Boca aprovecha, pero también sufre, el precio de que todo lo que haga, sea bueno o malo, será magnificado. Por eso el partido del martes contra Corinthians es presentado casi como una cuestión de vida o muerte. Sus propios hinchas recibieron al equipo suplente el viernes pasado en la Bombonera refiriéndose a la Libertadores. “Cueste lo que cueste, este martes tenemos que ganar”, gritaba la multitud por el duelo de vuelta ante Corinthians. A Banfield el partido del martes no le importaba en absoluto. Así fue que se puso 3-0 en el primer tiempo y, todavía con todo el segundo tiempo por delante, y con Boca jugando mal, avisó que La Bombonera podía ser escenario de una goleada histórica. No hubo más goles no tanto porque Boca equilibrara el juego, sino que Banfield acusó el desgaste y eligió cuidar el resultado. A los hinchas siguió importándoles poco el pobre nivel colectivo e individual del equipo B. Despidieron el partido cantando más fuerte que nunca. Pero refiriéndose otra vez al duelo del martes. Seguían cantando lo mismo: “Cueste lo que cueste, este martes tenemos que ganar”.

La demostración de que en Boca todo se magnifica, y que al Boca de Juan Román Riquelme por momentos se le pone además una lupa especial, se vio la semana pasada cuando el diario Olé, horas antes del duelo de ida contra Corinthians, publicó un listado de “sesenta líos” que había sufrido Boca en 2022. No parecía haber un motivo especial, pero no importó, allí estaba el listado. En su esfuerzo por llegar al número 60, Olé incluyó la muerte del vicepresidente Roberto Digón como uno de los “líos”. Tan grotesco que debió rectificar de inmediato y pedirle disculpas a la familia de Digón. E incluir entonces otro “lío” a cambio para mantener el número mágico de 60. Es decir, como observó alguien en las redes, los “líos” originales entonces eran 61, no 60. Es Boca. ¿No fue también ridícula, por exagerada, la suspensión de tres partidos aplicada al jugador Franco Troyansky, por su festejo de hace nueve días, cuando también Unión venció a Boca en La Bombonera? ¿No hubo acaso festejos aún más provocativos en otras canchas y sin que se aplicaran sanciones similares? Claro. Fue contra Boca.

El Boca de Sebastián Battaglia está manteniendo un nivel superior, en franco ascenso, y tiene grandes chances de superar a Corinthians este martes. El equipo mantuvo inclusive la calma pese a decisiones arbitrales que tuvieron un sello polémico, desde el penal infantil que cometió Marcos Rojo (no sorprende) hasta el brazo en el área de Corinthians que el VAR no consideró penal. Boca venía reaccionando en exceso ante cualquier cosa que interpretaba como una injusticia o provocación. Cambió de actitud en San Pablo. La revancha será clasificación o derrota. Boca precisará inclusive más cabeza fría.

Acaso el mejor camino está dentro del mismo Boca. Por un lado, su capitán Carlos Izquierdoz. Pero, ante todo, su arquero. Agustín Rossi no se preocupó de si la falta de Rojo estuvo bien o mal sancionada. El se enfoca en lo suyo. Se acerca al pateador cuando pone la pelota en el punto penal. Observa algo. Como que mide a su supuesto “verdugo”. Luego va al arco. Choca los guantes. Y el último gesto es acaso el más simbólico. A diferencia de otros, que corren de un lado a otro de la línea, y son mucho más ostentosos, Rossi, simplemente, relaja su cuello. Tan pacífico que suena casi una provocación. No es posible mantener tanta calma en un momento de tanta tensión. Él lo hace. Su nivel de acierto en los penales ya no es mera casualidad. En 1970, el escritor austríaco Peter Handke, Premio Nobel de Literatura en 2019, escribió uno de sus libros más conocidos: “El miedo del portero ante el tiro penal”. Muchos creyeron que Handke no sabía de fútbol. Porque el miedo, en rigor, puede ser más del ejecutante. El arquero tiene poco que perder. Pero Handke sabe de fútbol. Escribió un poema hermoso cuando su querido Hamburgo se coronó campeón alemán en 1968. Y fue hincha de Numancia cuando vivió en España.

Sabe tanto que percibe la soledad del arquero en el momento de la ejecución. Y toma esa soledad como esa soledad que todos tenemos cuando especialmente tenemos que tomar decisiones en la vida. Josef Bloch, el arquero personaje de su novela, se retira del fútbol y está sin rumbo en la Alemania de la posguerra, cuando muchos perdieron familiares y quedaron solos. Su vida cae en la pendiente. Es testigo de un penal ajeno. Piensa. El arquero sabe cómo suele tirar el ejecutante. Pero, como el arquero sabe que el ejecutante ya lo conoce, el arquero no sabe entonces si el ejecutante disparará cómo siempre o cambiará su costumbre. Rossi parece no entrar en ese dilema que atraviesa el atormentado Bloch. Rossi se tira decidido. Y ataja. Lo hizo el martes pasado en San Pablo y, en caso de nuevo empate, será puesto otra vez a prueba este martes si hay definición por penales. Ese foco de Rossi es un buen espejo para Boca.

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