Se observan en estos días las quejas de los comprovincianos acerca del frío. Pero en general empezamos nuestras charlas con quejas e inclusive insultos al frío y, o, al calor, o de su paso del uno al otro en el mismo día. Parte de nuestra forma de ser se muestra en que confundimos tiempo con clima, porque la condición de tucumano implica un ánimo adverso a la estabilidad. Para colmo, ahora, cambio climático. Entonces hacemos comparaciones históricas de temperaturas basados en nuestra infalible memoria térmica. Una cuestión interesante es que se suele proyectar esa tendencia y esas metáforas atmosféricas a la vida social. Hablamos de “el clima electoral”, de la “tormenta política”, pero no en el sentido contrario: “senado de nubes” o “ballotage térmico”. Climatizamos la política y politizamos el clima.

Teniendo esto en cuenta, quizás las quejas térmicas sean en verdad sociales. Estamos destemplados y notemos que hacemos malabares para tener la razón en lo térmico, que discutimos si hace, hizo o hará calor. Un ejemplo es el uso que hacemos del noble concepto de sensación térmica. Si el termostato no nos colabora vamos a la sensación térmica. ¡Y si es al revés vamos al mercurio! ¿Qué ganamos? Bueno, por lo menos unos grados, unos puntos. No deja de ser una forma de sentir que podemos entender el mundo y que nuestro padecer es de todos.

Pero a veces, unas cuantas al menos, la metáfora térmica es celebratoria. En Aguilares era costumbre, cuando llegaba el calor, sacar asientos -no digo sillas ni banquetas, sino mayúsculas poltronas que, vamos, las tenían para eso- y acomodarse en la vereda. Fenómeno que, por otra parte, era muy extendido en la provincia. Quizás sea mi memoria que, como otras, hace más grande lo más lejano en el tiempo. Pero tengo imágenes de que era una escala difícil de imitar. Creo que había particularidades sociales y urbanas, quizás el ánimo cañero, tan estacional para la industria y el cultivo, que hacían que la vecindad se instale en las veredas. No conocí la época de la vereda de mis abuelos, pero me relataron que estaba muy bien visto hacerlo en pijamas. En todas las cuadras se formaban distintos dibujos, líneas, semicírculos o, más común entonces, ruedas con vecinos de dos o tres casas contiguas. Por ejemplo, Porota, Piruca y Monona. Era fácil saber cuántos domicilios se fundían en la ronda por el mobiliario heterogéneo que la componía. Pero también se daba mucho que el par de vecinos se ubicaba uno al lado del otro, de espaldas a la casa, para saludar nomás al que circulaba. Recuerdo que una de esas noches mágicas, de presumidas y chismes, un vecino, luego tío mío, se acercó a la hermana de mamá, que era linda y le dijo: “¡Qué bonita noche, Carmen, ni una sola nube!”

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