Si nos ponemos a hurgar en los recuerdos colectivos, es posible que los de algunas personas deriven hacia los juegos con agua en las calles que los vieron crecer; los de otros, hacia aquellos corsos que constituyen una síntesis curiosa y nativa entre la murga rioplatense y las comparsas cariocas. También habrá quienes se remitan a los bailes multitudinarios bajo los tinglados de chapa ardiente de los clubes -donde en algún momento impreciso empezó a imponerse la barbarie de la pintura- y no faltarán las memorias de los que vivieron celebraciones criollas, posiblemente en el campo o en el cerro, con guitarra, algún violín, jinetes diestros, harina y albahaca. Estamos hablando, claro, del carnaval. Y a la luz de los espectaculares y masivos festejos en Jujuy, que hoy atraen a miles y miles de celebrantes, da la impresión de que en Tucumán se han ido diluyendo. Sin embargo, estas celebraciones cuentan una larga historia vernácula que hoy, a las puertas del fin de semana largo, vale la pena repasar.

Las viejas crónicas hablan de cañonazos que marcaban el inicio y el final incuestionable de las fiestas, de reglas estrictas que imponían límites e, inclusive, de multas para aquellos que transgredieran alguna que otra norma curiosa, como la que prohibía disfrazarse de cura. Pero a tono con los tiempos que corren, en los que todos o casi todos los límites se han vuelto difusos, los del carnaval también se desdibujaron y la celebración se ha extendido en el tiempo. Por ejemplo, en el club San Antonio de Ranchillos, los bailes empezaron a atronar el 25 de enero. Y en Jujuy, donde esta fiesta es atravesada por un sentido de identidad irrevocable, ya el primer día del año se hicieron las chayas de los mojones, ayer se celebró el Jueves de Comadres y hace una semana, el de Compadres.

Desde el fondo del tiempo

La historia del carnaval es milenaria: nacido como una fiesta pagana (posiblemente en el antiguo Egipto), en la Edad Media fue incorporado al cristianismo como una licencia previa a los ayunos y a los sacrificios de la Cuaresma. El paso de los siglos y la mixtura de culturas lo trajeron hasta hoy.

En Tucumán sus raíces son profundas. En 1826, el inglés Edmundo Temple registró en su diario de viaje el asombro que le generaron los festejos locales. Eran días de desenfreno, según el viajero, en los que las distintas clases sociales parecían borrar momentáneamente sus diferencias. En sus crónicas resaltaba el rol de los caballos que, aparentemente, eran un motivo de preocupación para las autoridades de aquel entonces: transportaban jinetes que se dedicaban, en muchos casos, a correr carreras por apuestas en plena ciudad. Un poco más adelante, en 1832, el gobernador Alejandro Heredia fue irrevocable y prohibió mediante un decreto “las correrías y los galopes por las calles”.

Si buscamos una medida que nos permita dimensionar su importancia social, la vamos a encontrar en los dramáticos tiempos de la Liga del Norte contra Juan Manuel de Rosas. Mientras los ejércitos federales acosaban Tucumán, el entonces gobernador Gregorio Aráoz de La Madrid publicó un decreto que autorizaba el carnaval, pero que prohibía -otra vez- los galopes por las calles de la ciudad y “cargar sable, cuchillo, puñal o pistola”. Esto ocurrió en febrero de 1841; en septiembre de ese año, el rosista Manuel Oribe triunfaría en Famaillá, señalando el final de los líderes unitarios Juan Galo Lavalle y Marco Avellaneda, que serían asesinados poco después en Jujuy y en Metán, respectivamente.

A punta de cañón

En un artículo publicado en 1902, Julio P. Ávila describió los carnavales tucumanos de fines del siglo XIX. Según su relato, a las 9 de la mañana, la Policía disparaba un cañonazo que marcaba el inicio de las fiestas, que se extendían durante tres días. La característica principal eran los juegos con harina, almidón y agua, y el desfile de las comparsas. En aquel entonces, los disfraces se habían hecho habituales, al punto que se llegaron a prohibir los de militar y sacerdote. Quien infringía esta norma podía ser castigado con hasta 10 días de arresto. El recorrido de las comparsas arrancaba en Muñecas y 24 de Septiembre (en aquel entonces llamada Belgrano), rodeaba la plaza Independencia y regresaba al punto de partida.

RANCHILLOS. Postal de uno de los bailes en el club San Antonio. Archivo

Entre los cerros, puntualmente en el Valle de Tafí, el carnaval sacudía la vida de sus pobladores a finales del siglo XIX. Faustino Velloso lo describe en la obra “Sintetizando recuerdos”, que fue rescatada por Carlos Páez de la Torre (h) en varios artículos publicados en LA GACETA. Recuerda Velloso que los comerciantes solían instalar enramadas bajo las cuales funcionaban cantinas y tocaban orquestas integradas por arpistas, violinistas y bombistos. Las mozas se presentaban “exhibiendo sus almidonadas y multicolores polleras de percal, con sus trenzas negras rematadas por lazos de colores”. Agrega el cronista: “poco a poco iban llegando los mozos montados en sus mejores caballos. Al aproximarse al palenque, lo hacían ‘pechando’ para abrirse paso entre los que ya estaban allí montados, y para demostrar la destreza y la pujanza de sus fletes”. Rápidamente el alcohol empezaba a correr, al igual que los juegos con harina y agua. Las ramitas de albahaca funcionaban como símbolos de simpatía que los hombres les entregaban a las mujeres. Si el sentimiento era correspondido, ellas colocaban la ramita sobre sus orejas.

Ya avanzado el siglo XX, los corsos barriales se multiplicaron adoptando estéticas y ritmos inspirados en los carnavales cariocas. Tuvieron sus décadas de esplendor, pero luego se fueron diluyendo y hoy resisten en Aguilares, en otras localidades del interior y en algunos barrios de la capital. Han perdido protagonismo frente a los bailes multitudinarios como el de Ranchillos y, en menor medida,  frente a la Fiesta de la Pachamama en Amaicha, que son los que ocupan buena parte de la agenda.

Lo que sí parece haberse extraviado inexorablemente en el tiempo son las bombuchas y los juegos callejeros con agua. Marcaron las infancias de los que crecieron en las décadas del 80 y del 90, tiempos de otra Argentina, una que -en muchos aspectos- se fue para siempre.