La Nochebuena de Borges

Por Daniel Dessein desde Buenos Aires.

26 Dic 2021

La noche previa a la Navidad, como la previa a la de año nuevo, nos enfrenta con sensaciones encontradas. Es un momento de reencuentros pero también de constatación de ausencias, de satisfacción por los logros y de angustia por las expectativas incumplidas en los inevitables balances, en las reflexiones sobre la vida y la muerte. El 24 de diciembre de 1938, Borges se cortó su cabeza con el marco de una ventana, mientras subía atolondradamente una escalera. La herida se infecta, pierde el habla, lo internan y una septicemia lo deja por varios días al borde de la muerte. La experiencia de esa posible muerte temprana y absurda, a sus 39 años, la vuelca en su cuento “El Sur”. Allí Juan Dahlmann, un bibliotecario nostálgico de la romántica muerte en batalla de su abuelo militar, sufre el mismo accidente que el autor. Cuando es dado de alta, se toma un tren hacia una estancia en el sur de Buenos Aires (lo mismo hace Borges cuando se recupera; en su caso, la de Bioy). El inspector le advierte a Dahlman que el tren, por una causa que no logra registrar, no lo dejará en el destino previsto sino en una estación cercana. Decide comer en un almacén mientras espera que un vehículo lo busque para llevarlo a la estancia. Mientras come, alguien le tira una bolita de pan. Unos peones, en una mesa cercana, se ríen. Decide ignorarlos y dejar el lugar. En su camino hacia la salida, se encuentra con el patrón, quien lo llama por su nombre y lo insta a despreocuparse por los bromistas. Al oír su nombre, la chanza adquiere proporciones injuriosas. Increpa a los jóvenes y uno de ellos saca un cuchillo. Alguien le tira una daga a los pies. Dahlman se agacha para recogerla y, en ese instante, se da cuenta que ese acto lo compromete a pelear con un arma que, ante su falta de experiencia en su manejo, lo llevará a una muerte segura. “Salieron, y si en Dahlman no había esperanza, tampoco había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado”.

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