Antonio Romero tiene 63 años y una ventaja que pocos poseen cuando se habla de Piruaj Bajo: estuvo ahí para verlo todo. Nació en esta pequeña comunidad del norte santiagueño y nunca se fue. Vio cómo se construyó la escuela, cómo llegaron las primeras mejoras en las comunicaciones y cómo las nuevas tecnologías fueron modificando lentamente la vida de los pobladores. También fue testigo de algo que parece imposible en tiempos de internet y redes sociales: seguir un Mundial únicamente a través de una radio a pilas.

"Toda la vida viví aquí", cuenta en diálogo con LA GACETA. Su madre tiene 93 años y también nació en la zona. Juntos forman parte de una generación que conoció un Piruaj Bajo muy diferente al actual.

"En 1975 nosotros caminábamos siete kilómetros para ir a la escuela que estaba en el paraje de Tala Pozo. Después, en 1976, se creó la escuela aquí y ya fue un alivio porque no teníamos que hacer ese recorrido todos los días", recuerda.

Para Romero, la educación marcó uno de los grandes cambios de la comunidad. Antes de la construcción del establecimiento educativo, muchos niños directamente no estudiaban. "Yo tengo una hermana de 70 años que nunca fue a la escuela. Mi mamá tampoco pudo ir", relata.

Abrió las puertas de su casa para que sus vecinos vieran Argentina-Austria en un pueblo sin electricidad

Décadas después, él mismo terminaría trabajando en ese lugar que transformó la vida de cientos de familias. Actualmente se desempeña en tareas de mantenimiento de la Escuela N° 380, institución que continúa siendo uno de los principales puntos de encuentro del paraje.

Los recuerdos de Antonio también están atravesados por el fútbol. Cuando Argentina organizó y ganó el Mundial de 1978, la realidad era muy distinta a la actual. No había televisión en el pueblo y la única manera de seguir los partidos era a través de una radio. "Nosotros escuchábamos todo por radio. Mis tíos tenían una radio a pilas y ahí nos juntábamos", recuerda.

Aquellos aparatos funcionaban con grandes baterías y se transformaban en una ventana hacia un mundo que parecía lejano. No había imágenes de Mario Kempes levantando la Copa. No había repeticiones ni transmisiones en vivo. Había relatos, imaginación y una comunidad reunida alrededor de una radio.

Ocho años después llegó otro Mundial inolvidable. Durante México 1986, Romero trabajaba en la cosecha de porotos en la localidad salteña de El Galpón. Allí pudo ver varios partidos de Diego Maradona y de la Selección campeona.

"Cuando llegaba la hora del partido dejábamos el trabajo y nos íbamos a verlo", recuerda. La tecnología avanzó, pero algunas dificultades siguen presentes.

Le paga internet al vecino para ver el Mundial y sueña con la llegada de la luz a su pueblo

Piruaj Bajo todavía no cuenta con tendido eléctrico. Durante décadas los vecinos se iluminaron con mecheros alimentados con kerosene. Más tarde llegaron las lámparas y, finalmente, los paneles solares. "Era difícil. Antes usábamos mecheros y después fueron llegando otras cosas", explica.

La falta de energía también condicionaba la alimentación. "No había heladeras. Tampoco se conseguían productos como yogures porque no había dónde conservarlos", cuenta.

Para abastecerse, muchas familias caminaban hasta siete kilómetros para llegar a Tala Pozo, donde realizaban compras y conseguían mercadería. "Íbamos caminando y volvíamos caminando", recuerda.

A pesar de las dificultades, Romero nunca perdió el vínculo con su comunidad. También formó parte de Vélez, uno de los clubes históricos de la zona, fundado en 1949 por integrantes de distintas ramas de la familia Romero. Allí jugó al fútbol, construyó amistades y encontró otro espacio de pertenencia. "Siempre son buenos recuerdos. Todavía sigo ayudando cuando hace falta", afirma.

Cuando habla del Mundial de Qatar 2022, la historia parece cerrar un círculo. Ya no hay radios a pilas como único medio de información. Tampoco es necesario recorrer kilómetros para enterarse de un resultado. Sin embargo, la esencia sigue siendo la misma.

Tras la consagración de Argentina, los vecinos organizaron caravanas por los caminos del pueblo, repitiendo una tradición que une generaciones. Antonio las observó con la tranquilidad de quien ya vio pasar muchos mundiales. Desde aquella radio a pilas de 1978 hasta los festejos por la tercera estrella. Desde los caminos recorridos a pie para llegar a la escuela hasta el establecimiento donde hoy trabaja.

Su historia es también la historia de Piruaj Bajo. Y quizás por eso, cuando habla del pueblo, lo hace con la naturalidad de quien nunca necesitó irse para entender cuánto cambió.