Sergio Ramírez: “El autoritarismo fue el gran pecado original de la izquierda en América Latina”

El premio Cervantes y ex vicepresidente de Nicaragua analiza, desde el exilio, las contradicciones y los atropellos del régimen de Daniel Ortega. Recuerda los años en el poder -junto con el mismo presidente que hoy le impide volver a su país- , las tensiones entre la política y la escritura, las perspectivas latinoamericanas y los cambios en la izquierda. “El paso por el poder congela los ideales”, afirma. Por Sergio Silva Velázquez para LA GACETA.

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18 Junio 2022

En Nicaragua, dicen los nicaragüenses, hablar de tú, si volvieras de España, significaría ser un pretencioso. Y vivir en una casa que es tuya, también: desde mayo de 2021, Sergio Ramírez no puede regresar al país-su país (el régimen de Daniel Ortega, ex camarada, otra caricatura del poder, le ha privado al autor de su derecho liso y llano a permanecer en su sitio natural). Durante casi una hora, Ramírez, autor de grandes textos como Margarita, está linda la mar y Castigo divino, ex vicepresidente de su país y ex integrante del Frente Sandinista de Liberación Nacional, repasará la vida de alguien que podría llenar -por lo intenso y por lo demás- dos existencias al mismo tiempo. Lo demás, sería que Ramírez se siente partido, o mejor dicho escindido, extirpado: como si su cabeza no se alineara hoy al cuerpo cansado, con marcas del pasado.

El pasado: Ortega como guerrillero y Ramírez como intelectual, fueron caras de la revolución sandinista en 1979, junto con Violeta Chamorro entre otros, que puso fin a la dictadura de Anastasio Somoza -una dinastía que tuvo 45 años el poder- conformando un gobierno progresista de izquierda. Ese proceso terminaría para Ramírez en 1990, tras el triunfo de la misma Chamorro con su propio partido. El novelista renunció a su militancia en el 95, desenamorado por las campañas de desprestigio y purgas del ala dura del FSLN contra ex compañeros. “El Frente Sandinista al que me incorporé ya no existe”, dijo entonces y repite ahora. De su ruptura, se plasmaría otro gran libro: Adiós muchachos.

“Ortega quiso reconstruir lo que éramos y lo que ha salido de ahí es una criatura del doctor Frankenstein”, un aparato a disposición del caudillo, algo inconcebible en los 80, dice: “la naturaleza del FSLN no permitía que hubiera un solo líder”.

Su última novela, Tongolele no sabía bailar, es un relato magistral de la megalomanía del gobernante -tantas veces escrita en Latinoamérica y Ramírez lo hace otra vez con maestría- en clara alusión a su ex compañero, abrazado al poder como una garrapata desde 2007 junto con su esposa –y actual vicepresidenta- Rosario Murillo.

- ¿Cómo vive su exilio?

- Es curioso que el sinónimo de exilio sea destierro. Es quitarle a alguien su tierra, volverse un extraño para su país. Como si se hubiera trazado un círculo que nos deja afuera. El exilio es anti natura. Todos tenemos el derecho de vivir en nuestra tierra que nos conecta con la infancia, los afectos, la familia. Yo me fui a los Estados Unidos en 2021 por razones médicas pensando en regresar: dejé mi casa abierta, mis libros, mi estudio. Conforme las semanas pasaban, viví la sensación -que se transformaría luego en convicción- de que no podría volver. En septiembre, al salir la novela (Tongolele…) nos enteramos que la habían prohibido. Cuando me pronuncié contra eso en público, la fiscalía dictó una orden de prisión contra mí. Tuve que decidir entre la cárcel o el exilio.

- Por segunda vez en su vida…

- En efecto, lo mismo me había pasado en 1978 durante el régimen de Somoza, que dictó una orden de prisión contra 12 personas que nos habíamos proclamado en Costa Rica contra la dictadura. Hay que volver a andar por el mismo camino sabiendo que hay una diferencia: la edad. Cuando Somoza me mandó a procesar por traición a la patria y asociación ilícita para delinquir, lo que hice fue regresar y no se atrevieron a encarcelarnos porque nos recibió una multitud. Hoy afrontar ese desafío es imposible y tengo que asumirlo de otra manera.

