Piel de oso tucumano

Doctor en Filosofía.

Santiago Garmendia
Por Santiago Garmendia 13 Febrero 2022

En cualquier libro de sociología que se precie encontraremos la siguiente tesis antropológica: el hombre es una suerte de marsupial cultural, con una gestación “biológica”, y otra “social”. Nacemos incompletos. Nuestras capacidades se desarrollan fuera del útero materno. Suena paradójico, pero esta condición, que nos expone a un extenso período de indefensión en comparación con los demás animales -otras crías de mamíferos caminan al primer día, y a los meses están en pleno ejercicio de sus capacidades-, es a la vez una poderosa herramienta adaptativa. Como señala el clásico de Berger y Luckmann, La construcción social de la realidad: “La especificidad del ambiente de estos animales atañe al carácter biológicamente fijo de su relación con el ambiente. El hombre construye su propia naturaleza; es decir: se produce a sí mismo“.

El oso polar es y debe ser blanco. Y debe estar en el Polo. Si a alguien se le ocurriera injertarlo en un zoológico, digamos, en Termas de Río Hondo, tendría pues que disponer a tales fines de un “polito” santiagueño. El ambiente es el oso; “polar” no es un gentilicio, a diferencia de “catucho”. Pero el hombre puede operar sobre la naturaleza y, como la araña con su tela, producir su medio, humanizar su entorno. En otras palabras: matar al oso y vestir sus pieles para habitar en los casquetes helados. O, con lógica no menos cruel, para habitar en Tucumán.

En discusiones filosóficas con colegas y amigos surge siempre la cuestión acerca de cuál es el invento humano más trascendente. Algunas respuestas son contrafácticas: determinado invento parece trivial, pero sin él no gozaríamos de otros muchos avances. Abusando un poco de la idea de invención, acuden a ejemplos como el de la escritura, el lenguaje, la rueda, los fermentos, y así. Una segunda línea, más concreta, es la de aquellos que ofrecen una lista de cosas que han vuelto mejores nuestras vidas, o que al menos morigeran sus tormentos: acá entran anestesias, vacunas, heladeras, el bidet. Y también, como una constante entre los tucumanos, el aire acondicionado.

Ahora bien: habiendo domesticado la naturaleza, amamos las entrañas heladas de nuestras casas, así como alguna que otra oficina afortunada. Sin embargo, nuestra ropa de trabajo, el mameluco de la clase media, o de los White Collars tucumanos (contadores, empresarios, vendedores, fundamentalmente abogados) sigue siendo el traje. En Tucumán ni siquiera se puede hacer aquel chiste de oxímoron: “traje de verano”, aunque así se los nombra en los negocios de ropa masculina.

Con el calor, el traje, cualquier traje, adquiere un peso extraordinario, no lejos del que usara Neil Armstrong. Los transeúntes relinchan cada cinco pasos, penando por la hipocresía tucumana de la etiqueta atemporal. Es el mismo gesto mentiroso que nos lleva a sembrar la provincia de arbolitos de Navidad con kilos de algodón en sus ramas. Kleidern machen Leute, dicen en alemán: “La vestimenta hace a la gente”. Nosotros decimos: “El hábito hace al monje”. Pero lo cierto es que a las prendas se las elige.

Me pregunto entonces: ¿por qué razón vestir aquí, al vapor de nuestro asfalto, las pieles del oso polar? ¿No habrá detrás de este suplicio térmico que nos imponemos a nosotros mismos una falsa conciencia? ¿Un querer ser europeos, o porteños? ¿O esquimales?

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