Ciertos crímenes activan intensos debates en las sociedades. En muchos casos la curiosidad morbosa o las dudas en torno a la autoría del delito motorizan el interés. En otros, la preocupación social por la presencia de un fantasma que amenaza la tranquilidad o la convivencia, la empatía con las víctimas, la configuración de un hecho representativo de una patología extendida en la comunidad. Los homicidios de María Soledad Morales, María Marta García Belsunce, Axel Blumberg, Nora Dalmasso, José Luis Cabezas, Solange Grabenheimer, Paulina Lebbos o Angeles Rawson son algunos de los ejemplos más resonantes de las últimas décadas en la Argentina.
Como en los casos anteriores, en torno al homicidio de Fernando Báez Sosa se debaten muchas cuestiones de manera simultánea. El de Báez Sosa es un crimen propio de la era digital. Cámaras de seguridad registran el momento del ataque. Uno de los imputados filma con su celular. Otro imputado comunica al resto de los implicados la muerte de Báez Sosa a través de un mensaje en un grupo de WhasApp en el que acuerdan mantener silencio sobre el delito. Otro comenta lo ocurrido con otro grupo de la misma red social cuyos integrantes están en Zárate. La querella emplea inteligencia artificial en los videos para identificar la participación de los acusados. En la web aparecen huellas virtuales de los protagonistas: fotos en distintas circunstancias y videos de los que se infieren rasgos narcisistas o violentos. Parte del juicio pudo seguirse en vivo a través de YouTube. A través de las redes sociales hubo distintas convocatorias a manifestaciones. Y es allí donde buena parte de la sociedad debate sobre los hechos. Durante la primera audiencia, en solo 24 horas, se registraron más de un millón y medio de interacciones en redes.
¿Es bueno debatir sobre el caso Báez Sosa? El intercambio de opiniones y el análisis ponen a prueba nuestra relación con la justicia y las instituciones, que por definición deben combatir la impunidad y también el linchamiento. La consecuencia más fructífera que puede acarrear la discusión de la problemática implícita en el caso –el de la violencia en los jóvenes y la anomia de la nocturnidad- seguramente es el impulso y la implementación de medidas que modifiquen las condiciones que posibilitan la reproducción de hechos similares. Cambios en las normas de seguridad de los boliches, en el consumo de sustancias, en los mecanismos de prevención policial, en el abordaje del tema en instituciones escolares y deportivas, en la conciencia de padres e hijos. Así como los casos María Soledad, Blumberg o Cabezas trazaron un límite a la ola de secuestros extorsivos, el abuso feudal en una provincia o la impunidad del poder, la muerte de Fernando Báez Sosa puede servir para salvar a muchos jóvenes cuyas vidas se ponen en riesgo, cada fin de semana, en las noches argentinas.
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