¿Qué más hay que pedirle? Un Mundial ganado (hasta ahora), dos copas América, la Finalísima (y está pendiente la posible disputa de una segunda), concluir en el primer puesto las Eliminatorias Sudamericanas, ser el máximo goleador histórico de la Selección Argentina (y el de los mundiales), seis Copas del Mundo, haber liderado como capitán el ciclo más exitoso del equipo nacional de todos los tiempos...
Para algunos argentinos, todo lo anterior es insuficiente. No alcanza. A Lionel Messi siempre le faltan cinco para el peso. Y si los títulos y los récords -además de la indiscutible entrega por la celeste y blanca- son apabullantes, entonces hay que buscarle el defecto por otro lado. Antes se lo criticaba porque no cantaba el himno nacional, por ejemplo. Ahora, porque le dio la mano a Donald Trump durante una visita de su equipo, el Inter de Miami, a la Casa Blanca. Increíble.
Da la impresión de que Messi nunca estará a la altura de los raquíticos estándares de calidad de un sector de la sociedad argentina (cada vez más chico después de la final de Qatar, afortunadamente, pero aún bastante ruidoso). Lo que sucede, en realidad, es que él se encuentra muy por encima. Y eso parece enojarlos. Estamos hablando, claro, de los abanderados de una Argentina que nivela para abajo, que celebra la trampa y que cuestiona el mérito (algunos ¡oh casualidad! todavía insisten con que Cristina Kirchner es inocente). Acá aparece el puente con Trump: ¿qué tienen que ver los goles, las gambetas, la magia dentro del campo de juego con el saludo al líder norteamericano que -coincidimos todos- parece estar desquiciado? Ideología pura.
De Trump a Alberto sin escalas
A Messi se lo señala por una visita protocolar a la Casa Blanca ocurrida en marzo de este año luego de la consagración del Inter de Miami en la Major League Soccer (MLS). Algo habitual: el presidente de los EEUU (Trump o cualquier otro) suele recibir a los planteles y a los deportistas de su país que alcanzan logros importantes, como ganar un campeonato. Además, el astro argentino no fue solo a la cita, sino que lo hizo con el resto de sus compañeros e inclusive con los dueños del equipo. Pero, como capitán y máxima estrella, dentro de este ceremonial le cupo un protagonismo especial.
¡Ah!, dirán algunos. ¡Pero en 2022, los campeones del mundo, con Messi a la cabeza, se negaron a aceptar la invitación de Alberto Fernández para llevar la copa a la Casa Rosada! Enhorabuena. En primer lugar, porque hubiese sido muy difícil llegar hasta la plaza de Mayo por la marea humana que había copado las calles de Buenos Aires. Y hasta peligroso, especialmente para los fanáticos. Y en segundo lugar, porque no era una cuestión formal o una costumbre establecida, sino que todo indicaba que por detrás había un interés mezquino: ponerle un estandarte kirchnerista a la gesta de Qatar. Al 10 no se le conocen posturas políticas ni afiliaciones partidistas. Él habla a través de sus goles. Y su bandera es el fútbol.
¿Qué debería haber hecho Messi con Trump? ¿Negarle el saludo? ¿Escenificar un desplante? ¿Cumplir con el protocolo y luego salir a cuestionarlo públicamente? Tal vez, actitudes de ese tipo vayan mejor con la personalidad de referentes como Diego Maradona, otro genio del fútbol que, en muchísimos aspectos, representa la antítesis de Leo. Al menos fuera de la cancha. De hecho, ambos constituyen dos caras posibles de una Argentina polifacética y profundamente compleja.
El emigrante
Messi parece cargar con un estigma: su historia no encaja con la épica del potrero ni con la romantización de la pobreza que algunos de sus detractores militan con fervor. Él nació en una familia de clase media que, a través del fútbol, buscó el modo de resolver un problema asociado con su salud. Y que encontró en Europa el abrazo que en Argentina nadie le dio: ningún club, ningún dirigente, ningún buscador de talentos. Es un emigrante, como tantos otros que, empujados por las sucesivas crisis económicas de la historia reciente argentina, decidieron desandar el camino de sus abuelos y volver a cruzar el Atlántico. Esa emigración, que se aceleró después de la crisis del 2001 y que se profundizó durante los gobiernos kirchneristas, parece encontrarse en una especie de stand-by, a la expectativa de los resultados de las políticas de Javier MIlei. La duda es: si el experimento libertario fracasa, ¿los viajes a Ezeiza sin retorno se reactivarán? Es posible.
Comentario al margen: en el último tiempo Messi ha compartido plantel en la Selección con los hijos de otros argentinos y argentinas que también emigraron. Pero por suerte, a Alejandro Garnacho y a Nico Paz (nacidos en Europa) nadie los cuestiona por las decisiones que tomaron sus padres. Estamos evolucionando.
En un país en el que siempre buscamos líderes mesiánicos que nos salven de nuestras tragedias (en la política, en la economía, en el fútbol), Messi nos regala otra lección: él brilla mucho más cuando todo el equipo brilla. Y si eso ocurre, él es feliz y nos hace felices a todos. Cuánto nos queda aún por aprender.