpos, los pasajeros no sabían qué estaba ocurriendo en Nueva York. Uno de ellos habló por teléfono con su esposa y supo por ella que dos aviones se habían estrellado contra las Torres Gemelas. La noticia cambió todo. Los terroristas no pretendían negociar ni aterrizar en ningún lugar. El avión era el arma.

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Beamer y otros pasajeros comprendieron que estaban ante una misión suicida y que de ellos dependía intentar frustrarla. Se organizaron. Pidieron a las azafatas cualquier cosa que pudiera servirles como arma: un matafuegos, agua hirviendo, cubiertos. Entre quienes se disponían a avanzar había además un hombre con experiencia como piloto.

Beamer y sus compañeros corrieron hacia la parte delantera del avión, lucharon con los secuestradores e irrumpieron en la cabina. Ante la posibilidad de perder el control del Boeing, el secuestrador que lo pilotaba lo puso en picada. El vuelo 93 terminó estrellándose en un campo de Shanksville, Pensilvania.

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No pudieron salvarse. Pero impidieron que el avión llegara a Washington.

Deuda de honor había ocupado el segundo puesto en la lista de best sellers norteamericanos de 1994. No es improbable que el cerebro del 11-S, Khalid Sheikh Mohammed, quien había estudiado en Carolina del Norte, hubiera conocido aquella novela y que también la hubieran leído algunos de los pasajeros que se rebelaron contra los terroristas.

Había, sin embargo, algo que Clancy no había previsto. En el Boeing de su novela los pasajeros eran extras condenados a representar el final que el novelista, y el terrorista, habían imaginado para ellos. Beamer y sus compañeros se negaron a aceptar ese papel.

Veinticinco años después, la historia vuelve a contarse.

Una incontenible voluntad de ser

Según lo que se pudo reconstruir hasta el momento, entre los pasajeros del vuelo de FlyDubai estaban Yaniv Hayoun, dueño de una empresa de servicios sanitarios, y Tzvika Manes, un ejecutivo del mercado financiero israelí que viajaba con su mujer y sus hijas. Una de ellas había ido al baño, cerca de la cabina, cuando comenzaron a oírse los gritos que venían de la cabina. El avión empezó a caer súbita y abruptamente. Algunos pasajeros salieron despedidos de sus asientos. Manes alcanzó a sacar a su hija del baño mientras ella gritaba que no quería morir. Luego corrió hacia la cabina junto a otros pasajeros, desconocidos con los que quedaría hermanado para siempre. “Decidimos ser”, declarará luego uno de ellos.

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Hayoun también llegó hasta allí y se encontró con el comandante apuñalado, quien había logrado abrir la puerta de la cabina antes de desplomarse. El agresor sostenía los controles del avión. Hayoun se abalanzó sobre él, logró apartarlo y se enfrentó a los cuchillazos que trató detener con sus brazos. Otros pasajeros se sumaron a la lucha. Manes participó en la reducción del agresor, al que terminaron inmovilizando con los cables de unos auriculares.

Hayoun tomó entonces los controles. Nunca había piloteado un avión, pero recordó lo que había visto en la televisión y tiró los mandos hacia atrás. El Boeing comenzó a nivelarse hasta que uno de los pilotos profesionales que viajaban a bordo pudo hacerse cargo.

Finales en busca de un autor

Los pasajeros del vuelo 93 consiguieron evitar que el avión alcanzara su objetivo, pero pagaron con sus vidas. Los de FlyDubai pudieron cambiar esa última parte del primer relato.

Una historia dos veces contada puede resultar tediosa. Pero hay historias que vuelven porque todavía les falta algo. El vuelo 93 tuvo héroes capaces de modificar el final que otros habían decidido para ellos.

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Un cuarto de siglo después, en el cielo de Medio Oriente, otros pasajeros volvieron a descubrir que el final de una historia no siempre pertenece a quien pretende escribirlo.

Y esta vez podrán contarlo.