EN LA RECTA FINAL. Los partidos definen a sus candidatos mientras que 1.300.000 de tucumanos tendrán que ir a las urnas el 14 de mayo. ARCHIVO LA GACETA / FOTO DE ANALÍA JARAMILLO
Establecer diferencias, y agigantarlas, es parte del juego de la grieta política, el de tratar de hacerlas extremadamente notorias para fijar de manera estigmatizante el límite divisorio entre el “ellos” y el “nosotros”, entre buenos y malos. Es la característica escencial de los agrietadores, de esos profesionales que descollan en el manejo de las palabras que descalifican, que cultivan esta forma perversa de acción para dividir, generar resentimientos y hasta odios. No miden el alcance de sus señalamientos y dan rienda suelta a los conceptos discriminatorios, algunos -los menos- tratando de disimularlos bajo un aparente estilo de confrontación.
La grieta, por usos y costumbres, y hasta por una cuestión de manual, “garpa”, especialmente en tiempos electorales, donde se potencia como método para captar la atención y lograr adhesiones. No se usa precisamente para enfrentar propuestas de gestión o para generar un debate de ideas sobre el rumbo que debe tomar la provincia o el país; o bien para sentarse a discutir desde lo ideológico. ¿Consenso? Nunca. Es mala palabra, impronunciable por pecaminosamente antigrieta y, por ende, desechada por incómoda. Estos militantes de la división permanente no advierten que la insistencia de sus relatos pueden derivar en situaciones peligrosas. Hay ejemplos.
Se supone que este tiempo electoral, de votaciones y de citas de los ciudadanos a las urnas para que elijan a sus representantes, es la época ideal para decir qué se quiere hacer y para explicar cómo se llevará a cabo. Presentar planes de gestión, decir cómo frenarán la inflación, cómo disminuirán la pobreza o cómo mejorarán el poder adquisitivo de los salarios. Pero no. Eso es muy difícil y complicado, pero sobre todo altamente riesgoso a los propósitos de triunfar.
Así es como se pasó, por ejemplo, de aquel recordado “si decía lo que iba a hacer no me votaba nadie” a este “vótenme a mí que el otro es peor”. En el fondo, conllevan el mismo mensaje: no les voy a decir toda la verdad, lo que en el terreno político es lo mismo que mentir, u ocultar. Abundan los diagnósticos y escasean las propuestas. O sea, es tiempo del bullying electoral, el verbalizado.
Por definición, el bullying verbal es el más común y se da con insultos y apodos ofensivos hacia la víctima y su finalidad es agredir y demostrar que ese otro no es igual, que es distinto al resto, que es peor. Eso es en el plano del acoso escolar; pero bien se puede proyectar al político-electoral, donde aparecen los agrietadores que no conciben otra modalidad de acción, y hasta de forma de vida. Pueden ser una minoría, pero marcan agenda e imponen tendencia.
Parafraseando a Aníbal Fernández: la grieta nos ganó. Basten un par de muestras para justificar esa afirmación: en 2019 el Presidente dijo que venía a cerrar la grieta y la grieta -además de sus errores personales y políticos de gestión- se lo está llevando puesto; y ahora que sale un precandidato presidencial a decir que la grieta favorece a los que la abrieron y que hay que terminarla, salen voces de su propio espacio a cuestionarlo, acusándolo de paloma, tibio, débil y hasta de traidor. Si eso no es bullying electoral, ¿qué es? ¡Discriminan a Rodríguez Larreta por pintarse de antigrieta! Le niegan su condición de amarrillo puro; y eso que aún no empezó la campaña para las primarias abiertas. Si al de su palo lo descalifican imagínense lo que dirán de los que están en la otra trinchera.
Ahora se sumó una nueva perspectiva de grieta: es moral, se afirma. Esta es peligrosa, aun cuando la política y los políticos no gozan de una buena imagen ya que sugiere que el pueblo deberá optar entre morales o inmorales. ¿Dónde están unos y dónde estarán los otros?, ¿quién los señalará con el dedo acusador o benefactor? La necesidad de que haya dos bandos con seguidores fanatizados ya parece enfermiza, y algunos la alimentan cual si fuera la fórmula que frenará el declive del país o la que eliminará la pobreza y mejorará las condiciones económicas del pueblo. Sin embargo, hasta ahora parece verificarse una ecuación trágica por las consecuencias de su enunciado: la profundidad de la grieta es inversamente proporcional al bienestar del país.
Con un mensaje agrietador ganó Macri en 2015, con esa misma línea de acción luego se impuso la dupla Fernández-Fernández. Hoy persisten las mañas para poner a unos y a otros en veredas distintas cargados de piedras. Al que osó insinuar “grieta no” ya lo apedrearon los que llevan la voz cantante. Y los índice sociales y económicos no mejoran; pero el agrietamiento va en aumento. Ecuación completa. A más grieta le corresponde más bullying electoral y político, y más discriminación. A diario.
