Asintomáticos y estúpidamente despreocupados

Por Juan María Segura - Columnista invitado.

09 Abril 2022

El lenguaje del ser humano es generativo y adaptativo, afirma con certeza el científico del MIT Robert Logan. Gracias a ello, el hombre como especie se vale tal vez de la herramienta más valiosa que posee para dialogar con los problemas y avatares de su época de una manera dinámica. Adaptarse, sobrevivir y mejorar su condición es lo que desea, y para ello requiere herramientas útiles, el lenguaje una de ellas.

En los últimos dos años, nuestro entorno se modificó repentinamente en todo el planeta, y lo mismo ocurrió con nuestro lenguaje. Palabras y términos como protocolo, burbuja, dosis, fase, testeo, r1 o PCR, por mencionar algunas, se incorporaron a casi todos nuestros diálogos y pensamientos. Las palabras seleccionadas de los años 2020 y 2021, según diferentes fuentes (Oxford, Merriam-Webster, Collins, American Dialect Society), fueron covid-19, pandemia, lockdown (aislamiento), vaccine (vacuna) y vax (abreviación de vacuna). Un único tópico nos atravesó a todos por igual.

Sin dudas la experiencia del flagelo de la covid-19, asunto del que parecería que estamos saliendo (Dios lo permita…), nos ha transformado en muchos aspectos, y el lenguaje no estuvo ajeno a dicha transformación. De tanto que hablamos, nos preocupamos y debatimos sobre contagios, vacunas, encierros y distanciamientos, nuestra mente se reorganizó, ubicando a todos los términos y conceptos derivados de este virus y asunto en particular en una posición cognitiva central. Inicialmente solo con el propósito de hablar de medicina y salud, para comprenden mejor el fenómeno y escapar de sus peligros, pero luego para hablar casi de cualquier tema. Ya es frecuente que en nuestras conversaciones aparezcan “protocolos”, y no solo para explicar aspectos de la pandemia, sino también para hacer referencia a formas de organizar nuestro hogar, a diseños de proyectos laborales o a viajes familiares. Todo, o casi todo, actualmente puede ser explicado a través de la jerga “pandémica”.

¿Le suena?

Un término particularmente interesante de la pandemia, relevante para hacer inteligibles otros aspectos de nuestra vida, en particular relacionados con la educación, es el de asintomático. En medicina, una afección se considera asintomática si el paciente es un portador de una enfermedad o infección pero no experimenta síntomas. ¿Le suena? Todos sentimos que, en algún momento de este tiempo que nos tocó vivir, fuimos asintomáticos. Estuvimos enfermos, y no nos enteramos.

Una condición puede ser asintomática si no presenta los síntomas notables con los que normalmente se la asocia. Las infecciones asintomáticas también se llaman infecciones subclínicas. Las condiciones asintomáticas pueden no ser descubiertas hasta que el paciente es sometido a pruebas específicas (rayos X o análisis de sangre en medicina, por ejemplo). Algunas personas pueden permanecer asintomáticas por un período de tiempo notablemente largo, como personas con algunas formas de cáncer. Si un paciente es asintomático, deben tomarse medidas de precaución. A veces, cuando los síntomas se manifiestan, ya es demasiado tarde para actuar.

Si bien llevamos dos años discutiendo sobre la condición de asintomático frente a la infección de covid-19, me pregunto si acaso no estamos siendo asintomáticos hace tiempo en otras condiciones tan o más relevantes, si no estamos siendo portadores de otras infecciones o afecciones de una manera subclínica sin que aún se hayan disparado todas las alarmas que deberían llevarnos a tomar las medidas de precaución o reparación necesarias.

Una situación penosa

En educación estamos viviendo hace décadas una situación escolar penosa. En materia de aprendizajes, que es tal vez el objetivo principal por el cual el Estado diseña, financia y regula el funcionamiento de un sistema nacional, venimos empeorando consistentemente. Lo indicaban las pruebas nacionales ONE antes, luego todos los Operativos Aprender, y en paralelo las mediciones regionales de la Unesco e internacionales de la OECD. El dato es tan coincidente como inobjetable, la escuela cada vez enseña menos y lo hace peor. Y de tan poco que enseña, y de tan mal que lo hace, ha ido forzando a la educación superior terciaria y universitaria a bajar sus exigencias, requisitos y estándares de trabajo. Cuando en el primer año de ingreso a la universidad hay que incluir talleres de lectoescritura y refuerzos de matemáticas, es porque algo está mal de verdad.

Claro que los alumnos que llegan a la instancia de la educación terciaria o universitaria, todos poseen un certificado que acredita que completaron la etapa de escolaridad. La pregunta es, ¿la completaron? Digo, en términos de aprendizajes escolares, ¿la completaron? Entonces, ¿cómo es posible que se los esté graduando, que se los esté engañando con la ilusión de la escolaridad completada? ¿Cómo es posible que el sistema, acomodando sus argumentos, normativas y resoluciones, les enseñe a todos sus alumnos que si aprenden es mejor, pero que si no lo hacen tampoco es tan importante?

Síntomas graves

Volviendo a la condición de asintomático, ¿cuál sería un síntoma grave del proceso escolar que nos escandalizaría y nos obligaría a intervenir el sistema? Que repita un porcentaje elevado equivalente al que no logra los aprendizajes de cada ciclo (suena a pura lógica, ¿verdad?), o que solo gradúe el que está en condiciones de iniciar el proceso educativo subsiguiente. Según el Operativo Aprender de 2019, solo estaban en condiciones de graduar en el área de matemáticas en el último año escolar el 28% de los alumnos de todo el país. Y sabemos que ello no ocurrió, que graduaron todos.

El sistema escolar, los actores del sistema escolar, los responsables del sistema escolar, se han ocupado durante estas penosas décadas de volver asintomáticos gravísimos problemas de aprendizaje, ya sea fusionando grados, alterando las formas de evaluación o directamente dictaminando que los alumnos continúen su progreso escolar (pasarle el problema al nivel educativo subsiguiente) a pesar de las carencias de aprendizajes para no “estigmatizarlos”. Me he cansado de ver escritos, argumentos y resoluciones favoreciendo cobardemente este proceso tan poco virtuoso, tan ruin.

¿Hasta cuándo?

Es así como llegamos a este punto de nuestra historia, asintomáticos y estúpidamente despreocupados en materia educativa. Me pregunto cuánto tiempo más podremos sostener la mentira, la ilusión de la escolaridad, la hipocresía de que como no hay tantos alumnos repitentes, entonces resulta que no estamos tan mal. Pues ojo, que la condición asintomática del analfabetismo, que ya se puede verificar sin mucho esfuerzo en gran cantidad de alumnos avanzados de la escuela primaria, es una bomba de tiempo social para el país. Esos niños y niñas, esos jóvenes de condición subclínica que transitan sin grandes preocupaciones la experiencia escolar, un día serán doctores, arquitectos, bioquímicos, profesores, ingenieros, ¡políticos! ¿Acaso usted querrá transitar sus puentes, utilizar sus medicinas o habitar sus ideas de democracia? Estamos a tiempo de evitarlo, pero debemos comenzar ya.

Imagine llegar al aniversario 40 de la democracia con 17 millones de pobres (un presente inmoral desde donde se lo mire) y esta bomba de tiempo educativa sin que a nadie le preocupe (un futuro sin esperanza ni progreso). ¿Es lo que deseamos de nuestra querida Argentina?

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