Si había algo divertido era cubrir los escrutinios definitivos. Cuando jefes del diario como Rubén Rodó o Arturo Alvarez Sosa te mandaban a la Justicia Electoral era seguro que vos te sentías un elegido. Ese iba a ser un gran día para vos. La desesperación del cronista es cómo hacer para seducir al lector. Para que se quede en tu nota y para que lo entretenga. Esas batallas suelen estar perdidas antes de empezar, especialmente cuando el reloj y la hora de cierre te acorralan. Pero cuando te mandan a cubrir el escrutinio de una elección tenés la mitad de la batalla ganada porque vas a tener material para contar.
Una tarde, en una de esas coberturas, llegamos a los tribunales federales y en el subsuelo estaban distribuidos mesones para que trabajaran allí los empleados de la Junta Electoral y los fiscales de los distintos partidos, lemas y sublemas. En aquella oportunidad se habían mezclado elecciones nacionales con provinciales. La materia prima para escribir la nota estaba asegurada. El apoderado de una lista pedía abrir una urna y venía el empleado con la caja -de cartón o de madera- en la mano y en presencia de los fiscales se abrían para saber qué había ordenado el ciudadano. Eran verdaderas cajas de sorpresas.
Cada tanto se sentía cantar un pollo. El salón era grande, no todos lo escuchaban, pero los que estaban cerca de "pío pío" detenían su tarea para determinar dónde estaba el animalito.
Cuando se abrían las urnas todo podía ocurrir; era inesperado. Por lo general el problema era que los números de la planilla de un fiscal no coincidían con los que tenía el de otro partido y se la cotejaba con la que había guardado el presidente dentro de la urna. Si además no coincidía iban a la revisión voto a voto.
Allí aparecían poemas de amor cuyos destinatarios no siempre eran los candidatos. Podía ser el desolado grito de alguien que no se sentía correspondido y gritaba de esa manera sus sentimientos. Y, en este caso el texto terminaba encontrando a alguien que leyera su creación.
En la época de mucha desazón con la clase política (2001) aparecían figuras foráneas a la política. Alguna vez vimos aparecer un recorte con una foto del general José de San Martín y otras una foto de El Chavo del 8, que en principios de los 80 nos desternillábamos de risa gracias a él, incluso cuando el televisor no fuera a color.
Mientras estas ocurrencias del pueblo sorprendían a los profesionales de la política, el pollito seguía cantando de vez en cuando en distintos lugares de ese amplio recinto.
El empleado electoral se convertía en juez de las discusiones de los fiscales y si todo iba a mayores, cosa que se sabía porque empezaban a levantar el tono los interlocutores, la pelea se trasladaba a las autoridades. También había hallazgos desagradables. Imágenes macabras y hasta expresiones escatológicas para expresar rechazo. Así se llegó a encontrar un voto sucio con excremento como si el ciudadano hubiera decidido reemplazar el voto por el papel higiénico.
El canto del pollo seguía apareciendo de vez en cuando, ajeno a estas expresiones de la ciudadanía que no sólo sorprendían sino que también servían para reflexionar sobre las formas de expresarse de los electores.
En uno de los sobres apareció un voto absolutamente roto. Decenas de pequeños trozos parecían mostrar cómo la persona que lo había introducido odiaba a quien había votado. Así como se suele romper un papel hasta dejarlo en su mínima expresión después de ir cortándolo por mitades, así se mostraba esta boleta. El fiscal pidió unos minutos y buscó un papel, cinta adhesiva y pidió plasticola -en aquel entonces no había voligoma- que le proveyó la propia Justicia electoral. Empezó a juntar uno a uno los pedacitos de papel y como si fuera uno de esos rompecabezas de muchas piezas fue uniendo uno a uno los trocitos. Después de varios minutos y de agotar la paciencia de empleados y demás fiscales, logró reconstruir a la perfección el voto completo del candidato. Con el papel en la mano exigió que se lo dieran como voto válido. Argumentó que no se podía juzgar el ánimo del votante que había puesto la boleta toda rota y que se debía contar un voto más para su partido porque el papel estaba completo, entero. Obviamente que todo terminó en el secretario electoral, que terminó dando como válido el voto, argumentando que se juzga la intencionalidad del votante y en este caso había puesto ese voto en favor de alguien aun cuando estuviera partido.
Fueron varias las jornadas con apertura de urnas y siempre aparecía el canto inesperado del pollito. Hasta que un día un fiscal, movido por la curiosidad, empezó a seguir el ruido y de tanto perseguirlo lo encontró en el baño, frente a uno de los mingitorios. Era uno de los empleados de la justicia electoral que se divertía repitiendo ese sonido y poniendo en vilo a todos. El fiscal se guardó el secreto mucho tiempo.
La posibilidad de presenciar el escrutinio aseguraba la diversión del periodista y también el aprendizaje sobre uno de los costados de hechos trascendentales para la vida comunitaria como las elecciones.








