¿Hace 50 años estábamos mejor o peor?

¿Hace 50 años estábamos mejor o peor?

Durante muchísimo tiempo LA GACETA publicó una pequeña sección llamada “Hace 50 años”. Eran dos o tres pildoritas que no dejaban de llamar la atención, el rescate de episodios que en su momento habían conmocionado a la provincia, al país o al mundo, puestos a dialogar con la información caliente del día por el sólo hecho de convivir en el populoso armado de una página “sábana”. Aquel infaltable recuadrito -y sus párrafos artesanalmente separados por tres asteriscos- era un ejercicio cotidiano de memoria. “Cae el Gobierno de Yrigoyen”, consignaba el 6 de septiembre de 1980, a exacto medio siglo del primer golpe de Estado. La historia pide a gritos que aprendamos de ella. Hoy está de modo ignorarla o, lo que es más grave, manipularla.

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Hace 50 años, durante la primera semana de mayo de 1972, aterrizó en Tucumán el General Alejandro Agustín Lanusse. Fue el tercer mandatario de facto de aquella Revolución Argentina que había tumbado al presidente Arturo Illia seis años antes. Lanusse pulseaba a la distancia con Perón, que aguardaba su momento en la madrileña Puerta de Hierro. “No le da el cuero para volver”, toreaba Lanusse a su antiguo compañero de armas. Hasta que el otro General efectivamente regresó, en noviembre de ese mismo año. Pero dejemos esa jugosa anécdota para otro momento. Estamos con el Tucumán de hace medio siglo, cuando el impacto por el cierre de los ingenios se mantenía fresquito y contemporáneo, mientras la calle era un tembladeral. La provincia se notaba groggy y el dictador llegó con una promesa: transformar su realidad.

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Lanusse pintó un panorama idílico para el Tucumán del futuro. Comprometió recursos para la reconstrucción económica y social, anunció cambios de fondo en la infraestructura, anticipó un regreso al perdido camino de la grandeza. El gobernador Oscar Emilio Sarrulle no se le despegó ni un instante.

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La mayoría de las promesas quedó reducida a una irrelevante colección de notas al margen. No fue la primera ni sería la última vez que al almita tucumana le harían caricias impostadas. Pero una de aquellas iniciativas -al menos una- encontró un final feliz. Fue la promulgación de la Ley 19.614, que otorgaba beneficios impositivos para la instalación de fábricas de automotores en la provincia. Ya estaba en marcha en ese momento el plan de radicación de Scania, que terminó inaugurando la planta de Colombres tiempo después, el 26 de marzo de 1976. Esta normativa auguraba la posibilidad de reperfilar la matriz productiva regional: no había hace 50 años fábricas del rubro automotor en el NOA, concentradas entonces en el Gran Buenos Aires y en Córdoba. Apelaba además a la lógica de un país que en el decenio 1964-1974 alcanzó la plenitud de su desarrollo industrial, medida en el volumen de la producción conjunta en todos los rubros. Ese era, de paso, el espíritu del Operativo Tucumán, apuntado a paliar el desmantelamiento de buena parte del aparato azucarero con la diversificación del parque industrial. El resultado de todo eso ese proceso es ampliamente conocido.

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La tapa de LA GACETA que nos acompaña muestra una imagen impactante. Esto narra el epígrafe: “al ser localizado en medio del gentío agolpado frente a la Casa de Gobierno, este policía de civil pasó por un duro trance. Para liberarse del asedio del público desenfundó su pistola e intempestivamente apuntó y apretó el gatillo sin que saliera el disparo. La intervención de otros policías evitó una tragedia”. Una noticia de esta naturaleza, fotografía incluida, hoy generaría un escándalo internacional. En aquel contexto de 1972 la violencia se había naturalizado de tal modo que no eran más que manchas sumándose en el lomo de un tigre indomable. La efervescencia social -traducida en los Tucumanazos- daba cuenta de movimientos en los que convergían trabajadores y estudiantes, activos en la lucha contra una dictadura exhausta (en ese discurso de mayo Lanusse habló de “institucionalización”, aunque para las elecciones hubo que esperar a marzo de 1973). Y se sumaban las organizaciones armadas, plenamente activas, a las que se enfrentaba la Policía. La crónica roja formaba parte de una dolorosa realidad, esa que el dictador pretendía cambiar de raíz.

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La historia nos cuenta que hace 50 años Tucumán, convulsionado, buscaba un poco de luz. Las heridas estaban abiertas y sangrantes, y de tan profundas, fue imposible hacerlas cicatrizar del todo. Hasta hoy. Muchos de aquellos problemas estructurales siguen vigentes, agravados por la pauperización generalizada. Pobreza reflejada en las necesidades básicas insatisfechas de cientos de miles de comprovincianos, pero también pobreza de ideas, de propuestas, de creatividad, de soluciones. Ese túnel del tiempo que era el “Hace 50 años” invitaba a mirarse en el espejo y pensar dónde estábamos parados. Una pausa en la vorágine de la jornada. Sirva esta columna como pequeño homenaje a aquel remanso cultural que proponía LA GACETA, de la mano de un recuerdo escogido en la misma sintonía.

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