El mes en tránsito es particularmente significativo para la historia argentina. Durante su transcurso, en 1810, se gestó la revolución que derivó en la formación del primer gobierno criollo. “El primer gobierno patrio”, enseña la bibliografía escolar. La trascendencia del hecho es tal que la historia refiere al “Espíritu de Mayo”. Una hora americana en la que puede cifrarse, si acaso no la parición, por lo menos la consolidación de la ciudadanía. “El pueblo quiere saber de qué se trata” es el sintagma que sintetiza el interés de una sociedad por los asuntos públicos. Los habitantes dejan de ser “vecinos” y devienen sujetos políticos: ciudadanos.

Este mayo es distinto. Trágicamente opuesto. Durante la semana que termina, justamente, se pudo apreciar la sustanciación de un gobierno criollo compuesto por autoridades que actúan en nombre de que nada se sepa. Lo cual, por cierto, no es una opinión de la oposición sino una confesión oficialista.

“Mi gobierno nunca ha ocultado la pobreza”, aseveró Alberto Fernández el lunes pasado. Fue su primera respuesta al largo rosario de cuestionamientos que le viene rezando su socia política desde que asumieron como Presidente y Vicepresidenta. Precisamente, el viernes anterior, Cristina Kirchner había vuelto a disparar contra el Gobierno. “El principal problema hoy, como siempre, es la economía. (…) La inflación no se detiene. (…) Los argentinos no tienen para llegar a fin de mes, sus ingresos no alcanzan, no tienen trabajo, no pueden pagar el alquiler, los alimentos y otras cosas suben todos los días”, había dicho la titular del Senado.

El síndrome de incoherencia patológica del cuarto gobierno kirchnerista atraviesa un brote. Por un lado, la Vicepresidenta (por estos días a cargo del Poder Ejecutivo) se comporta casi como una comentarista de la política del Gobierno, como si ella fuera ajena a su composición. Como si ella no hubiese elegido a Alberto para compañero de fórmula.

Por otra parte, el Presidente machaca con que los anteriores gobiernos kirchneristas se dedicaron a adulterar a consciencia las estadísticas oficiales. Durante la segunda presidencia de Cristina, el Gobierno dejó de medir de la pobreza, con el argumento rigurosamente vacío de Axel Kicillof, entonces ministro de Economía, de que determinar ese dato no era esencial para diagnosticar la salud social de la comunidad sino que, en realidad, era un índice que estigmatizaba a los pobres. Porque el problema de los pobres no es la pobreza sino que se sepa estadísticamente que son pobres. Entonces, mejor que no se sepa…

Si bien la respuesta del Presidente es certera, presenta un inconveniente: la malversación de los índices económicos (inflación, pobreza, crecimiento…) comenzó con la intervención del Indec, perpetrada por Néstor Kirchner en 2007 (el último año de su presidencia); y continuada por su esposa. Y resulta que Alberto fue jefe de Gabinete de Néstor y también de Cristina. O sea, Alberto intervino el Indec. Y así lo mantuvo mientras fue funcionario “K”. Así que su Gobierno no ocultó la pobreza, pero él sí la escondió para sus antiguos jefes políticos.

La ausencia de lógica es paradigmática en el discurso oficialista: el dilema no radica en que Alberto critica a Cristina mientras Cristina critica a Alberto y hay que elucidar quién tiene razón y quién se equivoca. La paradoja es que los dos son lo mismo. Y entonces el “relato” es un camión sin barandas, que transita sus pseudo certezas a los volantazos, dejando legiones de justificadores dando tumbos argumentales en las banquinas.

Por supuesto, la sinrazón no es meramente retroactiva. Se extiende sobre el presente y se proyecta hacia el futuro, en un ejercicio de movimiento perpetuo.

Chorizos y ajos

Por estas horas, el elemento revelador es la discusión que acaba de iniciarse en el Congreso para establecer el sistema de boleta única para los comicios. Las iniciativas que se debaten en comisión son todas de la oposición, que espera obtener dictamen este mes, para llevar el debate al recinto en junio. El desafío es conseguir los votos. Hasta aquí, el massismo se inclina por un sistema de boleta única, pero no en papel sino electrónica, como el que emplea Salta. El resto del peronismo sólo opone resistencia.

El viernes pasado, durante la visita a Chaco en que criticó la política económica del Gobierno (ese mismo que ella integra), Cristina se pronunció tajantemente en contra. “Es un pedazo de papel con una cantidad tremenda de partidos donde sólo se conoce al primer candidato”, aseveró. Luego, en un alarde argumentativo, agregó: “Es una boleta donde vos votás una lista de diputados, pero no sabés si hay chorizos, si hay ajos”.

