Julio viene, se va y nunca somos capaces de aprovecharlo

 la gaceta / FOTO DE JUAN PABLO SANCHEZ NOLI (archivo) la gaceta / FOTO DE JUAN PABLO SANCHEZ NOLI (archivo)

Tanto se escribió sobre la oportunidad perdida del Bicentenario que cuando llega julio el sentimiento no deja de ser agridulce. Hace seis años -parecen muchos más, ¿verdad?- nos animamos a ponerle nombre a los objetivos: unión, consenso, refundación. Estaban ahí, como la invitación a algo grande que terminó fagocitada por la euforia del momento. Todo ese fervor popular, con decenas de miles de tucumanos abrazados en la calle, se evaporó como lágrimas bajo la lluvia. De la fiesta apenas quedó la resaca. Mala señal.

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Suele adjudicarse a Eduardo Galeano aquello de que las utopías están en el horizonte y son, en consecuencia, inalcanzables. ¿Para qué sirven entonces? Para avanzar en esa dirección. Galeano subrayó más de una vez que el concepto no era suyo, sino que lo había tomado prestado. No importa tanto. En lo que a Tucumán respecta, nadie recogió el guante del Bicentenario: ni los funcionarios, ni los políticos, ni el mundo académico, ni las iglesias, ni las organizaciones intermedias, ni el ciudadano de a pie. Habría sido una iniciativa bien patriótica reimaginar ese Tucumán que medio siglo antes había quedado en bancarrota. Desde esa perspectiva, el cierre de los ingenios habría sido la causa y la refundación, el efecto. La casualidad de la efeméride transformado en causalidad del “nuevo Tucumán”, lanzado desde el Bicentenario hacia un futuro esperanzador.

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Pero mientras sigamos pensando que patriotismo es colgar la bandera del balcón o atarla a la ventanilla del auto cuando llega el feriado de turno... Pues bien, realidad mata relato.

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Sólo septiembre y la épica del 24 podrían animarse a hacerle sombra, pero la verdad es que al julio tucumano no hay con qué darle. Es el mes más importante para la provincia: los ingenios están en plena molienda, las vacaciones traccionan al turismo y la gesta del 9 le recuerda a la Nación que fue en esta comarca donde el país declaró su independencia. Meme eterno e incontenible por cortesía de Julio Iglesias, el mes divide aguas: ya está corriendo el segundo semestre (“el año está perdido”, afirman los pesimistas), pero como bien advierte la sabiduría popular, “hay que pasar el cosechazo de agosto”. Julio y la tucumanidad se mantienen enlazados desde siempre; son como esas parejas que reverdecen, cíclicamente, cuando sintonizan la onda del reencuentro. Hay algo entre julio y Tucumán del orden de lo simbólico, un tiempo suspendido entre el solsticio de invierno y la Fiesta de la Pachamama en el que la provincia tiene la oportunidad de mirar hacia adentro para comprenderse mejor. Ejercicio que se practica cada vez menos.

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Manuel Belgrano estaba en Tucumán el 9 de julio de 1816, pero no formaba parte del Congreso. Tanto él como San Martín -en aquel momento en plena organización del Cruce de los Andes- eran activos militantes de la causa independentista y apuraban la declaración, pendiente desde la Revolución de Mayo. ¿Qué hacía Belgrano aquí? Se aprestaba a retomar la conducción del Ejército Auxiliar del Perú (porque así se llamaba el Ejército del Norte) tras el desastre de Rondeau en Sipe-Sipe. Belgrano tenía tiempo de sobra para retejer las relaciones que había establecido en los gloriosos tiempos de 1812. De su influencia sobre los congresales y sobre la marcha de las sesiones hay mucho escrito y también mucho conjeturado. Del mismo modo, la tradición cuenta que fue durante el baile que celebró la Jura de la Independencia, el 10 de julio, cuando Belgrano y Dolores Helguero cruzaron miradas y quedaron flechados. La anécdota humaniza al bronce y ameniza la rigidez de los manuales. Cuando se aborda el 9 de julio -y tantas otras fechas patrias- se imponen la solemnidad de los panteones, las pinturas celebratorias y lo irrefutable de la palabra oficial. Hay mucho por investigar y desarrollar sobre el Tucumán del momento: lo que sucedía en las calles, los temas de los que se hablaba, la forma en la que se vivía. Las fuentes parecen agotadas de tanto exprimirlas, pero siempre habrá espacio para nuevos giros, interesantes y creativos. Julio suele ser sinónimo de historia y, felizmente, la historia ya no vive acaparada por ese puñado de sentencias que la habían hecho de mármol. Hoy -feliz coincidencia-, en el Día del Historiador, vale resaltar el valor de que a la historia se la cuente con todos sus matices.

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Fue durante julio -el 14- cuando los franceses irrumpieron en la Bastilla y pusieron en marcha un proceso revolucionario motorizado por las mayores utopías que la humanidad ha conocido en su milenario devenir: libertad, igualdad, fraternidad. Las tres residen allí, en el horizonte, mirando desde lejos cómo el mundo cada día se torna menos libre, menos igual y menos fraterno. Pero no queda más que caminar hacia ellas; lo contrario implicaría una rendición incondicional. “Nos dicen que el futuro es de nuestros hijos, entonces vos y yo... ¿Qué hacemos vos y yo?”, se cantaba allá por los 80, cuando la democracia recuperada alimentaba, justamente, el fuego de las utopías.

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Inocentes, cándidos, ingenuos (agréguese aquí el sinónimo que corresponda, está en la punta de la lengua). Todo eso fuimos cuando creímos que el Bicentenario, por sí mismo, bastaba como agente de cambio. Porque julio podrá ser el mes ideal para actuar en esa dirección, con todo lo que representa, pero si los tucumanos no ayudan...

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