La famosa novela “El nombre de la Rosa” gira en torno a una biblioteca que es “un gran laberinto, signo del laberinto que es el mundo. Cuando entras en ella, no sabes si saldrás”. Allí hay un libro prohibido, que se pensaba perdido por siempre, en el que Aristóteles, “El filósofo”, reflexiona acerca de la comedia y de la risa. Una joya envenenada, pues el libro fue copiado del original con una tinta letal por mero contacto con la piel, para que nadie sobreviva a su lectura. El malvado guardián explica las razones del recelo respecto al libro: “la risa es la debilidad, la corrupción, la insipidez de nuestra carne. La risa distrae, por algunos instantes, al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y de este libro podría saltar la chispa luciferina que encendería un nuevo incendio en todo el mundo; y la risa sería el nuevo arte, ignorado incluso por Prometeo, capaz de aniquilar el miedo”. ¡Pavada de lío!
Pero nosotros, en Tucumán, podemos estar tranquilos; esto nunca va a ocurrir aquí. Al hecho de que el libro esté efectivamente perdido -o no haya existido nunca– debemos sumar que no tenemos nada que se parezca a una biblioteca, a lo que debiera ser una biblioteca, a lo que fueron aquí mismo las bibliotecas. Trate alguno de los lectores de jugar a las escondidas en una de las que conozca y vivirá los segundos más olvidables de su vida. La emoción puede estar más bien en si se le cae el techo o en apostarse a sí mismo si el animal que lo mira es felino o roedor. Desde ya que no hay masas clamando por una biblioteca como la que sugerimos, repetimos que sea una en la que uno pueda perderse, donde pueda haber un libro cósmico, aunque no lo haya, pero que sean tantos libros que siempre queden.
Hace décadas, una película llamada “El campo de los sueños” apareció entre otras. Pero, aunque tenía un galán y se trataba de béisbol -ese deporte que es una jerigonza de gente grande en piyamas-, no es una historia superficial. Basada en una gran novela de Joe W.P. Kinsella, el texto original tiene como a uno de sus personajes a J.D. Salinger, el más maldito de los escritores norteamericanos. Salinger, como sabemos, se encargó de no ser visto jamás después de publicar “El guardián en el centeno”. Al enterarse de que aparecía como personaje del libro de Kinsella se puso loco. Pero cuando se asomaba la idea insoportable de una película, pleiteó desde las sombras para que no se usara su figura en el film. Así que camuflaron su personaje, con otro nombre y otro aspecto (lo interpretó James Earl Jones). Pero esas capas de distracción -Salinger escrito por Kinsella, con otro nombre, con un actor afroamericano- no opaca que se haya producido en ese choque de espejos e identidades el monólogo más fascinante del cine yanqui. En la escena, un escritor insoportable necesita convencer a un campesino de que no entregue sus tierras al banco donde están hipotecadas, porque pagaría sus deudas de un modo mágico. La gente vendría a su campo de béisbol, en el medio de la finca, para ver la historia de ese deporte que se hace presente cada domingo (sí, así de tonto el asunto, como que en un potrero en medio de un cañaveral aparezca Maradona y la selección del año 50). Lo que interesa es cómo lo dice, cómo ubica al deporte en la historia nacional:
…verán el partido y será como si se sumergieran en aguas mágicas. Los recuerdos serán tan espesos que tendrán que quitárselos de la cara. La gente vendrá, Ray… el béisbol ha marcado la época. Este campo, este juego, es parte de nuestro pasado, Ray. Nos recuerda todo lo que una vez fue bueno y podría volver a serlo. Oh... la gente vendrá, Ray. La gente, definitivamente, vendrá.
La gente vendrá a una gran biblioteca. No es una apuesta que podamos darnos el lujo de no hacer. Un lugar donde se lea, se encuentren escritoras, artistas, gente de todas partes. Que celebre la semana de Harry Potter y la del Curupí, que contacte a las distintas generaciones de tucumanos. No sé dónde, quizás en el edificio del Correo o en Casa de Gobierno o en lugar de un shopping. Pero no debiera haber edificio más importante. Quizás la risa no sea un libro sino su búsqueda, pero no solitaria sino con otros tucumanos que, quién hubiera dicho, vinieron nomás.