Esta semana, el Presidente, tras criticar la política estadística de los gobiernos kirchneristas anteriores (esos mismos que él integró), coincidió con Cristina. “El sistema electoral argentino es una de las pocas cosas que funcionan bien, ¿por qué entonces plantean cambiarlo?”, inquirió. Y dejó en claro que, no importa la circunstancia, este Gobierno jamás dejará de “hablarse” encima…

Aquí y allá

En la aseveración presidencial opera, en primer término, el afloramiento de una verdad que el oficialismo intenta negar: muy pocas cosas están andando bien en el país administrado por el cuarto kirchnerismo. A modo de ejemplo, ayer se conoció que la inflación de abril alcanzó el 6%. Con ello, tan sólo en el primer cuatrimestre, el acumulado es del 23,1%. Pero el oficialismo no quiere saberlo. Entonces el comunicado oficial del Indec lleva, por título, el anunció de que la inflación “retrocedió” el mes pasado, porque la compara con marzo, cuando trepó al 6,7%. La proyección es que el acumulado de este año supere el 60%. Con lo cual, del “estamos mal, pero vamos bien” del menemismo pasamos al “vamos mal, pero podría ser peor”.

En Europa, como agravante, el Presidente le echó la culpa a “la guerra” (siempre omite aclarar que estalló por la invasión de Rusia a Ucrania), que disparó el precio de los alimentos en todo el mundo. Pero cuando la prensa le advirtió que el resto de los países no inflaciona al 60% anual (Argentina está cuarta en ese ranking oprobioso), Alberto dio un dato que desafía la realidad. “Si vos vas del 50% al 60%, creces un 20%” de inflación, afirmó respecto del caso argentino en una entrevista con el diario El País. “Pero Estados Unidos, que del 1% puede llegar al 10%, habrá crecido el 900%”, declaró. Ojalá refuercen los controles migratorios, porque se viene una estampida de estadounidenses a establecerse en la Argentina para gozar de un poco de estabilidad económica.

Por cierto: esta no es la parte más preocupante de la retórica del jefe de Estado para justificar su “no” a la boleta única. Lo inquietante es su aseveración de que el actual sistema para sufragar con papeletas volantes “funcionan bien”.

O Tucumán ya no es parte de la Argentina o el Gobierno decidió “no saber” lo que ocurre aquí cuando hay comicios.

Bestiario y exorcismo

Tucumán es un completo bestiario de prácticas electorales fraudulentas que desautoriza la pretensión presidencial. Basta rememorar los comicios de 2015, cuando esta provincia fue la mala noticia de la Argentina. Hubo urnas “embarazadas” (llegaban cargadas de votos a la mesa), “refajadas” (como lo mostró una cámara en el depósito de custodia de la Junta Electoral Provincial) e “incineradas” (en las calles de la comuna de San Pablo). Ni hablar del “voto cadena” y del robo de boletas en el cuarto oscuro para coartar la libre elección del votante. Y como la papeleta volante le puede ser “calzada” al elector antes de que llegue al centro de votación, se despliegan en derredor monstruosidades como el bolsoneo, el acarreo de electores, o el pago con dinero o tickets de supermercados.

La boleta única exorciza esas abominaciones. A cada mesa de votación se le asigna un número de papeletas idéntico a la cifra de empadronadas para sufragar allí. Las autoridades de mesa entregan una a cada elector y las que no son usadas se devuelven junto con la urna. El Estado ahorraría porque ya no debería asistir a cada partido con un subsidio para que imprima sus propias boletas. El gasto político disminuiría porque los partidos ya no deberían pagar fiscales. El acto eleccionario ganaría transparencia y celeridad en el escrutinio.

Oponerse a la boleta única equivale a decirle “no” a un mecanismo que perfecciona la democracia. Y es decirle “sí” a las aberraciones clientelares montadas alrededor de un sistema que sólo promueve el despilfarro, la opacidad y la desigualdad entre las fuerzas políticas. O lo que es igual, las prácticas fraudulentas.

Eso sí: no importa lo que ocurra en el Congreso de la Nación, los ciudadanos de Tucumán seguirán sin saber lo que es ir a votar con boleta única. La razón: el régimen de “acoples” establecido en la Constitución alperovichista de 2006.

Licuación y ciudadanía

En la elección provincial de 2019 se inscribieron 77 partidos provinciales. ¿En qué boleta única puede caber semejante disparate? Es tan descabellado que haya tal número de fuerzas que ni siquiera hay un nombre para el régimen que configuran. Los sistemas bipartidistas tiene, lógicamente, dos agrupaciones. Los “multipartidistas”, hasta cinco. Los “pluripartidistas”, hasta 10. ¿Pero 77?

El problema, por supuesto, no se reduce a la mecánica para sufragar. Gracias a semejante cifra, para disputar los 347 cargos electivos en disputa (gobernador y vice, intendentes y ediles, legisladores y delegados comunales) se inscribieron 18.651 candidatos. Considerando que la población es de 1,4 millón de habitantes, hubo un postulante cada 75 habitantes. El resultado es la licuación de la representación popular. Hay legisladores dictando leyes para toda la provincia sin más respaldo que 10.000 voluntades.

La perspectiva para 2023 no mejora: según el último informe de la Junta Electoral, los partidos locales ya suman 103.

El Gobierno que proclama que no hace falta introducir cambios en el sistema electoral porque “funciona bien” parece no querer saber que menos transparencia electoral nunca resultará en más democracia. Mantener el régimen electoral actual sólo acarreará más atraso en materia de derechos políticos, que no son otra cosa que derechos de ciudadanía.

El retraso es tan palmario que, por momentos, el “Espíritu de Mayo” no luce como un pasado glorioso, sino como un futuro azul, pero lejano.

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