APRENDIZAJE. La película “Matar a un ruiseñor” enseñó al protagonista de esta historia sobre los males asociados a la injusticia, al racismo y a los prejuicios

Una conversación reciente con un amigo me brindó una valiosa perspectiva sobre un importante fenómeno humano: ¿cómo se crea una conciencia moral? Hace unos años conocí a Pierre, un pintor abstracto, y entablamos una estrecha amistad. A medida que fui interiorizándome de su compleja crianza, me preguntaba cómo pudo superar los sucesos angustiosos de su vida.
Pierre había nacido en un campo de contención francés que, en la práctica funcionaba como una prisión, donde sus padres estaban recluidos después de huir de la guerra civil española que se libró entre 1936 y 1939 entre republicanos y nacionalistas. Ambos lucharon en el bando republicano contra el régimen encabezado por Francisco Franco. Cuando los republicanos fueron derrotados, para escapar de las represalias de Franco, cruzaron a pie los Pirineos, una cadena montañosa que separa la Península Ibérica del resto del continente. Un viaje extenuante bajo cualquier circunstancia; cruzarla, fue insoportable durante el frío invernal.
Desde el momento en que nació, Pierre estuvo rodeado solo de adultos. Me dijo: “durante mucho tiempo pensé que era un enano, ya que nunca vi a otro niño”. Cuando los nazis invadieron Francia, el padre de Pierre fue enviado a un campo de concentración y su madre pasó a la clandestinidad; Pierre quedó al cuidado de extraños. Solo más tarde, cuando lo internaron en un orfanato, aprendió a jugar con otros niños.
Cuando terminó la guerra, su madre eligió vivir en Francia, pero no por mucho tiempo, pues su padre nunca regresó ni se supo nada sobre él. Su madre lo crio con la ayuda ocasional de cuidadores pagados. Un par de años más tarde, ella decidió emigrar a los EE.UU., radicándose en un barrio marginal del Bronx. Con el francés como su único idioma, el frágil y tímido Pierre sufrió intimidación y amenazas por parte de niños mayores y debió ser rescatado por vecinos adultos. Una vez que aprendió inglés, fue aceptado por sus compañeros. “Esos no fueron años fáciles para mí”, me dijo. Sufrió subestimación al quedar bajo el cuidado de vecinos o amigos de la familia cuando su madre, que trabajaba en la marina mercante, estaba embarcada.
A menudo falto de dinero, encontró una manera de sobrevivir como mensajero de los traficantes de drogas. “Me asustó mucho, pero era una manera fácil de ganar algo de dinero para la comida y poder ver las películas que frecuentemente ocupaban mi tiempo y donde me transportaba a otro mundo, lejos de las tensiones y la sordidez de la vida cotidiana. Las películas americanas me mostraron un mundo totalmente diferente al que había conocido en Francia”.
Pierre pudo dejar esa línea de trabajo como correo de traficantes de drogas –“causa de gran angustia”, confesó–. Aprendió algunos oficios, formó una amorosa familia, fue a la escuela de arte en Nueva York y se convirtió en un excelente artista abstracto. “Jugué las cartas que la vida me dio, de la mejor manera que pude”, dijo.
Durante nuestras frecuentes charlas, tenía curiosidad por saber cómo se convirtió en el buen ciudadano que sé que es, preocupado por el destino de EE.UU. y del mundo, siempre dispuesto a ayudar a las personas necesitadas. En pocas palabras, ¿cómo encontró su “brújula moral”?
“Cuando era niño”, me dijo, “veía las películas americanas de los años ’50, que retrataban una América que ya no existe; entre ellas, ‘Matar a un ruiseñor’ basada en el libro del mismo nombre de Harper Lee. Más que cualquier otra, esa película tuvo un efecto transformador en mi vida. Así fue como aprendí sobre los males asociados a la injusticia, al racismo y a los prejuicios y sus efectos negativos en la vida de las personas y en la vida de una nación. Y debido a que mostraba las consecuencias de esas conductas desde la perspectiva de un niño, la impresión que la película me causó, fue aún mayor”.
“Fascinado con la película, a veces yo era ‘Jem’, el niño protagonista; sin embargo, más a menudo yo era Atticus Finch, el abogado que enseñó a sus hijos a ser empáticos y justos con los demás. ‘Es pecado’, les dijo, ‘matar un ruiseñor’, refiriéndose al hecho de que las aves son inocentes e inofensivas. Desde entonces, esos valores se convirtieron en parte de mi ‘brújula moral’, y el sentido de la justicia y mi empeño por contribuir, aunque sea en pequeña medida a construir un mundo mejor, nunca me han abandonado”.
© LA GACETA
César Chelala – Médico y periodista. Coganador del Overseas Press Club por un artículo publicado en The New York Times.







