Un mundo donde el poder y la muerte asedian lo filial

Por Carmen Perilli para LA GACETA.

07 Mayo 2022

Entre 1980 y 2000 el movimiento maoísta Sendero Luminoso ocupa el escenario político del Perú y sus acciones terroristas se apoyan en un discurso delirante. El terrorismo gubernamental responde con la tortura y la muerte; la desterritorialización y el etnocidio.

La violencia política se convierte el tema central de la novela peruana, que, urgida por la guerra y sus secuelas, busca nuevos modos de representación. Historia de Mayta de Mario Vargas Llosa (1984) es la primera que pone en escena la problemática. La captura de Abimael Guzmán y la posterior caída de Alberto Fujimori y su ministro Vladimiro Montesinos, no han saldado la deuda histórica contraída. El Informe de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación es un gran avance, pero falta mucho para esclarecer los crímenes.

Abril Rojo de Santiago Roncagliolo ha recibido prestigiosos premios. El autor aprovecha la violencia religiosa propia de la fiesta ayacuchana de Semana Santa, caracterizada por las extremas autoflagelaciones, que la han convertido en una suerte de meca turística. La acción se sitúa en el gobierno de Fujimori. Los tres epígrafes refieren a Sendero Luminoso y a su concepción de guerra santa.

Un mundo donde los hombres pierden los hilos de su filiación asediados por el poder y la muerte. La heterogeneidad se infiltra en la configuración interna del texto que se sirve de diversos géneros: el diario, el escrito jurídico, el thriller, la autobiografía. Es indudable el diálogo con Vargas Llosa. El Fiscal Distrital Adjunto Félix Chacaltana Saldívar replica a Pantaleón Pantoja, de Pantaleón y las Visitadoras. Un patético cruzado de las formas, intenta imponerlas a un mundo que lo ignora. Las voces de militares y policías evocan a los mundos violentos y humorísticos de los militares de La ciudad y los perros. El uso de los mitos andinos y la lectura de los códigos religiosos y culturales remiten a Lituma en los Andes.

La ficción policial gira alrededor del hallazgo del cuerpo mutilado en Quinua produce desconcierto e inicia una serie de crímenes rituales en la Cuaresma. Chacaltana apela a una legalidad formal para enfrentar el horror. Sus acciones lo enfrentan a la guerra interminable. La ironía desestabiliza la lógica interior del texto.

En la solitaria casa familiar el fiscal monologa con la madre muerta. Ayacucho oculta los secretos del poder la iglesia y el ejército. El aire está lleno de incomprensibles palabras. Edith figura bienhechora, podría abrir las puertas del futuro, pero su destino es la muerte.

El narrador describe a los campesinos como animales incomprensibles. Justino, casi en estado bestial, profiere “espumarajos en quechua”. El Fiscal se queja de la familia que lo aloja: “Esta gente no habla que no sabe comunicarse… está como muerta”. El quechua es la lengua imposible de un mundo subalterno, definido por la falta y la inferioridad.

En ese “rincón de los muertos” que es Ayacucho, están los residuos de historias y cuerpos anónimos convertidos en cenizas en los crematorios o en cuerpos destrozados en las fosas: “Todos partiéndose la cara, que es donde más sangra. Creían que su sangre irritaría la tierra”.

Detrás del delirio del asesino que escribe el diario está el mito del Inkarrí- la historia del primer Inca y su cuerpo desmembrado. En Quinua “La pampa transmitía la música de la muerte”, los hijos de los terrucos continúan encendiendo fuegos en los cerros y colgando perros sangrantes.

El fiscal debe enfrentar su propio delito. Es un Quijote intoxicado con decretos y leyes, no puede aceptar sus acciones. Al final aprende que los muertos. “Se quedan gritando para siempre”. Un personaje oscuro representa la perversa racionalidad estatal: el agente Carlos Martín Elespuru.

Abril Rojo, es una novela del padre, en tanto novela de la ley. Los fantasmas de los padres asedian desde el pasado. Todos están marcados por la violencia: “Nadie quería hablar de eso… El fiscal pensó que la memoria de los años 80 era como la tierra silenciosa de los cementerios. La única que todos comparten, la única de la que nadie habla”.

Roncagliolo construye una parodia de la relación entre la ley y la verdad. Los indígenas, los verdaderos testigos, quedan fuera de la historia. En esta novela peruana, como en Pedro Páramo, los hijos intentan recuperar la memoria de los padres y se responsabilizan por sus actos aún al precio de la locura y la muerte.

© LA GACETA / CARMEN PERILLI 

NOVELA: ABRIL ROJO / SANTIAGO RONCAGLIOLO (Seix Barral – México).

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