

Desmintiendo la insolente y supina omnipotencia del hombre, que cree haber hallado en la razón, en la ciencia y en el desarrollo paroxístico de la cibernética y la tecnología digital la nueva Edad de Oro, el grito ensordecedor de la naturaleza humana nos recuerda, cada tanto, que sus fueros están intactos y que en la batalla intemporal que libra en el interior de nuestro ser todavía es invencible.
Si con el progreso de la técnica podemos aspirar a ser, con mucha más razón, el superhombre nietzscheano, compartimos con el Pithecanthropus, con el ciudadano griego del siglo V a.C. y con los remotos esquimales el mismo estadio espiritual. A pesar del devenir histórico, en cuestiones del espíritu humano “no hay nada nuevo bajo el sol”, según lo dictamina el Eclesiastés.
En Roma, en el siglo III a. C., Plauto escribió en una de sus comedias lo que el hombre representaba para sus semejantes: Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit. Lo supo antes que muchos: el hombre cuando desconoce al prójimo se transforma en un lobo. El hombre es un lobo para el hombre.
Somos eso. Las dos caras de una misma moneda ancestral. Ancestral y desconcertante. Ancestral, desconcertante, y atroz. Víctimas o victimarios, en potencia. En esa flagrante contradicción fluctúa nuestra vida: si en nuestro espíritu todavía anida el estupor inocente de Abel, no es menos cierto que la sangre culpable de Caín recorre incesante por nuestras venas. Caín y Abel pugnan por prevalecer en el escenario recóndito de nuestra voluntad con el propósito de conquistarla. Y eso nos atormenta.
El caso del asesinato de Fernando nos plantea ese dilema y nos pone frente a un espejo indeseado donde vemos desfigurado el rostro, que pretendemos bello y fulgurante, de nuestra placidez autocomplaciente. Autocomplacencia sórdida que sufre el cimbronazo sísmico por ver develada su verdadera cara engañosa y espantada frente a la tragedia. Porque las patadas criminales que hirieron de muerte a Fernando fueron una tragedia. Y una tragedia es un punto ciego. No puede resolverse nunca. Frente a su irrupción sólo enmudecemos o proferimos palabras sin sentido. Santiago Kovadloff luego de preguntárselo, se responde: “¿Qué es un conflicto trágico? Es un conflicto que no tiene solución, porque cada uno de los que en él se enfrentan entiende que toda la razón está sólo de su lado. Ninguna tragedia tiene solución. Sólo tiene desenlace”.
Entonces, consumada la muerte de Fernando sólo queda el desenlace: venganza, justicia o impunidad. Frente al desprecio demencial de la “manada” asesina, se manifiesta el tolerado desprecio de Fuenteovejuna, esa opinión pública que cree ver justicia sólo si se sentencia la cadena perpetua. Y si algo tienen en común la manada y Fuenteovejuna es la pérdida de la identidad personal, como bien lo viene a refrendar la psicología social cuando teoriza el fenómeno de la disolución del individuo en la masa informe.
Abolida en Occidente la ley del Talión, así, a priori, esta demanda de la pena máxima por parte de Fuenteovejuna se parece más a una venganza producto de una obnubilada indignación. Preferimos, qué duda cabe, ponernos del lado de Abel y condenar a Caín para rápido lavar nuestra conciencia perturbada. Y perturbada está porque pudimos ser nosotros el que ocupara el lugar de cualquiera de los dos. De cómo hubiese obrado el azar, dependía. Muchos de los padres que hoy enarbolan el pedido de pena perpetua son los mismos que ven llegar a sus hijos, cada fin de semana, con la camisa rasgada, los labios hinchados y los ojos en compota luego de regresar de los boliches. ¿Se habrán interesado en saber si sus hijos fueron los golpeados o los golpeadores? Y si fueron los golpeadores, ¿en que situación quedaron sus víctimas? Y si sus víctimas perdieron la vida, ¿su indignación sería la misma?, ¿portarían un cartel donde esté escrito “Justicia es Perpetua”?
Sé que esto no deja de incomodar. Pero son preguntas que no pueden dejar de formularse. Sabido es que cuatro siglos después de que Platón definiera los tipos de amor, con el cristianismo apareció otro que tiene un alcance inusitado, se lo llamó ágape, y es el amor de la caridad. Cuando este amor falta, lo remeda la moral, y en caso de que a esta se la ignorase, aparece la Ley. Y existe la Ley porque nuestra esencia ama muy poco y, en la mayoría de los casos, también ignora la moral. En ese marco puede actuar la Justicia. Sólo ella tiene la potestad —porque así lo convinimos— para determinar cuál es el alcance de la condena. Y si queda claro que lo que necesita Fernando es justicia, ¿estamos nosotros en condiciones de negarles la redención a los integrantes de la horda asesina? Para la manada sólo debemos exigir la pena que corresponda, de acuerdo a Derecho. Sólo eso. Ni más ni menos que eso.
Mañana se conocerá el veredicto. Que la cadena perpetua a la manada —que la sociedad exige y espera— no tape lo que Fuenteovejuna adolece: su banalidad petulante para emitir juicios inequívocos y definitivos, su maniqueísmo tuerto y su inocultable cojera moral.
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Jorge Daniel Brahim - Escritor, ensayista, editor.







