La misa de hoy: Fiesta de la Ascensión

29 Mayo 2022

Por Presbítero Marcelo Barrionuevo

La fiesta de la Ascensión de Cristo es una solemnidad que precede a la Venida del Espíritu Santo que celebraremos en una semana. Cristo sube al cielo, no para abandonarnos sino para acompañarnos desde allí. Pero al mismo tiempo es un impulso a mirar hacia arriba, a lo eterno, a lo mejor, a la santidad. Siguiendo a San Juan Pablo II meditemos estas ideas.

- Divinidad de Cristo y dignidad del hombre: la Ascensión no es sólo la glorificación definitiva de Jesús, sino también la prenda y garantía de la exaltación y elevación de la naturaleza humana. Nuestra fe y esperanza de cristianos se refuerzan y corroboran hoy, pues nos invita a meditar en nuestra pequeñez, fragilidad y miseria, también lo hace en la “transformación” más maravillosa aún que la propia creación, transformación que Cristo actúa en nosotros al estar unidos a Él por los sacramentos y la gracia. “Recordamos y celebramos litúrgicamente el día en que la pequeñez de nuestra naturaleza ha sido elevada en Cristo por encima de todos los ejércitos celestiales, de todas las categorías de ángeles, de toda la sublimidad de las potestades, hasta compartir el trono de Dios Padre -nos dice San León Magno-. Hemos sido establecidos y glorificados por este modo de obrar divino y así resplandece más maravillosamente la gracia de Dios... La fe se mantiene firme, la esperanza no vacila y el amor sigue encendido. En esto reside el vigor de los espíritus realmente grandes, esto es lo que realiza la luz de la fe en las almas fieles de verdad: creer sin vacilación lo que nuestros ojos no ven, tener fijo el deseo en lo que no puede alcanzar la mirada”.

- Esperanza de nuestra resurrección: todos somos pecadores y todos necesitamos “ese cambio radical de espíritu, mente y vida que en la Biblia se llama metánoia, conversión. Esta actitud es suscitada y alimentada por la Palabra de Dios que es revelación de la misericordia del Señor (cfr. Mc 1,15), se actúa por vía sacramental y se manifiesta en múltiples formas de caridad y servicio a los hermanos” (aperite portas Redemptori,5).

Este es el rico significado litúrgico, teológico y espiritual de la solemnidad de hoy. A este propósito deseo hacer mías las palabras que otro gran predecesor mío, San Gregorio Magno, dirigía a los fieles de Roma reunidos en San Pedro en esta fiesta: “Debemos seguir a Jesús de todo corazón allí donde sabemos por fe que subió con su cuerpo. Rehuyamos los deseos de tierra, no nos contentemos con ninguno de los vínculos de aquí, nosotros que tenemos un Padre en los cielos... Aunque os debatáis en el torbellino de los quehaceres, echad el ancla de la esperanza en la patria eterna ya desde ahora. No busque vuestra alma otra luz, sino la verdadera. Hemos oído que el Señor ascendió al cielo, pues reflexionemos con seriedad sobre aquello que creemos. No obstante la debilidad de la naturaleza humana que todavía nos retiene aquí, dejémonos atraer por el amor en pos de Él, pues estamos bien seguros de que Aquél que nos ha infundido este deseo, Jesucristo no defraudará nuestra esperanza” (In Evang, Homilia XXIX,11; PL 76,1219).

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