¿Y qué hago con mis plantas?

Doctor en Filosofía.

Santiago Garmendia
Por Santiago Garmendia 06 Febrero 2022

Mi abuela es una parra moscatel peinada por los sueños de los paseros boquerones y un molino de truenos

F. Gaetans

Las viviendas de nuestra modernidad regionalista -o modernidad apropiada, como le llaman los historiadores- tienen un ejemplo fantástico en casas como las de Sacriste, luminosas y genialmente sencillas, con ventiluces amarillentos que llenan los ambientes de aire meloso. En ese ámbar, las indisimuladas columnas del interior proyectan rectas líquidas en el parqué. Esas moradas mágicas son parte de un mundo que se fue, un mundo con sus logros y con sus sueños que no llegaron a ser y ahora ya ni esos sueños existen. Quisiera arriesgar la idea de que representan también vestigios de una historia fascinante que involucra a generaciones y plantas.

En las primeras décadas del siglo veinte, las familias tucumanas vivían en las famosas casas chorizo, promiscuos enjambres de parientes. Las nuevas generaciones progresistas reaccionaron y fue el arquitecto Eduardo Sacriste uno de los pioneros en diseñarles una casa o un departamento que no sea un lastre al que deban consagrar sus trabajos y sus días. Para dar un ejemplo, las viejas puertas de una chorizo insumían medio bosque, kilos de metal y una decena de carpinteros que las solían entregar, luego de meses de labor, con un gesto agridulce de despedida. No era raro que el carpintero regrese cada tanto a visitar la puerta y controlar que la familia se la merezca. En San Martín al 900 se puede ver una exquisita prueba de ese arte y comprender el recelo de sus demiurgos.

Los pujantes tucumanos de los años cincuenta clamaban privacidad, planificación familiar, un número finito de muebles y copas. Querían tener sus baños cerca, no en el fondo de la longaniza y dejar atrás esas noches musicalizadas por la camerata de pelelas y su asqueroso catálogo de matices sonoros. Se cansaron también de esos macetones de cien kilos que al mínimo roce se tiraban al piso. Los helechos histéricos mostraban las tripas en una actuación de cowboy, invitando al castigo de las viejos.

Dado estos movimientos, y teniendo en cuenta que las mujeres de la provincia no suelen errarle a los noventa años, o cuanto menos no tanto como los varones, muchas viejas tucumanas quedaron solas en paraderos insostenibles. Pero ha sido inútil convencerlas de que tienen que trepar a las copas de los edificios, o acomodarse en la casa de algún hijo. El argumento principal es conocido: ¿y qué hago con mis plantas?

La respuesta promedio fue, desde luego, que elija la que más quiera y deje las demás. Pero las abuelas se referían a la toda la Babel de tarritos, vasitos, arbolitos, enredaderas -¡la Santa Rita¡-, la Estrella Federal, el Jazmin paraguayo y hasta la chirimoya granadera. Las viejas de esta historia fueron imposibles de transplantar. Su prole tuvo esa ansiedad de lo moderno, necesidad de revolucionar, de transformar su vida y la de los demás. Las viejas de esta historia, al contrario, tenían una voluntad vegetal que jamás claudicó en quedarse en su lugar, quizás para que sepan donde encontrarlas, con una quietud que no era terquedad y una felicidad sin carcajadas. Se sabían parte de ese otro reino más modesto y universal.

Só o ter flores pela vista fora

nas áleas largas dos jardins exactos

basta para poderm os achar a vida leve. (Pessoa)

(Con tener unas flores a la vista

en el arbolado del jardín exacto,

basta para sentir que la vida es leve)

Tamaño texto
Comentarios
Comentarios