Sólo alcanza con leer los diarios, escuchar radios, seguir las redes sociales o ver programas televisivos para observar el nivel de descalificación del otro, del ninguneo, algunos resueltos con más ingenio que otros, chicaneros pero destructivos al fin. ¡Qué no se dicen! Mentirosos, delincuentes, chorros, corruptos, mafiosos, inútiles, traidores, facinerosos, canallas, antidemocráticos, caraduras, vendidos, inmorales, golpistas, desleales, mamarrachos, desfachatados, impunes, cínicos, misóginos, planeros, chantas, descerebrados, sinvergüenzas, ladrones, sabandijas, estúpidos, ignorantes, vagos, etc., etc., etc. Todo es ofensivo, y debe ser así según el manual de acción para profundizar la grieta. Nada constructivo. Un viejo chiste, muy gastado de tanto uso, decía que dos personas pasaban frente al Congreso y escuchaban todos esos insultos, uno tras otro. Uno de los transeúntes le decía al otro: se están peleando. No, les están tomando asistencia; replicaba el otro. Hoy deberíamos decir: se están haciendo bullying electoral.
Recordemos que hace dos años, en la interna abierta del Frente de Todos pasó algo similar, los contrincantes se dijeron de todo, se denigraron a más no poder: el oflador manzurista iba y venía. Fue una interna sangrienta, cruenta, como se supo decir. Era tiempo de votar también, pero hubo muy pocas propuestas y más insultos. Ahora también es tiempo de sufragar, de pensar en los que pueden conducir los destinos del país y de la provincia, de elegir entre las mejores propuestas.
Sin embargo, es lo que menos se escucha, sólo hay agravios y apelaciones a acompañar con un voto de confianza; frases hechas, vacías, sin contenido, meros slogan. Es una forma de destrato hacia el ciudadano, al que no se le dice qué se va hacer y cómo, qué se cambiará y qué se mejorará.
Las votaciones son irremediables, hay que pasar por las urnas y elegir, opinar, es inevitable sufragar y que alguien gane y que otros pierdan. A medida que las fechas se acerquen, menos obligación de los candidatos para desarrollar sus propuestas, o de ofrecerlas. Total, igual la ciudadanía irá a votar, es obligatorio. Sólo debe optar por uno de los bandos, el de ellos o el de nosotros. O por el menos peor.
En fin, del bullying verbalizado rápidamente se puede pasar a la discriminación como gesto de confrontación, sólo para sacar ventajas electorales, como lo fue, por ejemplo, la sorpresiva maniobra del radicalismo de inscribir a Juntos por Cambio dejando afuera a otros partidos que conformaban la coalición opositora. Una manera de exponer que hay un nosotros y que hay un ellos, como adversarios internos.
Si apelamos al concepto de bullying deberíamos decir que la maniobra de la UCR se puede comparar con un gesto de maltrato psicológico hacia la víctima, para poner de manifiesto que no es digno de estar en ese mismo espacio, o que es diferente. Los manuales refieren que un acto de discriminacion es toda acción u omisión realizada por personas, grupos o instituciones en las que se da un trato diferente a una persona que resulta perjudicada.
Todavía hay que ver qué pasará con Juntos por el Cambio, sí será una expresión reducida a los intereses de los radicales o si ampliará su espacio y contendrá a otras fuerzas políticas.
Por de pronto, al alfarismo presentó su frente alternativo: Juntos para Cambiar Tucumán. O sea, ellos y nosotros, fractura, enfrentamiento. Aun así se puede esperar que el desenlace sea de unidad, porque las candidaturas se pueden arreglar hasta el 14 de marzo para acomodar las candidaturas, ya que ese día vence el plazo para realizar las internas cerradas. Es decir, ese día se sabrá quiénes son los postulantes a los cargos ejecutivos de cada agrupación política, sea partido o frente. Y, centralmente, si la UCR, el PJS y el PRO comparten esas candidaturas o bien si van a la contienda separados. Les quedan nueve días para resolver esta situación.
UCR: acomodando su propia interna
Por su lado, los radicales, especialmente los que conducen el partido, Sánchez y socios, serán los que definirán los candidatos de la lista oficial de Juntos por el Cambio. Es decir, quiénes serán los radicales que encabezarán las nóminas oficiales en las tres secciones electorales como candidatos a intendentes, legisladores y concejales. Una manera indirecta de resolver la propia interna en el partido radical. En esa carrera, Sánchez picó en punta y dejó muy atrás a sus competidores internos de la UCR, los que de no tener la bendición del concepcionense para sumarse a la lista de los correligionarios deberán buscar partido para salir acoplados. Y eso cuesta.
Si hay fractura opositora, si hay grieta interna en el radicalismo, a prepararse entonces porque se verá mucho bullying electoral por estos lares.








