El “Mono” ya hacía trekking y filosofaba

Doctor en Filosofía, columnista invitado.

Por Santiago Garmendia 03 Abril 2022

Nadie camina como antes. La gente se ejercita mucho más, mejor equipada, musicalizada, con entrenador y hasta con luces. Pero no se pasea divagando por las plazas, calles o cerros. La fascinación es, por el contrario, anular la cabeza. Movernos, sacudirnos, estrujarnos a nosotros mismos para no usarla, salvo que algún día inventen mancuernas para las orejas. El masoquismo de moda es el Crossfit. Su creador, Greg Glassman (¡Súpervidrio!), bautizó las rutinas, unas “con nombres de mujeres en referencia a los huracanes americanos, y otros con nombres de héroes militares, policías o bomberos, entre otros, como homenaje”, dice Wikipedia. Miren por caso la rutina BARBARA, el mismo nombre de la forma silogística aristotélica perfecta. La rutina BARBARA sería, según la misma fuente, “completar en el menor tiempo posible cinco rondas. Cada ronda incluye: 20 dominadas, 30 fondos de suelo, 40 abdominales y 50 sentadillas”. Pero eso no es nada, la intensidad puede ser la EMOM, que es como poner quinta en la calle Buenos Aires al 100: “De las siglas en inglés Every Minute on the Minute. Es un tipo de entrenamiento basado en realizar cierto número de repeticiones de un ejercicio específico durante un período de tiempo de un minuto”. El descanso son los segundos que sobren del minuto. ¡Ociosos! ¡Les quedan al menos siete segundos para sentarse en un árbol a morder un palito de hierba!

A contrapelo de Súpervidrio está Félix Eduardo Herrera, el renombrado matemático tucumano. Solíamos acompañarlo en vacaciones de verano por la cuesta del Hospital de Tafí del Valle, al que bajaba todos los días. Tenía más de 70 años y el paseo era muy lento. “El Mono”, así le decían, era el ancla que nos demoraba, con su bastón y la boina ladeada. Pero no caminaba despacio por limitaciones físicas, sino por culpa de su cabeza ilimitada. Cada dos por tres, paraba y elegía a alguno para hacerle una pregunta. “A ver, Santiago, tú que tienes ya 15 años…”, y me acribillaba con cosas tales como “¿sabés lo que significa acre? ¿Cuántas formas de sentarnos tenemos en una mesa de cuatro sillas? ¿Cuándo empieza realmente el segundo milenio?”. Eran algunas de sus rutinas. Con una particularidad: antes de que uno responda, advertía: “ojo… ten en cuenta lo siguiente”, como diciendo, ya sé que lo que vas a decir y estás equivocado. No sé si a Eduardo Herrera le gustaba caminar, había sido gran fumador, amaba el buen comer y beber. Pero, más que nada, le gustaba hablar y preguntar. Nos hacía, digamos, un Crossfit mental. Su BARBARA nos dejaba exhaustos y sabíamos que él seguiría el resto de la jornada acechando cabezas, advirtiendo contra las preguntas apresuradas, para a la noche sentarse tranquilo a revisar teoremas. Uno de esos primos de la cuesta descubrió en la Facultad que podía identificar a los docentes que fueron alumnos del “Mono” Herrera porque escribían un “ojo” recuadrado en el pizarrón cuando había un error frecuente.

Ramón del Castillo escribió un libro imperdible: “Filósofos de paseo”. Allí describe las caminatas de célebres filósofos que tenían por costumbre pasear pensando: Hegel, Nietzsche, Heidegger, Sartre, Adorno, entre otros. No trata del Castillo de los itinerarios de esos personajes, sino que es una filosofía del caminar, una muestra de la importancia del divagar en movimiento, ejemplificada con esos grandes cráneos. Ahí encontramos esta idea de Breton: “Andar nos predispone para la metamorfosis de nuestra mirada sobre el mundo”. Ojo.

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