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Real Madrid campeón otra vez. Y con tres brasileños titulares (Eder Militao, Casemiro y Vinicius Jr), un suplente clave en toda la Champions (Rodrigo). Y otro que levantó el trofeo ayer en París por su antigüedad (Marcelo). Más un uruguayo también clave (Federico Valverde). Fue el aporte sudamericano en días de debate renovado. Lo reabrió Kylian Mbappé y le replicó el “Dibu” Martínez. Europa vs. Sudamérica. Europa, claro, tiene el poder económico. Pero su notable superioridad en esta era moderna del fútbol no se debe sólo a eso. La tranquilidad del dinero, la estabilidad de proyectos, le permitió pensar a largo plazo. Y su fútbol hoy hace escuela. Es cierto, la final de Champions ayer en París precisó de talento sudamericano. Siempre fue así.

Liverpool, que jugó mejor y habría merecido algo más, contó a su vez con su propio aporte brasileño (el arquero Allison y Fabinho), más el atacante colombiano Luis Díaz. Es el hombre de La Guajira, esa región cercana al Mar Caribe a la que no suelen llegar los beneficios, gobierne quien gobierne en una Colombia que justamente celebra hoy elecciones nacionales. Uno de los candidatos, Sergio Fajardo (relegado en las encuestas), se refirió al crack en un momento de la campaña, a la emoción que le producía verlo competir ante gigantes europeos con su físico esmirriado. Eso alimentó el mito de una supuesta desnutrición infantil de Luis Díaz, creado tiempo atrás por un entrenador juvenil de Colombia, según recordó una gran crónica publicada hace unos días por el diario El País, de España. Nada menos cierto. “Lucho”, claro, nació en un hogar humilde. Mane, su padre, comerciaba animales, vendía comida callejera y fue cocinero. Pero le apasionada la educación física y entrenaba a los niños en el pueblo de Barrancas, “Lucho” incluido. “Y fue ese padre el que le inculcó la cultura: ‘quieras ser médico, docente o futbolista, tomátelo seriamente, como tu profesión’”. Me lo contó el viernes pasado “Pocillo” Díaz, entrenador de “Lucho” en la selección indígena de la etnia wayuu. Ese padre, y toda la familia, estuvieron ayer en París.

En rigor, “Lucho”, que ayer no jugó bien, tampoco habla siquiera el idioma wayuu. Su bisabuela era wayuu y por eso lo convocaron a esa selección indígena para un Sudamericano de Chile 2015, cuando ya formaba parte de los juveniles de Junior Barranquilla, donde sí llegó más que esmirriado, a los 17 años, mientras terminaba los estudios en una escuela católica. En Junior recibió tratamiento médico para hacer crecer su masa muscular. No perdió su notable velocidad y hoy, si bien liviano, impone fuerza para la pelota dividida. Cuando lo vimos en la Copa América que ganó Argentina en Brasil quedó claro que era un “distinto”. Lo que sorprendió, en rigor, fue su notable rápida adaptación a la Premier League. En el segundo mejor equipo del fútbol inglés. En el que ayer jugó la final de la Champions. Bajo el ala protectora del DT alemán Jürgen Klopp, que lo adoptó casi como un padre.

Sudamérica siempre ofreció a Europa el talento eterno de sus cracks. Después del FIFAGate, la Conmebol inició una inevitable nueva era. Su presidente, el paraguayo Alejandro Domínguez, salió airoso la última semana de una demanda contra el ex arquero José Luis Chilavert, que fue condenado a un año de prisión por haberlo difamado. El juicio, sin embargo, casi ignorado por la prensa, recordó los vínculos del propio Domínguez con la vieja Conmebol. Y algunos dineros cobrados de los que no se tenía noticia. Pero no es la era de Nicolás Leoz. Son otros tiempos. La pérdida de hegemonía brasileño-argentina (especialmente el omnipoder de Julio Grondona) ofrece una Conmebol algo más democrática a la hora de repartir dinero y emitir sanciones, por el racismo que no se acaba, entre ellas.

A nivel deportivo, es cierto, Brasil y Argentina siguen dominando. Algunos últimos resultados de la primera fase de la Libertadores mostraron inclusive que, en algunos casos, las diferencias se están haciendo más grandes. Es lo que nos sucede a nosotros con Europa. Es el mundo que sigue siendo cada vez más desigual. Y el fútbol que no es una isla. Que forma parte de ese mundo. Y que se contagia y emociona cuando comienza a rodar la pelota. En La Bombonera o en el Maracaná. O en París, donde la Champions vivió su última fiesta, incluyendo a los miles y miles de hinchas de Liverpool que ayer buscaron ingresar como fuera al estadio y demoraron el inicio de la final, sorprendente para la organización europea. La final debía ser en San Petersburgo, pero la guerra en Ucrania cambió todo. Cambió también al dueño del campeón anterior. El ruso Roman Abramovich confirmó en las últimas horas la venta de Chelsea. El propietario nuevo es de Estados Unidos. Porque la pelota pasó a interesar también en Disney. Nadie quiere quedarse afuera de la fiesta. Ni del negocio. Lo único que parece no cambiar jamás es Real Madrid. Campeón por décimocuarta vez de la Champions.

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