Doctor en filosofía-columnista invitado
Jonathan Swift escribió el mejor libro de aventuras que puede escribir quien quiere viajar hacia dentro de la propia cultura: se llamó “Los Viajes de Gulliver”. En sus páginas, llenas de sabiduría socarrona, hay una muy divertida donde describe una escena en la que los sabios científicos de la Academia de Laputa de Ciencia cargaban en sus hombros todo aquello de lo que quisieran hablar. Para evitar confusiones preferían estar cerca de las cosas sobre las que discurrían, porque no cabe duda de que al calor de la experiencia inmediata es que se conoce mejor. Claro que no es fácil, tiene un pequeño inconveniente logístico, por así llamarlo, hay que llevarlo todo. Aquí el razonamiento:
Siendo las palabras simplemente los nombres de las cosas, sería más conveniente que cada persona llevase consigo todas aquellas cosas de las que fuese necesario hablar en el asunto especial sobre que había de discurrir... Los más sabios y eruditos se adhirieron al nuevo método de expresarse por medio de cosas: lo que presenta como único inconveniente el que cuando un hombre se ocupa de grandes y diversos asuntos se ve obligado, en proporción, a llevar a espaldas un gran talego de cosas, a menos que pueda pagar uno o dos robustos criados que le asistan. Yo he visto muchas veces a dos de estos sabios, casi abrumados por el peso de sus fardos, como van nuestros buhoneros, encontrarse en la calle, echar la carga a tierra, abrir los talegos y conversar durante una hora; y luego, meter los utensilios, ayudarse mutuamente a reasumir la carga y despedirse. (Tercer viaje de Gulliver).
En estos días en que los tucumanitos y tucumanitas han comenzado las clases, la divertida ironía de Swift se vuelve una amarga realidad. El sistema educativo ha cambiado y para bien, pero tiene entre sus puntos flacos la salud traumatológica de nuestra niñez.
Es que el viejo adagio africano de que hace falta toda una tribu para educar a un niño parece haber sido tomado de modo literal en la escuela actual. Por consiguiente, los pequeños estudiantes pasaron de tener un par de maestras a una verdadera tribu de docentes. De un par de cuadernos, uno tapa dura y otro blanda (Schkolnik los describió “Temible\ el cuaderno único\ Trajinado y pobre \el borrador“), se pasó a llevar cerca de una docena de cartapacios enormes. Claro que no debemos caer en la melancolía barata, a la pobre Señorita Muña de mi primer grado le faltaba subirse al techo para apretar las chapas en la Escuela Mitre. Pero un niño de nueve años, en un muy buen colegio administrado por seres racionales, con nombre de santidad polisémica, tiene más de ocho materias, con cinco carpetas y un par de cuadernos “abecé“.
Me preocupa ese espectáculo tan parecido al de Swift, con el agravante de que ellos no eligieron la carga, aquello de lo que quieren hablar, ni parecen estar más cerca de las cosas, sino ensimismados en el esfuerzo de cargarlas. Los vemos todos los días con los baúles al hombro o tirando de sus extensiones. Escuchamos esas rueditas, nos damos cuenta por ellas cuando la vereda cambia de textura. No sacan carpetas: desensillan. No tienen más de diez años y pasan a nuestro lado con las caras infladas del esfuerzo. Además de recordarme lo peor del invento de Swift, la imagen también remite a una obra muy menor, a la historia de “La Catedral del Mar”, de Ildefonso Falcones, con sus humildes creyentes que llevaban piedras para alzar la iglesia de los pobres. Los histéricos Hosana y Exelsis de La Sagrada Familia de Gaudi están en cada piedra arrastrada por la fe de los humildes. Los bastaixos, los cargueros del puerto, fueron los que asumieron la tarea honoraria del acarreo de piedras desde la cantera real de Montjuic, hasta los pies de la iglesia durante dos siglos. En el caso de los bastaixos tucumanos no tengo claro qué estarán erigiendo. Por lo pronto y seguro, una generación gacha con articulaciones de momia.








