reuters

En memoria de Vichi, mi padre.
La música llegaba desde el salón y un cálido aroma a café y a pan tostado flotaba en el aire. Como todos los sábados, nos permitíamos ciertos ritos perezosos antes de presentarnos a desayunar en la cocina. Pronto sería Navidad, yo tenía siete años y hacía unos pocos meses que vivíamos en una pequeña casa en Brooklyn, cerca de Prospect Park. Nos habíamos mudado desde Argentina persiguiendo los sueños tardíos de mi padre: a sus cuarenta años buscaba un lugar como pianista en el mundo de la música clásica. Se había presentado a algunas audiciones, pero el teléfono no sonaba en respuesta, de modo que había cedido a la deshonra de un empleo en un restaurante de Manhattan donde entretenía con canciones insípidas a los clientes mientras cenaban. “No está mal”, solía decir casi pidiendo disculpas. Pese a todo, tenía una obstinada fe en que la suerte cambiaría y todos rezábamos al acostarnos para que así fuera.
El volumen estaba inusualmente alto. Yo no sabía por entonces que aquella pieza perteneciera a Bach, su compositor favorito, ni que Glenn Gould fuera quien la ejecutaba en ese disco que aún conservo. Salí de mi habitación y, desde el pasillo, vi la figura de mi padre recortada sobre el ventanal que daba a un jardín delantero. En realidad, vi su espalda, una espalda encorvada y tensa, de alguien pensativo que mira sin ver. Me fui aproximando hasta detenerme a unos pocos metros, a la espera de que se diera vuelta. Noté un detalle curioso: como si tuviera pequeños animalitos en los bolsillos del pantalón, sus dedos se movían siguiendo la partitura.
Afuera nevaba desde la madrugada. La nieve cubría el sendero desde nuestra puerta hacia la calle y había convertido en grandes bultos blancos los automóviles estacionados enfrente. “¿Qué cosas se cruzarían por su cabeza aquella mañana?”, me pregunto ahora. Es algo difícil de saber. Mi padre era alguien de pocas palabras. Había que interpretar su mirada, sus prolongados silencios durante la comida, la obstinación con la que ensayaba ciertos fragmentos al tropezar con algún obstáculo o su gesto contrariado algunas noches al volver de su trabajo, como si algo le hubiera ocurrido en el camino. Mi madre solía acercársele, le pasaba la mano por el pelo y le sonreía. Luego reanudaba sus tareas. Era la forma de decirle que estaba de su lado.
Descansaba los lunes y mis hermanos y yo aprovechábamos para mostrarle las tareas del colegio o contarle anécdotas de nuestros compañeros o profesores. Intentábamos hablarle en inglés, la lengua que aún estábamos aprendiendo. Con una media sonrisa, nos observaba desde una mirada en la que se leían preguntas o dudas que no acababan de salir de su boca.
Los domingos solía hacer algunas llamadas. Eran breves, apenas daba información, como si no tuviera nada que contar. La primera estaba destinada a mi abuela. Ella lo ponía al tanto de las noticias del país y de la familia y se despedía pidiéndole que nos diera un beso a todos. Antes de continuar, hacía una pausa dejando la mano sobre el teléfono, apoyándose en él, tal vez repasando la conversación o pensando qué decir en la próxima. Luego llamaba a nuestro tío Luis o a su maestro, un conocido profesor del conservatorio. Para estas charlas, nuestra madre nos pedía que lo dejáramos solo. Al acabar, se sentaba al piano y tocaba hasta la hora del almuerzo. Una suerte de desahogo.
Me fui acercando poco a poco hasta ponerme a su lado. Quería ver lo que él veía, aquello que le demandaba tanta concentración. Arrimé mi hombro a su cadera y permanecí en silencio. Sólo vi la nieve cayendo en copos pesados, las luces amarillentas de las farolas aún encendidas y luego a un hombre mayor, con un gorro de colores, paseando a su perro. Al cabo de un par de minutos, cuando la música fue atenuando su ímpetu tormentoso, mi padre me puso la mano en el hombro, como si fuéramos dos amigos. Estuvimos así, callados, hasta que él bajó la mirada hacia mí. Sus ojos parecían tener algo que decir. Y dijo, con su voz grave:
-¿Sabés que es verano en Buenos Aires?
Yo sonreí, y aunque lo sabía, pensé también que la noticia no dejaba de ser insólita.
© LA GACETA
Walter Gallardo – Periodista tucumano radicado en España.







