Una carrera aérea entre Tucumán y Monteros en 1922

Se enfrentaron los pilotos Poli y Sariotte. Una medalla de oro para los ganadores. Empate

 BODA EN EL AIRE. Elena y Sariotte en la cabina del Caudrón escuchan las palabras de cura que ofició el casamiento. BODA EN EL AIRE. Elena y Sariotte en la cabina del Caudrón escuchan las palabras de cura que ofició el casamiento.

El vuelo mecánico o con naves más pesadas que el aire se había extendido por el mundo. Tras la Primera Guerra muchos pilotos de combate necesitaban volar y el mundo se presentaba como una aventura para ellos. De esta manera muchos llegaron a nuestro país y obviamente la provincia de Tucumán era campo fértil para sus hazañas. No debemos olvidar que hacia diciembre de 1919 un grupo de entusiastas del vuelo habían creado el Aero Club Tucumán y con ello la pasión por el vuelo creció. Las proezas de los aviadores generaban gran interés entre nuestros lectores de la década de 1920. El vuelo más alto, el de mayor extensión o cualquier otro récord que aquellos “locos del aire” trataban de imponer generaba expectativa. Los aviadores, en su mayoría ex pilotos de combate, estaban interesados en demostrar que la aviación podía usarse en épocas de paz. Y otra de las lides aéreas esperadas eran las carreras entre dos puntos geográficos. Estamos en junio de 1922, más precisamente el sábado 24 y el domingo 25. En esas dos jornadas se llevó a cabo el desafío de unir en el menor tiempo posible San Miguel de Tucumán con Monteros. La carrera fue entre la nave Fiat piloteada por Emilio Poli y el “Aguila”, un Caudron, al mando del teniente Jorge Sariotte. Como dato de color a Sariotte lo acompañaba su esposa, Elena Valentié, y a Poli, “una señorita” sin mayores detalles. El primer tramo de la carrera, o sea Tucumán-Monteros fue ganado por Poli. En la localidad sureña recibió el premio -una medalla de oro- de manos de la Sociedad de Damas.

El tramo de regreso, que se corrió el 24, fue ganado por Sariotte, que recibió otra medalla por parte de las autoridades del Aero Club.

El Aero Club

El vuelo en Tucumán inició su verdadero despegue en diciembre de 1919, cuando un grupo de tucumanos compraron el primer avión y fundaron, al mismo tiempo, el Aero Club, pieza clave para el desarrollo de la actividad a partir de ese momento. El 12 de diciembre de aquel año nuestro diario anunciaba con entusiasmo: “nuestros pronósticos sobre el desarrollo de la aviación en Tucumán principian a cumplirse” y anunciaba la compra de la primera aeronave, un Airco.

 EN LA META. En Monteros el público se dio cita para recibir a los pilotos que recién habían llegado desde Tucumán. EN LA META. En Monteros el público se dio cita para recibir a los pilotos que recién habían llegado desde Tucumán.

El comprador era Nicanor Posse. “Varios amigos de este han solicitado les dé participación en la compra y se ha formado una pequeña sociedad por acciones”, decía la crónica. El precio de compra fue de 19.500 pesos moneda nacional, por entonces nuestro diario costaba 10 centavos; una plancha, 11 pesos; un juego de dormitorio completo, 300 pesos y un automóvil, alrededor de 5.000. El contrato de compra fue entre Posse y el mayor Shirley Kingsley en representación de The River Plate Aviation Company.

Primer avión

Los tucumanos vieron por primera vez un avión allá por 1911. Su piloto era Marcelo Paillette quien decidió aterrizar en el flamante parque 9 de Julio. De tal manera que la zona se volvió pista de aterrizaje sin quererlo. Dos años más tarde recorrió nuestros cielos Castailbert, con un Bleriot, que usó como pista la misma zona del parque. Con el paso de los años la zona sur del gran pulmón verde diseñado por el francés Carlos Thays se convirtió en aeródromo.