- Dos regímenes antagónicos tomaron una misma decisión…

- Curiosamente, 40 años después, los delitos son los mismos. Somoza por traición a la patria, connivencia con el terrorismo, al igual que la actual fiscalía de Ortega que dispuso mi orden de detención. Es una coincidencia que por entonces, allá en 1979, era imposible de imaginar. Pero las justificaciones legales de las tiranías son siempre las mismas, desempolvan viejas leyes acomodaticias y las aplican. En Nicaragua, la ley que nos obligaba como ONG (la fundación que dirige Ramírez) a declararnos agente extranjero por recibir recursos del exterior, es muy similar a la que dictó el régimen de Putin contra organizaciones similares en Rusia.

- A diferencia de otros grandes autores latinoamericanos, hechizados por los líderes de movimientos revolucionarios, usted ha sido un protagonista.

- Como diría Borges, era mi destino latinoamericano. Después del convencimiento pasar del pensamiento a la acción. Mi caso no es el primero, este compromiso lo heredamos de las luchas independentistas del siglo XIX, con los intelectuales de la Ilustración y de la revolución americana. Por ejemplo, Montesquieu o Thomas Jefferson llegaron a tomar las armas y ejercieron cargos de estado. Yo siento que pertenezco a esta tradición de la doble identidad intelectual.

- La revolución le ha dejado capas que han nutrido su obra. ¿Cómo fue escribir siendo vicepresidente?

- La revolución no tiene horarios y durante diez años no pude. En 1985, durante mi gestión empecé a escribir durante la madrugada. Pensé que dejaría de ser escritor si no lo hacía. Nunca me sentí un político. En el FNSL había otros, como el poeta Ernesto Cardenal, el ministro de Cultura; o sea que no era algo extraño porque la nuestra era una revolución de escritores. Pero tenía un dilema: no podía ejercer mi oficio sin sentirme un agente de propaganda del poder del que era parte. Por eso, tomé un tema no político, la historia de un asesino en serie de los años 30 (Castigo divino). Una novela que se ambientara en los términos de la revolución seguramente hubiera sido por entonces un bodrio, una especie de realismo sandinista.

- Más allá de Nicaragua, ¿existe una izquierda como la que fue concebida en ese tiempo? ¿Ha fracasado la izquierda?

- La idea de la izquierda es la de mis 17 años frente a Somoza, el régimen con el que nací y crecí. En la universidad, su ejército mató a cuatro compañeros durante una manifestación e hirieron a más de 60: ahí me di cuenta de qué lado estaba. Esa izquierda que conocí era ética e incorruptible y son los valores que conservo intactos. Quizá estábamos dispuestos a sacrificar todo en aras de una transformación social conducida por una vanguardia férrea, aunque fuera en contra la voluntad de una parte del pueblo; el ideal leninista revolucionario que tanto permeó en América Latina. Pero la izquierda devino luego en el estalinismo. Yo vengo de regreso de eso. Creo en la justicia social pero jamás en el autoritarismo que ya probó su fracaso en América Latina.

- La ecuación del ideal que se corrompe con el ejercicio del poder…

- El paso por el poder congela los ideales. El poder tiene sus propios mecanismos, el que es burocrático, vertical. Esa idea de pisar al otro que no comulga con nosotros, de hacer lo que quiero prescindiendo de la democracia. El autoritarismo fue el gran pecado original de la izquierda en América Latina. Tras la caída del Muro y la desintegración de la Unión Soviética quedaron expuestos los errores y hemos aprendido el respeto de los derechos humanos. Creo en lo que está haciendo el presidente Gabriel Boric en Chile, por ejemplo. Quiero ver el vaso medio lleno en países que se han deshecho de las dictaduras militares, Argentina, Uruguay, Perú, Centroamérica y su avance a la democracia representativa. Quedan casos aislados, sí, Venezuela o Nicaragua. Solo la izquierda arcaica en América Latina no aprendió la lección: sin la democracia, las ideas no valen nada.

© LA GACETA

PERFIL

Sergio Ramírez nació en Masatepe, Nicaragua, en 1942. Ganó el Cervantes, el premio literario más relevante en lengua castellana, en 2017. Fue parte de la revolución sandinista que derrocó a la dictadura de Somoza y fue vicepresidente del primer gobierno de Daniel Ortega. Ganó el Premio Alfaguara de novela 1998 con Margarita, está linda la mar, también Premio Arguedas. Otras de sus novelas son Un baile de máscaras (1995; Premio Bataillon a la mejor novela extranjera), Castigo divino (1988; Premio Hammett), Sara (2015) y Tongolele no sabía bailar (2021). Recibió los premios Donoso y Fuentes por el conjunto de su obra. En 2021 el Grupo de Diarios América (GDA) le destacó como el personaje latinoamericano del año por su defensa de la libertad de expresión y de la democracia.

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