El helicóptero de Carver

Por Jaime Priede.

21 Mayo 2022

Raymond Carver nace en 1938 en Clatskanie, una pequeña población del condado de Columbia, Oregon. Fue el primer hijo de Clevie Raymond Carver, operario de un aserradero, y de Ella Beatrice Casey, camarera. Cinco años después, en 1943, nace James Franklyn Carver, su único hermano. El hecho de ser el primogénito no le supone ninguna ventaja, más bien al contrario. Carver crece en la América profunda de los años cuarenta en una mobile-home como poco desapacible y desde una edad temprana asume responsabilidades que no le corresponden: un hermano menor, un padre que se gasta en bebida todo lo que gana y una madre que apenas pisa la mugre del hogar a cambio de un sueldo exiguo. Es fácil imaginar que nunca se lee un libro allí dentro, pero se gestan los materiales de unos cuantos. La relación con sus padres es difícil, aunque a base de cometer los mismos errores, el tiempo genera una creciente empatía con su padre y una mortificación por la deriva mental de su madre. Cruza la adolescencia pasado de kilos y con un tamaño considerable que le resta las ya de por sí exiguas posibilidades de salir indemne de ese entorno. El gesto huraño, algo embobado. Un chico lento, pero imprevisible.

La coincidencia de su nombre con el de su padre le lleva a detestar que todo el mundo le llame Raymond Carver «Junior», excepto su padre, que le llama Frog (rana). No cae bien y se encierra en un silencio que encontró en la escritura y en el alcohol dos vías de escape antagónicas: una se lo dio todo y la otra casi se lo quita. Se casa a los diecinueve años con una chica de dieciséis y poco después ya es padre de dos hijos. Bebe sin control y provoca broncas descomunales, tanto en casa como en los bares. Va dando tumbos de un trabajo ocasional a otro. Su padre deja de llamarle Frog y empieza a llamarle socarronamente Doc.

Una mañana se acerca en coche a la parte alta de Yakima, pequeña ciudad al este de Washington, para entregar un pedido de la farmacia en la que trabaja como repartidor. Mientras espera en la sala a que el anciano propietario de la casa busque su chequera, le llama la atención que haya tantos libros esparcidos por todas partes. Se fija en un ejemplar de Poetry. El anciano introduce el cheque en él y se lo regala por si algún día escribe algo y no sabe dónde mandarlo. Esa noche lee una y otra vez los poemas y las cartas de Ezra Pound, «lo que se debe y no se debe hacer al escribir». Lee una y otra vez los ensayos que debatían sobre el imaginism. Los nombres de Ezra Pound, H. D., T. S. Eliot, Richard Aldington o James Joyce llegan a resultarle muy familiares tras la jornada laboral.

Años después, Carver abría el ejemplar de otra revista, Targets, para encontrarse con “El aro de latón», su primer poema publicado. El poema se refiere al aro de latón que en su infancia aparecía por sorpresa colgado de un brazo mecánico en las calesitas. El que lograra atraparlo, se aseguraba una vuelta gratis. En sentido figurado, la expresión significa «apuntar alto, alcanzar el éxito”.

“El mundo es una amenaza para muchos de los personajes de mis historias. La gente que elijo para escribir sobre ella siente una amenaza, y creo que la mayoría de la gente siente el mundo como un lugar amenazante. Saber contarlo, ese será el reto del nuevo día.”

Carver logra alcanzar su particular aro de latón cuando deja definitivamente el alcohol (le habían dado seis meses de vida), se separa de su mujer y obtiene el premio de once vueltas gratis en esta calesita. A los 39 años, el 2 de junio de 1977, conoce a Tess Gallagher y a finales de ese mismo verano comienza su segunda vida, once años de propina que ambos comparten en Sky House, la casa de Tess en lo alto de una colina con vistas al Estrecho de Juan de Fuca, en Port Angeles, Washington. Le gusta escuchar emisoras musicales por la noche y leer a Antonio Machado. Se aficiona a la pesca, disfruta de los ríos y de la naturaleza salvaje. Vive su propina con una sola premisa inscrita en el mechero: Ahora.

Autor de un volumen de relatos titulado ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), el cambio vital propiciado por una conjunción de los astros aquel verano del 77 le abre horizontes inesperados y le hace fuerte ante el embudo de las obligaciones familiares. Su nueva vida en Port Angeles le distancia de su pasado, le hace más receptivo, propicia su época más creativa. A ello se refería Tess antes, al inicio de su introducción. Carver escribe sus mejores libros en un periodo de tiempo muy breve: De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), Catedral (1983), Bajo una luz marina (1986) y Un sendero nuevo a la cascada (1989).

“Me gustaría decirles a mis amigos escritores cuál es la mejor manera de llegar a la cumbre. No debería ser tan difícil, y debe ser tanto o más honesto que encontrar un lugar agradable para vivir. Un punto desde el que desarrollar tus habilidades, tus talentos, sin justificaciones ni excusas. Sin lamentaciones, sin necesidad de explicarse.”

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