El aeropuerto Benjamín Matienzo como fue denominado la estación aérea de nuestra provincia nació en el mismo lugar elegido por Paillette. Las décadas de 1920 y 1930 fueron de vivo desarrollo, se construyeron hangares y zonas de rodaje para las aeronaves. La pista era de césped y lo fue por varias décadas. El lugar fue protagonista de hechos trascendentes como el despegue y aterrizaje de la Escuadrilla Tucumán que recorrió seis provincias argentinas y 3.200 kilómetros en 1927. Desde allí partió el primer vuelo hacia Tafí del Valle en 1921; esto tiene la curiosidad que a la villa llegó primero el avión que el automóvil.

Casamiento

Volviendo a los protagonistas de la carrera nos enfocaremos en el francés Sariotte y su esposa, quien lo acompañó en esta aventura. La historia, que podría haber pasado por leyenda de no haber fotos sobre el acto, comienza en 1921 cuando el galo, héroe de la Primera y de la Segunda Guerra Mundial, vino a estas tierras como representante de la empresa que fabricaba el avión Caudrón G3 P2, que el presidente Posse acababa de comprar. Lo había bautizado “El Águila”. Por supuesto que lo tenía en el Aero Club y había contratado al piloto para que fuera el primer instructor de vuelo en Tucumán. Su fina estampa y su personalidad le abrieron paso en la sociedad tucumana y más aún en aquellos provenientes de Francia afincados en el Jardín de la República. De acuerdo al relato del historiador José María Posse un día se presentó una bella joven interesada en realizar el curso de piloto, era Elena, que se convertiría en su esposa debido a una tormenta y por la caballerosidad del piloto. “Ella sería la primera mujer piloto de Tucumán y del NOA”, señala Posse.

Los hechos se produjeron en aquel ajetreado 1921. Una mañana en vuelo de instrucción final, Sariotte llevó a Elena a volar por la montaña. Se dirigía a la pista de Andalgalá en Catamarca, cuando de pronto el cielo se puso negro y tuvieron que realizar un aterrizaje de urgencia. Las nubes estaban tan bajas que era imposible continuar el viaje, pues la visibilidad era nula. Estuvieron toda una noche a la intemperie. Estas naves construidas con madera, hierro y telas eran bastante precarias no tenían forma de comunicarse ni comunicar a tierra que tenían problemas. Recién al día siguiente, al aclarar, el francés pudo despegar para regresar a Tucumán. “Es de imaginar la congoja de la familia de la mujer que estaba ya enterada de la desaparición del avión” recuerda María Eugenia Valentié en su artículo “Elena, la tucumana que escribió su historia de amor en el cielo”. En aquellos tiempos, que una jovencita pasara la noche a solas con un señor que no fuera su marido era un escándalo.

Pero Sariotte era un caballero en todo el sentido y no iba a permitir la maledicencia de ninguno. “A la mañana siguiente se presentó en casa de los Valentié con un gran ramo de rosas, y solicitó a los padres de Elena su mano en casamiento. La boda se realizó en pleno vuelo con sacerdote a bordo. Posse lo consigna como el primer casamiento en el aire del que tengamos conocimiento en el país.

Insistía Sariotte en que era necesario terminar con la creencia de que volar era peligroso. Lo comparaba con la circulación en automóvil. “En efecto, un Ford tiene un mecanismo tan complicado como el motor de un aeroplano, y piezas tan débiles como un alfiler, dependiendo la vida de sus ocupantes (cuando uno es lanzado, por ejemplo, a la velocidad de 60 kilómetros), de la pericia del conductor, que es de suponer conoce su máquina. La rotura de cualquier pieza a esa velocidad, significaría una catástrofe, cosa que no ocurre con un aparato aéreo, pues siempre es posible planear hasta el campo de aterrizaje”. Apuntaba que “mis pasajeros tienen cómo comprobarlo cuando, al realizar vuelos sobre la plaza Independencia, paro el motor y aterrizo con la mayor seguridad”.

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