EL PLAN. Las retenciones a la exportación de soja bajarán un 3% por año.

La semana pasada diversas agrupaciones de agricultores se quejaron al gobierno movilizados por la combinación de sequías y heladas que dañaron su producción. Entre los planteos, una vez más, estuvo la crítica a la carga tributaria para el sector y dentro de ella en especial las retenciones a las exportaciones. Aquí se resumirán dos de los errores en que este impuesto se sostiene.
Uno es la idea de desacoplar los precios internos de los internacionales, que algunos exponen como dejar de importar inflación. Cuando un producto puede venderse en dos mercados se preferirá aquel que pague el mayor precio. Si es el mundo, se venderá en el mercado interno a un precio equivalente del que se obtendría exportando. Como las retenciones se aplican sobre el precio internacional del producto, lo que se cobra baja en el porcentaje de las retenciones. Así, el precio doméstico equivalente disminuye. Pero eso sólo crea una brecha entre los precios. Cuando el precio internacional aumente lo hará también lo que quede para el exportador luego de retenciones. Por lo tanto, subirá también el precio interno aceptable. No hay desacople, aunque sí menos producción y por lo tanto menos contratación de empleados e insumos.
Tres observaciones adicionales: una, desincentivar las exportaciones no tiene porqué llevar a que aumente la oferta en el mercado interno. Ganar ventas en el exterior es complicado por lo que puede ser preferible mantener incluso a pérdida las exportaciones con tal de no abandonar mercados, con la expectativa de que un gobierno más razonable elimine las cargas. Así, el menor precio de exportación se traducirá en menores ventas al mercado interno. Segunda, tanto los países exportadores de productos primarios sin retenciones como los importadores de esos bienes tienen tasas de inflación mucho más bajas que las de Argentina, señal de que la tal importación de inflación no existe. Y tercera, el producto agrícola con más retenciones es la soja, que prácticamente no se consume en el país. Es claro que el objetivo de las retenciones sólo es recaudar.
¿Con qué justificación? Es usual hablar de redistribuir la renta agrícola, anticuado concepto resabio de los debates en la Inglaterra de comienzos del siglo XIX con protagonistas como Thomas Malthus y David Ricardo. La opinión prevaleciente era que la renta surgía por la diferencia entre el precio del producto del terreno menos fértil y los costos del producido por el más fértil. El precio de venta debe al menos cubrir los costos y se suponía que la tierra menos fértil implicaba costos mayores que la más fértil, por lo tanto necesariamente el precio de venta del producto de la de menor calidad, igual a su costo, sería mayor que el costo del producto de la más fértil. Si no se pudiera discriminar mercados todo el producto se vendería al mismo precio y la diferencia entre ese precio alto y el costo bajo sería la renta de la tierra más fértil. El debate giró en torno al proteccionismo agrícola, que Malthus defendía y Ricardo criticaba, y de la discusión pública y parlamentaria el concepto arrastra la mancha de privilegio pues el proteccionismo favorecía a los terratenientes, aunque ni Malthus ni Ricardo tenían intereses personales involucrados. Malthus creía que el consumo derivado de la renta impulsaba la economía y Ricardo que el grano importado, barato, permitiría mantener el salario real al tiempo que bajar el nominal, favoreciendo el desarrollo industrial.
En la visión moderna renta es un beneficio superior a la rentabilidad corriente en un mercado competitivo. Si una actividad tiene una cierta tasa de ganancia y otra una mayor tarde o temprano los recursos se dirigirán a la segunda con lo que subirán sus costos (por mayor demanda de insumos y factores productivos) como bajarán sus precios (por mayor oferta del producto) y la rentabilidad disminuirá hasta que se iguale con la de la primera actividad y ya no valga la pena reasignar los recursos. Como los mercados no son perfectos siempre hay diferencias de rentabilidad, muchas veces por la existencia de riesgos diferentes entre ellas (sin el riesgo las divergencias serían menores) o por las fricciones de todo mercado que provocan rezagos en los efectos de las decisiones económicas, o por la constante aparición de innovaciones.
Pero también se sostiene que la renta es fruto de una explotación monopólica y que si no se pueden bajar los precios al menos que los frutos del monopolio se aprovechen vía redistribución. Sin embargo, en la actividad agrícola no hay monopolio. El de tierra no es un mercado perfecto pero sí variado y abierto, lo que hace difícil pensar que haya renta agrícola. Si una explotación la diera sería un activo atractivo y tendría mayor demanda, lo que haría subir su precio, con lo que la rentabilidad disminuiría por el mayor costo de su compra.
Pero, se dirá, es distinto con las exportaciones. Para el agricultor ya instalado si sube el precio internacional tiene una ganancia por la que no invirtió. No es así. Para ganar con la suba del precio internacional se debió haber invertido antes, cuidando la tierra, innovando en semillas y maquinaria, arriesgando en nuevas técnicas de siembra y cosecha, capeando las inclemencias del tiempo y soportando las pérdidas porque no es una actividad de año por año sino de varios años. La “renta” de un año podría terminar siendo beneficio normal cuando se computan los períodos con pérdidas.
Además, las retenciones son un impuesto sobre los ingresos brutos, no sobre la renta. Bien pueden estar ocasionando pérdidas al agricultor. Y para las ganancias, extraordinarias o no, está el impuesto, justamente, a las ganancias. Las retenciones sólo tienen sentido como anticipo del impuesto a las ganancias (una ayuda financiera para el gobierno) lo que tal vez contribuiría a blanquear la cadena de producción y comercialización si el gobierno tuviera razón al decir que allí hay evasión, pero no existiendo como un impuesto más.







