Entre la sustancia que entretiene, que cura y que mata, el amplio abanico de las drogas sacudió la conciencia social con el espanto de las muertes por el consumo de cocaína adulterada en tres partidos de Buenos Aires y el debate sobre el cultivo de plantas de marihuana con fines terapéuticos y también de entretenimiento. La sacudida refleja las contradicciones de la sociedad frente a problemas estructurales que llevan años sin ser resueltos. Los funcionarios no saben cómo enfrentarlos, como no sea una apelación populista como respuesta a los miedos sociales, tal como planteó el gobernador interino Osvaldo Jaldo al insistir con la puesta en marcha de la ley contra el narcomenudeo, parada por un recurso que debe resolver la Corte Suprema de Justicia. Para Jaldo, ahí está la respuesta: “Vamos a insistir con la aplicación de la Ley de Narcomenudeo. Es una deuda que no podemos seguir manteniendo… Eso es lo que nos pidió la gente durante la campaña y es lo que debemos atender”.
La tortuga de “Breaking Bad”
El peor miedo es la droga que mata, la que tiene por detrás los cárteles mafiosos que se ve en las películas y las series tipo “Breaking Bad”, donde un cártel envía un terrible mensaje con una tortuga que camina en medio del desierto con una cabeza humana atada sobre su caparazón. El centro del mal, de los grupos violentos que se hacen millonarios con el narcotráfico, está entre los peores miedos sociales. Es el narco Pablo Escobar, que compra a funcionarios, policías y magistrados y llega a formar un Estado paralelo que organiza la sociedad a su modo paternalista y regido por el dinero. De eso habla el ex funcionario macrista y profesor de Ciencia Política Alberto Föhrig cuando advierte que el sistema político en Santa Fe comienza a verse cercado por la mafia, no sólo del narcotráfico, y que plantea que el narcomenudeo es un eslabón clave en la persecución de la criminalidad organizada, porque, afirma, “todas las bandas grandes comienzan siendo una banda pequeña”. Föhrig reconoce que los esfuerzos deberían estar dirigidos a detener a líderes narcocriminales (“yo no conozco en Tucumán a muchos líderes de bandas de narcotráfico detenidos”, dice) y critica que falta una estrategia seria de detección y de condena.
Pero detenciones y condenas hay. El fiscal Pablo Camuña afirma que “en los últimos seis o siete años enjuiciamos una quincena de organizaciones narcocriminales intermedias y con control territorial”. Pertenecen a una veintena de grupos barriales que alcanzaron un nivel de funcionamiento intermedio, muchos de ellos seguidos durante décadas por la Policía sin que se los logre desarticular del todo y en algunos casos sin que se los llegue a tocar. Todos “sospechados” de manejar una red narco más allá de los declamados esfuerzos policiales y judiciales. Camuña describe que “no hemos visto organizaciones con oficinas del Estado trabajando para ellas, lo que me parece que es punto de no retorno, o que públicamente desafían al Estado, como pasa en Rosario”. En esto, describe, “somos una provincia periférica”, en referencia a que el movimiento económico tucumano es menor.
La organización territorial de esas bandas es de paso, de traslado de droga hacia otras provincias y también de distribución de parte de la mercadería en nuestro medio; sin que se llegue, salvo contadas excepciones, a los líderes narcos, como advierte Föhrig. En ellos se deposita el miedo: son los malandras invisibles que manejan el movimiento de mercadería y desconocidos responsables no sólo de que se venda cocaína y que se la adultere.
Hoy el miedo es el fentanilo que causó 100 muertes en EEUU y que convierte a los usuarios en zombis. Pero más allá del fentanilo con la tragedia de la cocaína envenenada saltó otra vez a luz en las provincias que la cocaína que se adultera varias veces para revenderla más barata es mezclada hasta con desparasitador de caballos –como contó Camuña- o con vidrio molido, cuyos efectos en el cuerpo no podemos describir, excepto imaginar que destruye todo a su paso por la sangre. Eso consumen los chicos adictos con el paco en las zonas marginales –“andan dados vuelta porque aquí sobran los lugares donde comprar”, dice la vecina Juana Martínez, de San Cayetano, uno de los barrios más violentos en el último año en Tucumán.
¿San Cayetano es violento por droga o violento por abandono social? La explicación de la droga como causa de la inseguridad atiende el miedo social y es usada por la Policía como excusa. Ayer fue asesinado de una puñalada en el pecho el joven Nahuel Sebastián Lizárraga que estaba con un amigo en Díaz Vélez y Anselmo Rojo fumando un porro y fue asesinado por dos motociclistas. Fuentes policiales sin identificar dijeron que el crimen se debió a una situación generada por la compra de drogas en un “quiosco” de la zona.
