EL “DUEÑO DEL SILLÓN”. La particularidad es que don Lucas Córdoba era salteño.
Años bisagra en la historia argentina hay varios, pero unos pocos fueron realmente decisivos. Esos que marcan el “antes” y el “después” de lo trascendente más que de lo anecdótico. Tomemos 1862 por ejemplo, 160 años atrás. El país adopta un rumbo a partir de la definitiva victoria del bando unitario, Bartolomé Mitre es elegido Presidente y se pone en marcha la organización nacional. Adiós Confederación Argentina, por más que en algunas provincias -Tucumán entre ellas- queden federales levantando polvareda. 160 años que parecen demasiados, a la vez que en la comparación con naciones milenarias, a oriente y occidente del continente americano, representan no mucho más que un suspiro. Tanto tiempo para algunos (nosotros), tan poco para los demás. Y en este devenir histórico de fechas redondas y efemérides llamativas, asoma un dato que contribuye a pintar el momento: desde que Osvaldo Jaldo reemplazó a Juan Manzur al frente del Poder Ejecutivo suman 90 los ciudadanos que gobernaron Tucumán, contando a partir -justamente- de 1862. 90 gobernadores en 160 años, un promedio de alrededor de 18 meses de duración en cada mandato.
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Claro, la cifra parece excesiva. Y lo es. La cuestión es explicar el desagregado sacando los 90 nombres de la bolsa para ubicarlos en la columna correspondiente. La primera diferenciación es entre gobernadores elegidos por medio del voto (42) e interventores (48).
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En este último rubro, el de los interventores, también cabe una separación, entre los enviados por Gobiernos legítimos (12) y los de facto, designados por Gobiernos dictatoriales (34). A ellos, para que la cuenta dé 48, hay que agregarles dos casos especiales.
- Primero el del monterizo José María del Campo, mitrista acérrimo, cruzado de la lucha contra los federales y gobernador autoproclamado a fines de 1861 tras derrocar a Salustiano Zavalía. En 1862, ya sujeto a las formalidades, sería elegido para el cargo. Esto lo coloca con un pie en cada renglón: de facto por un lado, constitucional por el otro.
- Y no olvidemos a Eugenio Méndez, un gobernador tan efímero como el resultado de la revolución radical de 1893. En medio del caos que dominaba Tucumán, Méndez ejerció la gobernación -por propia decisión de los amotinados- entre el 20 y el 25 de septiembre. La asonada concluyó cuando el presidente Roque Sáenz Peña envió 1.200 soldados y después de unos cuantos tiros al grupo liderado por Méndez -junto a Martín S. Berho y Manuel Paz- no le quedó más remedio que rendirse.
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En la nómina de 42 gobernadores emanados de la voluntad ciudadana es imprescindible subrayar la línea divisoria que estableció la Ley Sáenz Peña. Antes de que se estableciera el voto universal, secreto y obligatorio habían sido 23 los mandatarios constitucionales. El último escogido por el viejo sistema fue Ernesto Padilla. Aquella reforma electoral que cambió la historia argentina -hablando de “bisagras”- significó el fin del antiguo orden conservador y abrió el juego a la participación de los partidos populares. Así fue que Juan Bautista Bascary quedó consagrado en 1917 como el primero de los gobernadores radicales de Tucumán. Desde ese momento hasta hoy suman 19 los mandatorios elegidos en el marco de la Ley Sáenz Peña, con este desglose: siete desgajados del tronco radical; 10 del peronismo; uno de Defensa Provincial Bandera Blanca (Juan Luis Nougués) y otro de Fuerza Republicana (Antonio Bussi, quien -curiosamente- había iniciado sus incursiones electorales al amparo de Bandera Blanca, partido hoy extinto).
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Hay un apunte de color que barniza esta lista. De los 42 consignados, Tucumán contó con siete mandatarios que vieron la luz fuera de la provincia.
- El primero fue Federico Helguera (1823-1892), nacido en Buenos Aires y gobernador durante dos períodos, aunque el segundo quedó trunco a causa de su renuncia en 1878.
- Del “sillón de Lucas Córdoba” se habla en Tucumán como al “sillón de Rivadavia” se hace alusión en el orden nacional. Queda claro que se trata de figuras que dejaron una marca profunda. Lo curioso es que don Lucas no era tucumano, sino salteño: nació en Chicoana, donde su familia se había establecido en medio del tembladeral de las guerras civiles.
- El primer gobernador peronista, Carlos Domínguez, era porteño. Había llegado a la provincia como un funcionario más tras el golpe de Estado de 1943 y, apenas empezó a brillar la estrella de Juan Domingo Perón, Domínguez colgó el uniforme militar y se zambulló en la arena política.
- A Luis Cruz se lo reconoce como el primer obrero que gobernó Tucumán. Era trabajador ferroviario, dirigente sindical, socialista de joven y peronista cuando le llegó el tiempo. Inadvertido para la mayoría cuando de la historia provincial del siglo XX se habla, Cruz merecería otra clase de trato y de figuración. Y no era tucumano: había nacido en Jujuy, en Purmamarca, el 20 de junio de 1905.
- El profesor Lázaro Barbieri y el ingeniero José Domato comparten algo más que el origen porteño: no fueron los candidatos más votados y en ambos casos llegaron a la Casa de Gobierno por medio de acuerdos en el Colegio Electoral. Barbieri había quedado tercero en 1963 (detrás de Celestino Gelsi y Carlos Imbaud) y Domato segundo en 1987 (tras Rubén Chebaia). Y algo más: ni Barbieri ni Domato terminaron el mandato, ya que fueron intervenidos.
- Completa esta lista Antonio Bussi, nacido en la provincia de Entre Ríos.
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En cuanto al larguísimo y variopinto catálogo de interventores, la situación se da a la inversa. Del total de 48, apenas seis fueron tucumanos: Carlos Salmoiraghi (de brevísimo paso, en 1983, a poco del final de la dictadura), Roberto Avellaneda, Carlos Imbaud, Oscar Sarrulle (los tres en el marco de la dictadura autodenominada Revolución Argentina), Clemente Zavaleta (unos pocos días durante agosto de 1943, luego del golpe de Estado perpetrado un par de meses antes) y Ricardo Solá (designado por el presidente Agustín P. Justo en 1934, cuando se dispuso el “remedio federal” a la gestión de Juan Luis Nougués).
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160 años, 90 gobernadores y un sinfín de piezas listas para armar el rompecabezas de la historia, que en el caso de Tucumán siempre es un desafío apasionante.








