Peligros agudos... y graves

Estimado S. Garmendia:

Quisiera advertirle de un peligro cantante y sonante, si permite la ironía, que comprenderá pronto si tiene la amabilidad de leer el resto de esta carta. Mi nombre es Pedro Chaile y fui vendedor de seguros por más de cincuenta años. Uno de los primeros, hice carrera bajo el rigor amable de Juan Biazzo, el más grande de los aseguradores tucumanos. Fui también uno de los últimos de la especie. Digo de los últimos, no porque ya no sea rentable el negocio, sino porque el trabajo es absolutamente distinto, al punto que no creo que sea apropiado llamarnos a nosotros, que caminábamos cientos de kilómetros con maletines llenos de papeles y rollos de fotos para conseguir una firma, de la misma forma que a los vendedores actuales, que no se mueven de su computadora y no dan la cara. Porque antes uno era el gancho, a quien buscaban y reclamaban.

En fin, soy un agradecido de mi profesión. Le cuento esto porque uno de mis vicios de caminante obligado era silbar. No chiflar a nadie, por favor, no me malentienda. Me refiero a silbar una melodía, algo que se ha perdido. Las calles están saturadas de chiflidos, silbatos, pitidos y demás ruidos, pero no de melodías agudas. Me considero, humildemente, un buen silbador. Mi repertorio es, desde ya, folklórico. Le cuento esto para pasar al ilícito.

Hace algo más de un mes, luego de cobrar mi jubilación, volvía yo a mi casa y en la plaza San Martín, que está en mi ruta, me entregué a mi afición. Mientras todos corrían con auriculares yo, según mi costumbre de autopoiesis musical, me regalaba “La tristecita”, de Ramírez. Me atrevo a decir que estaba inspirado aquella mañana, fue una ejecución magnífica. Sé que usted pensará que estoy loco.

Pero el caso es que, al terminar, cuando soplé la última tecla del piano simoqueño que la vio nacer (después le cuento la historia), escuché un silbido que provenía de la vereda de enfrente. No era uno cualquiera, era un profesional. Para mi estupor se sumaron otros y se elevaron en una armonía infinita. Me saludaban, me reconocían mi interpretación. Me llamaban. Sentía yo que era como esos que se tiran de un puente con un elástico y después el punto del salto los jala sin piedad. Sentí que toda mi vida había sido una caída y que ese coro era mi punto de inflexión. Aquella infame sociedad tucumana de silbadores estaba a media cuadra. Recorrí un pasillo largo, en claro trance. No puedo olvidar el rostro de la voz principal, su belleza de elfo y las oscilaciones que salían de sus labios apenas alargados. Esa criatura no hacía ningún esfuerzo al silbar, el aire entraba y salía feliz por su boca.

Me desperté a las horas con el ruido de un martillo eléctrico sobre la vereda. No había ni rastro de aquel coro celestial que reveló ser una banda infame. Me habían despojado de mi sueldo y todo objeto de valor. Puedo perdonar el delito, mi desazón es que haya gente de tamaño talento que se dedique a cazar palomas.

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