Un justo homenaje a mujeres que abrieron camino

29 Mayo 2022

Para mucha gente, el rugby femenino sigue resultando entre novedoso y difícil de digerir, por esa fama de juego brusco o incluso violento con la que carga el rugby por su alto grado de contacto físico. Sin embargo, se trata de una realidad con bastante más edad de la que aparenta: el primer partido entre mujeres en Argentina se jugó en 1985, hace 37 años, aunque recién a mediados de los 90 comenzó a echar sus primeras raíces en algunos puntos del país. Tucumán, siempre vanguardista (al menos en cuestiones rugbísticas), fue uno de esos puntos: en abril de 1997, por medio de un aviso publicado en la sección deportiva de LA GACETA, la entonces Escuela de Educación Física invitó a todas las mujeres que quisieran sumarse a los entrenamientos que ya desde hacía un par de años se realizaban como clase práctica para las alumnas del profesorado. Se esperaban unas cuantas chicas en el primer llamado, pero se presentaron decenas. Fue entonces que el rugby femenino dejó atrás aquella etapa embrionaria como materia opcional en el nuevo plan de estudios y nació como deporte.

Para conmemorar los 25 años de aquel momento fundacional, se realizó en la hoy Facultad de Educación Física un acto en el que se repasaron los momentos más destacados de esa evolución y se reconoció el aporte decisivo de algunas personas que, con su trabajo silencioso y constante, ayudaron a construir la gran fuerza que es hoy el rugby femenino tucumano. Para ello, primero fue necesario derribar un pesado muro de prejuicios, que reservaba la práctica del rugby solo a los hombres y limitaba el papel de las mujeres al de espectadoras o colaboradoras en el tercer tiempo. A quienes se animaban a desafiar aquel orden establecido, se las tildaba de “machonas” o se les recordaba a viva voz que su lugar estaba en la cocina y no en la cancha.

Por eso, la celebración de ese aniversario fue un merecido homenaje para todas aquellas mujeres que hicieron oídos sordos a las voces que intentaron disuadirlas y que así fueron abriendo camino para todas las que vinieron después. También fue un reconocimiento para los hombres que creyeron en su causa y las acompañaron, aún a costa de ser vistos como “traidores” por el sector más conservador del rugby. El tiempo les dio la razón.

A partir de 2009, cuando lo que quedaba de aquellas pioneras encontró refugio en Cardenales, se inició un fenómeno expansivo que continúa hasta hoy: a la luz del absolutismo impuesto por las “Purpuradas” entre 2012 y 2015 (años en los que ganaron todo a nivel provincial y nacional sin sufrir ni una sola derrota), se produjo un efecto contagio que resultó en la proliferación de equipos femeninos en la gran mayoría de los clubes tucumanos, así como en la aparición de las primeras aspirantes a referís. Con esa base, Tucumán se posicionó rápidamente como una de las plazas más fuertes de la rama femenina en el país, primero en formato seven y ahora también en rugby 15. Eso sin contar que Tucumán es la provincia que mayor cantidad de jugadoras aporta a los seleccionados argentinos.

No obstante, aún quedan en pie algunos vestigios de aquel muro de prejuicio: la mayoría de los clubes más tradicionales de Tucumán siguen resistiéndose a la formación de equipos femeninos de rugby. No es un fenómeno aislado: lo mismo sucede en las principales uniones del país. De todos modos, hay signos alentadores: en varios de esos clubes ya es posible ver nenas jugando con varones en el rugby infantil (hasta los 14 años), única etapa en la que por reglamento se permite el rugby mixto. Quizás sea el preludio de un rugby tucumano donde a nadie se le cierren las puertas de la cancha por una cuestión de género.

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