Diapositivas desde el jardín: La media naranja y el puercoespín

La idea de la pareja como media naranja, como si solos, o peor, sin esa persona particular, fuésemos incompletos, es un viejo horror. Platón, en su libro-diálogo “El banquete”, pone en boca de Aristófanes el mito del andrógino. Según el mito, en los viejos tiempos los humanos éramos medio distintos, cualitativa y cuantitativamente hablando. Lo que ahora llamamos pareja es lo que supo consistir en un solo cuerpo redondo, con cuatro patas, cuatro manos y dos cabezas. Parece que nos sentíamos tan plenos, tan completos y poderosos, que quisimos conquistar el Olimpo. Mala idea. Zeus nos castigó dividiéndonos en dos partes, condenadas a buscar su otra mitad. Medio loco el asunto, pero explicaría el magnetismo del amor, de la necesidad de juntarnos. Cada abrazo que damos sería un tanteo de nuestro medio ser, que anda por ahí a los abrazos también.

Cristian Palacios, en su pieza “El asado de Platón” propone la escalofriante inversa. En la obra (espejo argentino de “El banquete”), los dioses, al ver a los enamorados todo el tiempo tratando de unirse, deciden pegarlos. “Y al principio los amantes se dijeron ¡Esto es bueno! ¡Somos uno al fin! ¡Ya nada podrá separarnos! …Al cabo de las horas, tras mirarse / muy detenidamente en el espejo / sin más distancias que salvar entre uno y otro /sin reproches que imputarse, sin recelos / sabiendo que ya no iban a extrañarse / nunca más”. A continuación acuerdan buscar una vía de tren donde arrojarse para tener una distancia que comprendieron indispensable.

Si de distancias se trata para entender el amor, una parada obligada es el puercoespín de Schopenhauer. Señala Arthur Schopenhauer que las parejas humanas no se explican con un mito, sino con una fábula: “un grupo de puercoespines se apiñaba en un frío día de invierno para evitar congelarse calentándose mutuamente. Sin embargo, pronto comenzaron a sentir unos las púas de otros, lo cual les hizo volver a alejarse. Cuando la necesidad de calentarse les llevó a acercarse otra vez, se repitió aquel segundo mal”. La moraleja es enteramente vial: mantenga la distancia. No podemos estar separados del otro, pero tampoco muy juntos.

Lo cual nos lleva a un caso que prescinde de los puercoespines y de las naranjas, que no pincha ni corta, por así decirlo. Cachito Enzensberg hizo bandera de la máxima “cada hombre es una isla”. Estaba casado con Guadalupe Raggio, también economista, keynesiana, una mujer brillante, “siempre adelantada en el tiempo”, como solía describirla Cachito con cariño y algo de sorna. Cachito era un encanto de tipo, lleno de deliciosos sarcasmos liberales. Estando casado pregonaba: “no estamos ni obligados a estar juntos ni a repelernos. Así como se renueva el documento o el domicilio, lo mismo debe ocurrir cada tanto, por caso, con la pareja. Digamos que cada diez años de relación se debe volver requisito una actualización del vínculo. Renovación de vínculo, al lado de actas de nacimientos”. Lo decía a medio camino entre la convicción y la burla, en el ABC de calle General Paz y 9 de Julio, donde tenía su barra.

Era el rey del café y no habrá otro igual. Un personaje jovial y seductor, aunque por lo dicho quizás de complicada convivencia. Para dar una muestra: ante esa misma barra se burlaba de sí mismo unos años después, relatando su separación con una lucidez hilarante. Afirmaba que, mucho antes de que se instrumente tal institución de la renovación del vínculo matrimonial que proponía, incluso a medio camino de los 10 años que supo estipular tentativamente, se encontró con una carta en la que Guadalupe le comunicaba la rescisión u-ni-la-te-ral del contrato. Lo decía así, silabeando la palabra, para deleite y admiración de los oyentes. De esta forma contaba su divorcio apenas llegado el lustro de su unión. Para no dejarla mal parada a Guada, decía que así son los negocios. Individuos libremente asociados según sus intereses. Es que era común que Guadalupe pasara a saludarlo y se sonrían dejando entender que todavía eran socios de algún emprendimiento.

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