De Savater a Tamalito: ¿qué es eso de la felicidad?

A veces son los chistes los que se rien de nosotros. Lo chistoso nos alerta muchas veces de las poses de autosuficiencia, de nuestras exageradas declaraciones de felicidad y también de nuestros llantos injustos que son un “pobre de mi” que no es capaz de mirar al costado.

Por una parte, la felicidad es algo que pocos alcanzan y menos son quienes lo confiesan. Los que pregonan a los cuatro vientos su felicidad generan desconfianza, tiene algo de exageración o al menos de autoarenga; y cierta insensibilidad respecto a la mayoría de los compatriotas. Otros no la confiesan ni la muestran por pudor, solidaridad y un poco de esa filosofía timbera de que es mala suerte la suerte. Si como meta se pone cada vez más complicado, definirla es un asunto igualmente tremendo. Muchos la patean hacia el futuro, como una utopía necesaria. Fernando Savater, en un lindo escrito, hace una jugada interesante, la pone a salvo en el pasado. Según el vasco, la felicidad siempre se conjuga en pretérito , siempre es “fuimos felices”. La cuestión es que quien se pregunta si es o no feliz, es porque no lo es. La felicidad excluye la reflexión porque es un flujo que pasó. La palabra felicidad está excluida de su discurso. “Quizá lo que ocurre con la felicidad es que somos incompatibles con ella. Felicidad es eso que brilla donde yo no estoy”, dice Savater en su ya antiguo librito “El contenido de la felicidad”. Imaginamos que por ese entonces Savater era feliz sin saberlo, por definición, si nos atenemos a su -bella- pluma.

La felicidad es una de las formas de la memoria. Otra paradoja… pero también como el reverso amnésico de la misma. Recordamos el momento feliz como aquel en el que nos olvidamos de todo lo demás. Precisamente porque no hay nada realmente que contar de la felicidad, por eso nos aferramos a su recuerdo -el recuerdo de un vacío, de un blanco, de una pérdida- con la fuerza inconmovible y algo ridícula de un acto de fe. En cuanto objeto conceptualizable, la felicidad es opaca, resulta refractaria a la tarea reflexiva

Los años felices son un viaje que reconocemos cuando llegamos a la parada. Lo cual nos lleva a Tamalito, el entonces tucumanito que en 2011, a los 11 años, sacó a relucir su pasión por los ómnibus, a los que robaba a la primera oportunidad. No los vendía, no salía a robar con el colectivo. Mezcla de Enrique Romero, Berreta y Duke de Hazzard, su sueño era manejar. Una infancia llena de carencias que transcurrió en la terminal de ómnibus completa el cuadro Nadie puede justificar su manía delictiva y alocada. Sin embargo algo de la enfermedad social que se llama genéricamente pobreza se mostró con su caso. Los trastornos de una sociedad que a un niño de 11 años apenas alcanzan para despertarle un sueño de 11 minutos de felicidad, que es lo que duró el último paseo. La felicidad supone opciones para cambiar nosotros y el mundo, cuestión que no es nada clara para el pequeño y efímero chofer del caso.

Cuando la felicidad esquiva aparece el ideal de la transgresión a las normas, el delirio del poder hacerse cada uno a sí mismo y sentarse en el lugar que uno quiere a cualquier costo. Esto no es difícil de ver en un niño de entonces 11 años que me cuesta pensar que haya podido elegir, que tenga la felicidad en su memoria.

Pero no debemos exagerar nuestra capacidad de decidir sobre nuestros actos. Permítanme un chiste:

Dos “gallegos” van al cine a ver una película de vaqueros, digamos “Zambomba y metralleta”, a instancias de uno de ellos que ya la vio el día anterior y le insiste al otro de lo buena que es la película. Ese mismo es quien le dice al otro: ‘te apuesto 50 pesos a que el vaquero ese no entra a la cantina donde esta Bud Spencer’. Su amigo piensa que es una broma, pero accede para callarlo. A continuación observa con estupor que el vaquero sí entra a la cantina, para salir despedido por la ventana a los pocos segundos. ‘Ja, tarado, te olvidaste lo que viste’, a lo que el apostador le contesta “¡no, no, el tarado es él, porque después de la paliza de ayer me imaginaba que no iba a entrar!”.

El asunto es que todos somos un poco esos vaqueros de la película, que nos sentimos libres pero quienes nos ven saben que protagonizamos un mal guión. Fuimos tan felices, tan únicos. A veces nos damos cuenta solos y no podemos creer que nos lo creímos, que siempre estemos haciendo las mismas cosas con los mismos malos resultados. ¡Otra vez me voy a meter donde la pasé tan mal! El gallego que fantaseaba con un resultado distinto no era tan imbécil, tenia una fe estúpida en la capacidad de aprender, una virtud muy escasa que espera que los otros mejoren y que se parece mucho a la felicidad.

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