04 Febrero 2022

Juan María Segura

Columnista invitado

No creo que las encuestas que realizo a través de mis redes sociales tengan la rigurosidad metodológica suficiente para ser consideradas con seriedad, pero algo me dicen, algo nos dicen. Y tengo la intuición de que tal vez nos dicen mucho más de lo que creemos. Al menos, que los resultados que de allí surgen resultan un insumo útil para reflexionar.

Lo cierto es que, días pasados subí en una de mis redes la afirmación “La escuela en 2022 debería ser 100% presencial porque...”, con las siguientes opciones de respuesta: a) el Covid-19 ya no es un problema, b) la virtualidad es un fracaso, c) el docente la gestiona bien, y d) ¡es el mejor formato!

Mi objetivo, al subir un ejercicio de esta naturaleza durante el receso de verano, era generar un poco de debate (hasta donde se puede debatir en las redes, claro), alertando sobre algunas cuestiones que deberemos volver a enfrentar cuando inicie el nuevo ciclo escolar.

Claro que tenía ciertas expectativas de resultados, uno siempre los tiene cuando propone ejercicios de este tipo. Imaginaba varios cientos de votos repartidos en forma pareja entre las opciones, tal vez con alguna ventaja a favor de la opción de los docentes. Y también imaginaba un intenso debate a través de los comentarios, como suele suceder cuando uno toca un tema que importa, moviliza o afecta al que participa. Todo ello, claro está, acompañado por miles de visualizaciones. Bueno, nada que ver.

El resultado de la votación estuvo liderado, con un 49% de las respuestas, por la idea de que la presencialidad escolar… ¡es el mejor formato! O sea que, uno de cada dos respondientes sostiene que la escuela presencial es el mejor formato porque sí, porque lo es, porque no hay otro, porque es el único que conocemos que haya funcionado bien alguna vez en el pasado. Pero las sorpresas no pararon allí. La opción del docente sólo recibió ¡tres votos! (vale la pena, entonces, discutir el rol del docente en un formato de presencialidad plena post pandemia), sólo hubo seis comentarios y el ejercicio, en líneas generales, no despertó ningún tipo de entusiasmo. ¿Qué tal?

Dejando de lado las consideraciones metodológicas realizadas antes, Argentina es un país curioso, por decirlo de una manera suave. A pesar de tener información abundante de que los chicos aprenden poco y mal en el diseño de escuela actual (me refiero al diseño de escuela anterior a la Covid-19), la reclamamos a los gritos.

La misma encuesta, en Twitter, logró 100% de respuestas a favor de la opción de que la presencialidad es el mejor formato. Sólo un puñado de votos, lo sé, pero una respuesta contundente.

En paralelo, la misma semana que tuve activa la encuesta, visité unos espacios maker y coworks, creados y operados por un emprendedor de un país vecino. Espacios llenos de jóvenes nativo-digitales, creadores, ingeniosos, laburantes, deseosos de formar parte de comunidades activas y con significado. Emprendedores de este nuevo planeta de la cultura digital, cosmopolitas provenientes de cualquier condición socioeconómica, dispuestos a lanzar un satélite, a crear energías limpias o a lanzar Apps que faciliten la gestión de los enormes excedentes que posee el mundo (de alimentos, vestimenta, habitaciones, autos, barcos, talento, aviones, edificios, y lo que a uno se le ocurra). Generaciones nuevas que ya están sentando a sus representantes en el sillón del CEO, del presidente, del ministro, de tal o cual institución, que rechazan formatos de trabajo e interacción rígidos, sin vida, sin pulsión, sin propósito.

Observo ese espectáculo (no me lo contaron, lo vi), y no llego a entender muy bien cómo se puede conciliar con una escuela 100% presencial… porque sí, porque así lo hicimos siempre.

Si vamos a dejarnos influenciar por la presión del pasado, de la herencia y de la práctica de quienes nos precedieron, entonces retomemos en la escuela con la enseñanza de ejercicios y evoluciones militares sencillas para los varones, y de labores de manos y nociones de economía doméstica para las niñas. Así lo establecía la ley 1420 en tu artículo n° 6. O revivamos el principio, explicado con precisión en un manuscrito de mi abuela, de que “…la educación de una niña se componía como quien hace un ramo de flores: para que luzca, adorne y recree a quien esté cerca. Un poquito de castellano, mucho francés, algo de piano, recitar versos, hablar inglés, un poco de baile, algún bordadito, un poquito de catecismo…”.

A nadie en su sano juicio se lo ocurriría ni una cosa ni la otra, sencillamente porque el mundo cambió, los problemas son otros, el entorno es diferente, los aprendices poseen determinados rasgos, y las herramientas y conocimientos de los que nos podemos valer no estaban disponibles en aquellos momentos. A pesar de todo ello, seguimos reclamando la presencialidad escolar al 100%, asegurando con convicción que es el mejor formato, a pesar de que las evidencias no acompañan tal afirmación. ¿En qué estamos pensando?

La presencialidad escolar al 100% no es el mejor formato, sencillamente porque a través de esa organización no se plasman los mejores resultados agregados de aprendizaje. Además, es un sistema engorroso desde el punto de vista organizativo, y extremadamente oneroso. Mover diariamente millones de personas (alumnos, docentes, padres, proveedores, vehículos) de aquí para allá, y a la vez mantener casi cerrados los edificios escolares durante el 25% del año, es un sistema que hoy nadie se atrevería a proponer. ¿Acaso alguien se animará en alguna momento a sacarle la huella de carbono a este despropósito logístico y organizativo? Finalmente, supone un acuerdo de actores e intereses que raras veces se consuma, haciendo de los presupuestos educativos un fin en sí mismo que justifica cualquier acción y que distorsiona la intención de todos los debates.

Por ello, es necesario que volvamos a poner sobre la mesa las bondades de la virtualidad, no para abrazarla con dogmatismo sordo o con fanatismo religioso, sino más bien para incorporarla como un ingrediente nuevo, como un recurso virtuoso y de presencia permanente en el debate del sistema que tenemos que recrear.

La virtualidad ha logrado naturalizarse en el trabajo, en el arte, en la religión, en los juegos en línea, en el comercio. El cuarto motivo a nivel mundial por el cual se navega en internet es para aprender cómo hacer las cosas, ¿y me vienen a decir que la presencialidad 100% es el mejor formato? Por favor.

Salir de la pandemia no significa volver a hacer lo que hacíamos antes, tampoco en educación. Supongo que algo aprendimos en estos dos años, además del valor de la libertad. Quiero creer que pudimos descubrir, aunque sea poniendo solo un pie, la antesala del repositorio de recursos digitales infinitos y prácticamente gratuitos que se alojan en ‘la nube’, y que desde allí tuvimos tiempo de volver a pensar en una mejor forma de organizar nuestro tiempo y el de nuestros niños. Si no es así, ¡que mal utilizamos el tiempo!

Yo estoy convencido de que la escuela presencial al 100% no es el mejor formato, sino que es el único que conocemos. ¿Y si probamos con algo diferente? ¿Acaso no deseamos que nuestros hijos aprendan, o solo buscamos sacárnoslos de encima de marzo a diciembre? ¿En qué quedamos?

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