Jaldo piensa que la ley contra el narcomenudeo va a permitir dar respuestas. El ministro fiscal, Edmundo Jiménez, quien hizo el planteo en contra de la ley porque no define competencias y porque la estructura judicial no está preparada para resolver el aluvión de causas que se van a generar, dice que, en todo caso, si se traslada a la provincia la potestad de la lucha antidrogas, que se traslade todo, con la coparticipación federal correspondiente. Igual va a ser un problema porque combatir a grandes organizaciones narco que operan en diferentes provincias excede a una provincia. De hecho, en lugares como Córdoba, donde se aceptó la provincialización del narcomenudeo, hubo problemas de investigaciones complejas de la Justicia federal que se desbarataban por el apuro de los fiscales y policías provinciales en atacar y detener a pequeños vendedores (los de los “quioscos”) y cortaban el hilo de la pesquisa para llegar al capo narco.
Se trata de una cuestión compleja. Dice el camarista Ricardo Sanjuán –que hace tiempo describe que en las villas periféricas ya operan las “Pymes” de la droga en pequeñas organizaciones familiares- que “si no se desmantela la organización financiera de las bandas pasa lo de Los Monos en Rosario, que han seguido operando desde la cárcel”. Camuña dice que “siempre tratamos de subir en la cadena a lo máximo que se pueda apuntar a las redes de narcocriminalidad, para desarticular organizaciones mucho más vastas”.
El cómo se va a coordinar está en el centro del debate entre la ley de narcomenudeo y la lucha contra grandes narcos. La Justicia federal está totalmente colapsada para hacer esta tarea. No hay fiscales, no hay jueces (hay un solo magistrado para dos juzgados y no hay cómo montar el tercer juzgado), no hay integrantes titulares en el tribunal oral federal, el 70% de las causas son por narcomenudeo –según describe Sanjuán- y el 50% de las causas que debe atender la fiscalía de Camuña se va en las capturas de pequeños consumidores o secuestro de porros y plantas de cannabis, que es la actividad antinarco preferida de los policías. Es como cazar en el zoológico pero eso ocupa tiempo, esfuerzos y papeleo de la Justicia federal en causas contra gente que va a ser sobreseída.
El cultivo de Homero
Precisamente las plantas de cannabis, que han ocupado la atención de los policías tucumanos –hubo secuestros de plantitas cada dos días por un total de unos 170 ejemplares en enero- ha sido un fenómeno absoluto el año pasado. El secretario de Lucha contra el narcotráfico, Carlos Driollet, dice que en 2021 se incautaron 1.800 plantas y hace tiempo reconoció que era una batalla absurda, puesto que se hacía operativos para detener y secuestrar material a gente que después resultaba despenalizada. Esto nos muestra no sólo un absurdo sino una acción desgastante y equivocada y que genera la pregunta de si los policías –y los funcionarios- saben qué efectos negativos (o positivos, si los hay) tiene insistir con eso, como no sea buscar espectacularidad con estadísticas de operativos.
La marihuana con sus porros y sus plantas forman parte de las grandes contradicciones sociales. Fumaba porros el astrónomo Carl Sagan y Andrés Calamaro fue querellado –infructuosamente- hace dos décadas por haber dicho que era linda noche para fumarse un porrito. Fumaba el Flaco Spinetta y hace tiempo hubo un debate sobre si la causa de su muerte fue la droga. Fumó en la universidad el ex presidente Bill Clinton y ver gente fumando es una especie de señal cultural en las películas, desde “Perdidos en la noche” hasta “El gran Lebowsky”. ¿De dónde salen esos porritos que se fuman todos? La verdad es que a ellos y a sus proveedores no los persigue nadie –recordemos que en nuestro medio hubo dos legisladores puestos en escena, uno al ser detenido con porros en un control policial, y otro escrachado en un video esnifando cocaína- sino que la persecución policial se centra en los barrios periféricos y entre la gente pobre.
Las otras clases sociales no se ven afectadas por la persecución antidrogas aunque sí se espantan con la cabeza sobre la tortuga en Breaking Bad, pero no con Homero Simpson defendiendo el cultivo de cannabis medicinal ni fumándose un porrito en la serie animada.
Precisamente el cannabis medicinal ya ha salido de la esfera de persecución penal –ya se cultiva en Uruguay, ya se prepara el cultivo en Jujuy, ya hay plantaciones en nuestra universidad- pero el sistema policial y judicial siguen con la persecución tenaz del consumo, tal como ha mostrado el caso de la emprendedora de Tafí del Valle Valeria Inés Acosta, que fue demorada y tratada como delincuente por cultivar sin permiso 11 plantas con fines medicinales. Es decir, se trata de la indecisión del Estado sobre lo que debe hacer. “Yo digo que el consumo no tiene que estar penado. Es personal”, dice el fiscal Camuña, refiriéndose al consumo de droga, no necesariamente a la cuestión medicinal. Y explica que la tragedia de la cocaína adulterada “nos debería permitir enfocarnos en ver que el consumo de estupefacientes, sobre todo y antes que nada, es un problema de salud y no un problema penal. Primero es de salud pública y después de tráfico”. En este asunto no sabemos bien hacia dónde ir, desde siempre centrados en la discusión ideológica, asustados por el escándalo, sin tener datos claros y sin cambiar las estructuras trabadas que nos rigen. Estamos desenfocados.








