Un lenguaje es como un cumpleaños
Imaginemos una hormiga en la Luna, que con sus patas deja un trazo nervioso, pero inconfundible. Un más improbable astronauta tucumano lee en él lo siguiente: «Chebaia o Domato, no lo piense ni un rato». ¿Qué debe pensar de la ingenua hormiga? ¿Que sabe escribir? ¿Que conoció las plataformas de aquellos titanes electorales? ¿Debe informarle, discutirle, aprender de ella sobre política tucumana, actualizarla o tratar de sacar de ese insecto escriba un numerito para la quiniela? El experimento mental es de filósofo Hillary Putnam, con modificaciones. El objetivo suyo fue mostrar que, si no hay intención comunicativa, si no hay detrás de los trazos o los sonidos emitidos, un sistema de signos y usuarios, no hay mensaje. Una oración es, fundamentalmente, una combinación de posibilidades que puede resultar de alguna forma negada o discutida.
Si la hormiga no puede explicar qué es democracia y qué no lo es, quiénes son los paladines Chebaia y Domato y quiénes no son ellos, no sabe lo que escribe en aquel blanco polvo estelar. Quizás Lewis Carrol lo explicó mejor que nadie: si los todos los días del año son cumpleaños, no hay, en rigor, aniversario alguno. Si alguien no puede explicar la diferencia entre cumpleaños y no cumpleaños, la idea misma de la torta con velitas se vuelve ridícula. Son más los días de no cumpleaños, pero no es para decepcionarse, justamente se trata de un día diferente al resto. Los que viven de fiesta no se divierten. Amar siempre es no querer y así.
Un lenguaje es un país
Hace noventa años, mi abuela estaba en el zaguán de su casa en calle San Martín cuando un hombre barbudo, vestido como cura, preguntó por su padre, quien salió a su encuentro. Según relata mi abuela, se fundieron su padre y el extranjero en un abrazo, y hablaron toda la tarde en un idioma que la dejó boquiabierta. Nunca se imaginó que su papá hablara más que español, y menos aquella lengua de la que no podía distinguir una sola sílaba. Los amigos se despidieron, la vida pasó. No volvió a escuchar de su padre esa lengua, jamás hablaron del episodio. Después supo que era el cónsul de Turquía y que el idioma era probablemente ladino; lo que hablaba su padre en Esmirna cuando era joven, antes de venir a hacer las américas, de paso hacia Nueva York. Pero no enseñó esa lengua a la descendencia argentina. Creo que no por vergüenza ni por mezquindad, sino porque no quería que nadie heredase la distancia que llevaba adentro. El sociólogo George Simmel trabajó este sentimiento de sentirse lejos y sostiene que el problema del extranjero es que está marcado por la lejanía de lo cercano y la cercanía de lo lejano. La patria es la infancia, decía el poeta Rilke. Mi patria es mi lengua, pensaba Fernando Pessoa. No sé qué es mi patria, capaz que un buen gesto hacia otro.
Barbaridad y barrabasada
Una discusión importante en filosofía del lenguaje es si existe el idiolecto, un lenguaje de una sola persona. Si mencioné los casos de la hormiga y del extranjero es precisamente porque desconfío de que se pueda decir que yo tenga mi lenguaje. En el primer caso, la hormiga no conoce el sistema de posibilidades, el horizonte cultural de su frase. En el segundo, el extranjero retrae su idioma porque no tiene sentido sin sus hablantes y sus costumbres. Pero esto no implica que solo reproduzcamos las palabras y sus relaciones; en algunos casos podemos inventar expresiones que iluminan espacios y necesidades expresivas inauditas, literalmente. Hace algunos meses escuché a un dirigente tucumano que calificó las intrigas políticas de la provincia como una «barrabasidad».








